Auður Ólafsdóttir - Rosa candida

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El joven Arnljótur decide abandonar su casa, a su hermano gemelo autista, a su padre octogenario y los paisajes crepusculares de montañas de lava cubiertas de líquenes. Su madre acaba de tener un accidente y, al borde de la muerte, aún reúne fuerzas para llamarle y darle unos últimos consejos. Un fuerte lazo les une: el invernadero donde ella cultivaba una extraña variedad de rosa: la rosa cándida, de ocho pétalos y sin espinas. Fue allí donde una noche, imprevisiblemente, Arnljótur amó a Anna, una amiga de un amigo. En un país cercano, en un antiguo monasterio, existe una rosaleda legendaria. De camino hacia ese destino, Arnljótur está, sin saberlo, iniciando un viaje en busca de sí mismo, y del amor perdido.

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– Bueno, lo cierto es que me estaba preguntando si nos íbamos ya a la cama -digo como para concluir el asunto, incapaz de terminar de ninguna otra forma. Son las dos de la tarde y nuestra hija dormirá una hora más de siesta.

Así termina la mayoría de los intentos de discutir algo, en la cama, aunque no se pueda decir que con eso arreglemos nada. De una u otra forma, nunca es preciso retomar después la discusión. El contacto físico puede tapar cualquier cosa y el problema se resuelve por sí solo, como la niebla escarlata sobre las colinas después de la primera misa del día.

Luego me llama desde la puerta del dormitorio, y la miro. No me doy cuenta de la presencia de una cámara de fotos hasta que aprieta el botón y el flash me da en la cara, estoy medio metido entre las sábanas. Pasa la foto.

Hasta entonces sólo ha tomado un par de fotos de Flora Sol conmigo en la calle.

– Me apetecía tener una foto tuya, de recuerdo.

– ¿Te vas? -siento como si me estuviera apuntando con un fusil en vez de con una cámara de fotos. Miro valerosamente a la muerte a los ojos, justo antes del disparo. También podía haberle dicho: pues dispara y mátame.

– No -responde ella-. Ya no más. Intento ocultar mi desconcierto mental saliendo de la cama y poniéndome los pantalones. Pero procuro no darle la espalda a Anna, mi amante.

Capítulo 73

Me gustaría comunicar a alguien mis experiencias, aunque no soy de esa clase de personas que hablan con cualquiera de sus relaciones con una mujer. Cuando alguien es sincero y te cuenta algo personal, se debe considerar un secreto. Lo que sucede entre Anna y yo es una cuestión entre ella y yo. Sin embargo, creo que no traicionaré su confianza si visito al especialista en el amor que se aloja en la habitación siete de la hospedería. Me vendrá bien expresar mis sentimientos en voz alta. Me ha venido bien en diversas cuestiones comunicarle mis experiencias, sobre las que hablé por última vez hace diez días.

Estoy sentado con mi hija sobre las rodillas, vestida con sus leotardos de rayas, mientras hablamos; y como tengo un asunto bastante formal que hablar con el padre Tomás, mi hija y yo estamos sentados a un lado de la mesa y el cura al otro. Me ofrece un vasito de licor, pero no me parece adecuado beber mientras estoy con la niña. Me doy cuenta de que hay una muñequita de porcelana vestida con un vestido azul de punto, colocada en medio del escritorio. Voy directamente al grano.

– ¿Cómo se sabe si una mujer te quiere?

– Es difícil encontrar respuestas adecuadas para cualquier cosa del amor -dice el sacerdote, que empuja la muñequita hacia la niña.

– ¿Y si una mujer dice que le da miedo que no vuelvas cuando sales de compras?

– Entonces es posible que le apetezca estar sola.

– Pero si una mujer está siempre distraída, ¿significa eso que no está enamorada?

– Puede significar eso, pero también que sí está enamorada.

– Pero ¿si una mujer te dice que no debes enamorarte de ella?

– Puede significar que ama. Recuerdo ahora mismo una vieja película italiana que te gustaría ver, trata precisamente de esas cuestiones. Cierto que el director no confía demasiado en los diálogos para explicar los sentimientos.

– Pero ¿y si dice que no está preparada para una relación? -mi hija me da la muñeca, quiere que le quite el vestido de punto.

– Eso puede significar que está dispuesta pero no sabe si tú lo estás y tiene miedo a que la rechaces.

– Pero ¿si dice que quiere marcharse para estar sola?

– Puede significar que quiere que vayas tú con ella -el sacerdote se ha levantado y se pone a buscar algo en las estanterías-. Existe el amor razonable, como dice un poema -continúa desde el otro extremo de la habitación-, pero no la pasión razonable. Si la vida se viviera únicamente de modo razonable, nos perderíamos la pasión, como dice en algún otro sitio -continúa, y sé que no está citando la Biblia.

Mi hija quiere que vuelva a ponerle el vestido de punto a su muñequita. Lo que más cuesta es meter los brazos por las mangas.

– Bueno -dice finalmente, se incorpora, se dirige hacia mí y me da la cinta-. Podrías aprender mucho sobre la vida sentimental de las mujeres viendo cine de Antonioni. ¿Tienes vídeo?

Capítulo 74

Noto una intranquilidad credente en Anna. Y sin embargo, en la superfìcie todo parece seguir como siempre. Pero aunque ella esté como siempre, tengo la sensación de que, de repente, me queda muy poco tiempo.

– ¿Qué? -pregunta-. Me miras con tanta fijeza y estás, cómo decirlo, tan preocupado, y con el mismo gesto acusador de Flora Sol cuando me mira.

– ¿Te vas? -digo con toda la naturalidad de que soy capaz, aunque noto que me tiembla la voz.

– Sí -responde.

A decir verdad, yo ya había empezado a creer que mi premonición carecía de toda base. La vida siempre te está dando sorpresas: al parecer, si estás esperando algo bueno, sucede algo malo; si esperas algo malo, sucede algo bueno. Recuerdo una película, en este caso una horrible de vaqueros, que vi antes de aficionarme al cine de calidad con el cura.

– ¿Cuándo?

– Mañana no, pasado. He terminado lo que puedo hacer aquí, he llegado a una conclusión.

No me atrevo a preguntar cuál es la conclusión a la que ha llegado, si tiene que ver con las ciencias de la vida o con nuestra relación, pero eso parecería un diálogo de película. Siento deseos de decirle que si está dispuesta a dar una oportunidad a nuestra relación, comprobará que todo será completamente distinto de lo que había podido imaginar. Me parece estar oyendo al padre Tomás.

– Algo de eso sí que hay.

Aunque en mi interior todo se está desgarrando, procuro que no se note.

– Perdona -me dice en voz baja-. Eres un chico estupendo, Arnljótur, eres bueno y generoso, es sólo que hay algo dentro de mí misma, estoy tan confusa.

Se me va la cabeza, como si estuviera perdiendo la sensación de lo que hay a mi alrededor, y de pronto empiezo a sangrar por la nariz. Dejo un reguero de sangre en el fregadero. Echo la cabeza hacia atrás. Sorbo por la nariz, echo la cabeza hacia atrás, trago sangre y me apoyo en el borde del fregadero, cae una cascada de sangre, como si se estuviera celebrando un sacrificio y fueran a sacrificar un animal.

Anna coge un paño húmedo y me ayuda a limpiarme la sangre de la cara. Parece preocupada.

– ¿Estás bien? -pregunta.

Me siento a la mesa de la cocina y echo la cabeza atrás. Anna delante de mí, lleva un jersey de color rosa rojizo, un color muy especial que no he visto nunca.

– ¿Estás seguro de encontrarte bien? -pregunta otra vez.

Los dos callamos, luego me dice titubeante y con los ojos bajos:

– Siento que tengo tantas cosas que hacer antes de poder convertirme en madre -me quito el paño de la nariz, parece que ha dejado de sangrar. Sería una estupidez recordarle que ya lo es-. Es sólo que no estoy preparada para tener un niño -continúa, como si fuéramos una pareja sin hijos organizando nuestro futuro.

Se queda en silencio unos momentos.

– Te quiero muchísimo, pero deseo estar sola un tiempo, unos años, para encontrarme a mí misma y terminar los estudios. Creo que soy demasiado joven para fundar una familia -dice la genetista, dos años mayor que yo.

Sigo con el paño en la mano, está rojo de sangre y la camisa también tiene manchas de sangre.

– Flora Sol y tú os lleváis estupendamente, mucho mejor que ella y yo -añade-. Intimasteis tan deprisa, y estáis siempre juntos haciendo algo divertido, y tenéis vuestro mundo privado al que creo que yo no pertenezco. Hasta sois zurdos los dos -añade muy deprisa.

– Pero no es más que una niña pequeña -digo.

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