Auður Ólafsdóttir - Rosa candida

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El joven Arnljótur decide abandonar su casa, a su hermano gemelo autista, a su padre octogenario y los paisajes crepusculares de montañas de lava cubiertas de líquenes. Su madre acaba de tener un accidente y, al borde de la muerte, aún reúne fuerzas para llamarle y darle unos últimos consejos. Un fuerte lazo les une: el invernadero donde ella cultivaba una extraña variedad de rosa: la rosa cándida, de ocho pétalos y sin espinas. Fue allí donde una noche, imprevisiblemente, Arnljótur amó a Anna, una amiga de un amigo. En un país cercano, en un antiguo monasterio, existe una rosaleda legendaria. De camino hacia ese destino, Arnljótur está, sin saberlo, iniciando un viaje en busca de sí mismo, y del amor perdido.

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– ¿Qué está haciendo? -pregunta Anna.

– Se está expresando con el cuerpo -respondo-. Imita lo que ve.

Anna ríe y yo me siento aliviado. No parece tan preocupada como solía estarlo antes. Nuestra hija ríe también. Reímos los tres, la familia entera.

– Buen chico -dice Anna, entonces.

Las mujeres me parecen un poco impredecibles. Por algún motivo, siempre creí que mamá era la única que decía cosas como ésa.

Capítulo 63

Mi dominio de la cocina de gas crece exponencialmente con cada nuevo intento, aunque sigo tardando demasiado en cocinar. En un tiempo bastante breve he llegado a dominar siete platos: ya sé freír carne, tanto en filetes como en trozos, preparar dos clases de salsa, cocer patatas y otras diversas especies de verdura, hacer arroz, elaborar albóndigas y hacer verduras a la plancha en vez de cocidas. Y encima sé hacer diversas papillas para la niña y en una ocasión me atreví con un arroz con leche aromatizado con canela, que salió bastante decente. He de reconocer que es importante que Anna admire los sinceros esfuerzos que realizo al cocinar para ella y su hija.

Pero aún no me atrevo con nada complicado, como un ave entera o algo parecido; a mamá no le iban mucho las carnes de ave. También he ido varias veces al restaurante de la señora cuando se me ha hecho tarde en el jardín, a llevarme comida preparada, cocinada por ella. Observo a Anna mientras come los platos preparados por la señora del restaurante y he de confesar que me llena de satisfacción que elogie la comida del restaurante menos que la mía.

Luego llega el momento de atreverme con el pescado. Voy por la mañana al mercado con mi hija e intento elegir alguna especie con un aspecto más o menos comparable a los peces que conozco de Islandia, algo que se parezca al eglefino. Pero la mayoría son pequeños, yo diría que son peces de agua dulce, no de agua salada. Tampoco se pueden comprar filetes de pescado, sólo peces enteros, con su cabeza, sus aletas, espinas y tripas. Pese a mi experiencia con las galernas marinas, lo cierto es que no he practicado mucho la transformación de los peces para conseguir que parezcan filetes empanados de los que se pueden echar directamente a la sartén. Pero enseguida renuncio a hacerlo como lo hacía mamá: hay algunas cosas que es imposible encontrar en el pueblo, aunque he buscado en todas las tiendas; una de ellas, por ejemplo, es pan rallado.

– ¿Cómo eras de pequeño?

La pregunta me coge por sorpresa. Anna está pillándome por sorpresa un día sí y otro también. Estamos terminando de comer los pececitos que acabé por freír enteros, y las dos están delante de mí, al otro lado de la mesa, esperando mi respuesta. Y aunque es posible que lo pregunte porque quiere saber cosas que pueda relacionar con Flora Sol, su interés parece sincero. Estoy en el buen camino si le digo que, como soy pelirrojo, nunca me ha gustado demasiado el sol, prefería meterme en el húmedo almacén de las patatas o algún macizo de flores sombrío, en vez de estar fuera, al sol. Además, era terriblemente pecoso de pequeño, mi cara no era más que una colección de pecas. Claro, que papá ya le ha enseñado a Anna la colección de fotos, de modo que mi descripción no debe de causarle ninguna sorpresa.

– Era bajito para mi edad, y a los catorce años seguía siendo el más bajo de la clase -le digo-. Entonces di el estirón durante el verano y, al cumplir los dieciséis, les sacaba la cabeza a los otros chicos de mi edad.

– ¿De manera que en un solo verano te convertiste en un hombre hecho y derecho?

– Un hombre… Bueno, eso es decir demasiado, más exacto sería decir que me convertí en un adolescente más alto de lo normal. ¿Y tú? ¿Cuándo te convertiste en mujer? -¿se le pueden hacer preguntas como ésa a una mujer?

– Hicieron falta varios veranos, sucedió despacio y sin problemas, incluso sin que nadie se diera cuenta. Yo fui una de las afortunadas.

Luego me pregunta si siempre me han interesado las plantas.

– Sí, en realidad, desde pequeño. No exactamente las plantas en sí, al principio no, sino sobre todo estar en el jardín con mamá. El interés específico por las plantas llegó más tarde. Empecé con un trocito de tierra al sur del invernadero, donde planté zanahorias y rábanos y les puse cartelitos. Tenía siete años y podía ver a mamá al otro lado del cristal, podando los rosales dentro del invernadero. Mamá hacía pruebas con toda clase de semillas y bulbos importados, pero en mi huertecito, lo que crecía eran sobre todo malas hierbas. También leía bastante cuando era niño, me tumbaba en el jardín en verano o me sentaba dentro del invernadero en invierno y leía libros extranjeros sobre niños que tenían cabañas en lo alto de los árboles. También iba allí, cuando era más mayor, a estudiar para los exámenes en aquella atmósfera húmeda, luminosa y cálida. Aunque afuera reinaran el hielo, la nieve y la oscuridad, yo iba a todo correr al invernadero con mis libros, en camiseta, atravesando la nieve que me llegaba a las rodillas, con el lápiz entre los dientes.

– ¿Nunca se metieron contigo por tu afición?

Pienso bien hasta dónde tengo que contarle a Anna, qué recuerdos debo sacar de la oscuridad de los tiempos; a fin de cuentas, uno no dice siempre todo lo que pasa.

A decir verdad, sólo hubo un incidente desagradable, tenía diez años y probablemente todo se debió al color de mi pelo. Llevaban varios días acosándome y me hicieron comer tierra, con chinitas entre los dientes, mientras me arrastraban por la tierra y me zurraban. Después no me sentí demasiado mal, aunque tenía sabor a sangre en la boca y arena en las muelas. A uno de ellos le obligaron a telefonearme a casa para pedirme perdón. Luego colgó sin despedirse. Yo respondí, pero la conversación fue tan breve que mamá pensó que era alguien que se había equivocado de número.

– No -digo-, también me salvó ser el mejor en fútbol. Entonces te dejaban en paz. Yo era como los demás chicos de mi edad, aunque no me apetecía nada pasarme el día jugando al fútbol.

Madre e hija escuchan con atención lo que les cuento. Mientras hablo, la madre de mi hija me mira como si lo que le cuento le rozara algo profundo que comprende perfectamente.

Capítulo 64

La madre de mi hija llega tarde de la biblioteca y de pronto se me pasa por la cabeza la posibilidad de que haya conocido a alguien del pueblo y hayan ido los dos al café; seguramente será el individuo de las escaleras de la biblioteca quien la ha retrasado. Es perfectamente lógico imaginar que algún hombre, cualquiera de los que la miraban tanto por la calle, la abordara con cualquier motivo, y como ella es tan buena y amable, e incluso anda un poco perdida, va y se sienta con él en el café. Su idea es quedarse sólo un momento, porque tiene prisa por llegar a casa, pero como el individuo es muy hábil, consigue que se olvide del genoma e incluso que se ría y se olvide del tiempo.

Cuando aparece en la puerta, unos cinco minutos más tarde, casi empapada de lluvia y llevando en brazos una caja de bollos de la panadería, me siento tan desaforadamente feliz que no puedo ocultarlo. Me pilla totalmente por sorpresa el absurdo grado de mi alegría, como si estuviera descubriendo a Anna por primera vez. Me da los bollos y lo único que se me ocurre decirle es que lleva un jersey muy bonito, aunque naturalmente es el mismo jersey verde que llevaba en el desayuno. Entonces me entra repentinamente la inseguridad y me ruborizo y, peor aún, ella se ruboriza también. No me siento del todo bien y para cambiar de tema me dispongo a bajar a la lavandería, que está abajo, y lavar su ropa, yo tengo que lavar mis pantalones de faena.

– Aprovechando que tengo que poner una lavadora para las cosas de Flora Sol -digo con toda la indiferencia de que soy capaz. Nada más decirlo, me arrepiento. Anna parece entre extrañada y contenta.

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