Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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Basta mirar la cara de Ama para saber que es bueno eso que dice que está ocurriendo. Me gusta mirar la cara que Ama tiene ahora. Sé que le gustará que le pregunte qué está ocurriendo.

– ¿Qué está ocurriendo, Ama?

Vuelve hacia mí sus ojos claros, llenos de luz.

– ¡Oh, Jaso, Jaso!

– ¡A ver si no me aplastáis tanto! -dice Fabi, removiéndose entre Ama y aita.

Tengo miedo de que la cara de Ama vuelva a ser oscura. Si pudiera olvidarse de que tenemos a aita en el mismo coche…

– Ama, que se levante Fabi para ponerme yo en el medio -digo.

– ¡Pero si ya estamos llegando, pequeño mío! -dice Ama.

– No, no estamos llegando, aún falta un buen cacho -dice Fabi.

Martxel ya no puede ver a Andrea, ni yo tampoco, porque hemos doblado la curva del camino. Y ahora veo a Santiago Altube a la puerta de La Venta, en su mecedora, con su carota roja bajo la boina y su gran tripa reventando la blusa, charlando con el grupo de hombres que le rodea.

– ¿Qué decías que ocurría, Ama? -digo. Pienso: «No mires, Ama. No vuelvas la cabeza y te acuerdes de quién vive en La Venta. No mires, Ama. Y dime lo que decías que está ocurriendo». Pero mira.

– ¡Ama, Ama!, ¿qué está ocurriendo?

Su cara vuelve a ser como la de una muerta. «¡No, Ama, no!»

Oigo toses nerviosas de aita, pero no quita los ojos de las orejas del caballo. Ha tosido para que Ama recuerde que él está al otro lado de Fabi.

– ¿Qué está ocurriendo, Ama? -digo.

– Sí, claro, esto es lo único que importa -dice Ama-. Tú bien que lo sabes, Jaso, hijo mío. ¿Por qué no te abrochas ese botón? Detrás de las palabras de don Venancio está la salvación de nuestro pueblo. Yo se lo advertí: «Cuidado, don Venancio, mucho cuidado con lo que se le escapa, que los oídos del enemigo no duermen». Bueno, pero es inútil predicar prudencia a un corazón patriota que ve algo de esperanza. ¡Vaya que sí! ¡Qué bien sonaron sus palabras en el templo! ¿Las recordáis? «Extirpemos el extranjerismo e implantemos el patriotismo, uniendo a los hijos de Bizkaya bajo una sola bandera.» Y también pronunció nuestro lema: « Jaungoikua eta Legizarra » . -Tiende sus brazos hacia mí y yo me lanzo hacia ellos y me ahogan-. ¡Jaso, hijo mío, nuestro pueblo se ha puesto en marcha!

Los latidos del corazón de Ama son como si fueran los míos. Pienso: «Ama y yo somos uno». Pasan de ella a mí los golpes de sangre en que se han convertido sus palabras: «Estábamos dormidos y el Maestro nos ha despertado. Sus textos han de ser como nuestra segunda Biblia. Escucha, Jaso: "…habiendo llegado a conocer a mi patria y caído en la cuenta de los males que la aquejaban, extendí mi vista en derredor buscando ansiosamente un brazo generoso que acudiera en su auxilio, un corazón patriota, y por todas partes tropecé con la invasión española…"».

– Jaso está llorando -dice Fabi.

– A ver, a ver -dice Ama, apartándome de ella y secándome los ojos con su pañuelo-. Nuestro Maestro también quiere que los niños se acerquen a él.

Al no poder ver a Andrea, ahora Martxel está mirando a Ama.

– Ya le advertí a don Venancio: «Don Venancio», le dije, «es hora de empezar a predicar la buena nueva, pero no lo haga a lo bruto. Anuncie con suaves palabras la esperanza. Prepare el terreno para la gran revelación. Diga y no diga. Que ellos no sepan, aún, que vamos a poner en práctica las sagradas ideas contenidas en los artículos de prensa y en el libro del Maestro».

– ¡Cochero, más aprisa, fustigue al caballo! -dice aita. El cochero vuelve a medias su cara con la boca abierta, pues el coche ya sólo está a veinte pasos de la puerta del jardín.

– Y vamos a ganar, ¿verdad, Ama? -dice Martxel.

– La verdad está con nosotros -dice Ama.

Fabi no ha dejado de gimotear y ahora, por fin, escapa del hueco entre Ama y aita.

– Me hacéis daño y me voy -dice Fabi.

– ¿No te he dicho…? -dice Ama.

– ¡Esa puerta debe estar siempre abierta cuando regresa el coche! -dice aita-. ¡Lo he ordenado mil veces! ¿Quién dice en esta casa lo que hay que hacer?

Sólo tengo que ponerme de espaldas y moverme a un lado y a otro para sentarme a duras penas entre Ama y aita.

– ¡Ah, Jaso, Jaso! -dice Ama, besándome en la cabeza.

– ¡Que abran esa puerta inmediatamente! -dice aita.

Estamos parados ante la verja. Un criado corre por el jardín. El cochero no sabe si bajar él mismo a abrir la puerta.

– ¿Quién da las órdenes en esta casa? -dice aita.

A mi derecha tengo la carne de aita. A mi izquierda, la carne de Ama. No puedo pensar que estoy aplastado por los dos cuerpos, pues sólo me molesta la carne de aita.

Chirría la puerta de hierro al ser abierta por el criado con polainas rojas.

– El Maestro me inspirará cómo destruir esa guarida -dice Ama.

Ahora los ojos de Ama no se apartan de la casota de enfrente, que es como una gran patata mal hecha. Pienso: «¡No mires, Ama, no mires!». Pero Ama no puede apartar los ojos de esa guarida y su cara es como la de una muerta.

– Jaso y yo nos vamos a cazar pájaros con liga -dice Martxel.

– Y yo -dice Fabi.

– No -dice Martxel.

– ¿Hasta dónde iréis? -dice Ama.

– No sé, por ahí, hasta el Molino -dice Martxel.

– Yo también puedo ir hasta el Molino -dice Fabi.

– Tú siempre nos espantas todos los pájaros -dice Martxel.

– ¡Mentira! -dice Fabi.

– Los hermanos deben ir juntos -dice Ama.

– ¡Pero no a cazar pájaros con una hermana tonta que grita y los espanta! -dice Martxel.

– Es que mi Fabi quiere mucho a los pajaritos y no puede verlos muertos -dice Ama.

Hemos entrado en casa.

– ¿Ni siquiera en domingo puedo tener paz en mi propia casa? -dice aita, que ya va escaleras arriba.

– ¿Es pecado el que una madre hable con sus hijos? -dice Ama.

Nos llega la voz de aita cuando ya no se le ve en lo alto de la escalera:

– Aquí se confunde el histerismo con el hablar.

Ama se acerca a una ventana, aparta las cortinas y mira hacia fuera. Pienso: «¡No mires, Ama, no mires!».

– Y aún se atreve ese hombre… -dice Ama-. Venid aquí y ved esas piedras construidas sobre el pecado, pues muy pronto las habitará el bastardo. ¿Qué otra mujer soportaría tanto? Tengo motivos para comportarme como una histérica.

– Yo le mataré -dice Martxel.

– Yo también le mataré -digo.

– ¿No ibais a matar pájaros? -dice Fabi-. Yo he visto un bando de gorriones sobre los jaros de detrás de la iglesia.

– No inventes mentiras para venir con nosotros -dice Martxel.

– ¡Los vi, los vi! -dice Fabi.

– ¡Los vi, los vi! -dice Martxel, haciéndole muecas.

– ¡Ama, mírale! -dice Fabi, pataleando el suelo.

– Le miro y me parece un monito de imitación -dice Ama.

– ¡Nos vamos! -dice Martxel.

– Pero los tres hermanos -dice Ama.

– ¿Por qué Fabi no se va con las chicas? -dice Martxel-. ¿Qué culpa tenemos Jaso y yo de que no tenga hermanas? Si el bastardo fuese bastarda…

– ¡Martxel! -dice Ama. Se acerca a Martxel-. No has querido decir eso, ¿verdad? No has querido nombrarle, estoy segura. -Martxel baja la cabeza y Ama le besa-. Sé que ninguno de vosotros se pondrá jamás contra vuestra madre.

– ¡Vamos, Jaso! -dice Martxel.

– Fabi, hija mía, es mejor que no te mezcles con estos chicotes -dice Ama, atrayéndola hacia sí-. Ven conmigo a la cocina y me ayudas a hacer el pastel del domingo. Ya eres una mujercita de nueve años y debes… Pero, Martxel, ¿te vas sin tus trastos de los pájaros?

Martxel y yo ya estábamos en la puerta. Martxel me mira y se pone rojo y da la vuelta y sube a su cuarto. Vuelve y ya no está rojo y trae en una mano las varas de mimbre y en la otra el bote de liga.

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