Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

Здесь есть возможность читать онлайн «Ramiro Pinilla - La tierra convulsa» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

La tierra convulsa: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La tierra convulsa»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

La tierra convulsa — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La tierra convulsa», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

El horrendo edificio fue acabado en 1895, a primeros de marzo, y Ella se precipitó a inaugurarlo el día 9. No tenía una necesidad especial de efectuar el traslado con tanta urgencia, pero es que aquello constituyó algo más que un simple cambio de vivienda: una ruptura con el pasado. Abandonó La Venta sin avisar a nadie, ni al Ayuntamiento ni a los clientes habituales; le habría bastado con pegar en un cristal un papelucho con cuatro letras. Huyó, despreció lo que le había servido hasta entonces, dejó a sus espaldas cuanto la vinculaba a la pobreza y a la humillación, y, en sólo unos segundos, señaló las nuevas fronteras y abrió el abismo de separación con el viejo mundo, y todo con un simple traslado de un par de cientos de metros realizado a la plena luz de un domingo. Los más atentos llegaron a temer que se desprendiera también del esposo, toda vez que ya no lo necesitaba; y, por un instante, pareció que lo iba a abandonar a la puerta de La Venta, cuando su birloche de segunda mano partió con ella, el niño y Madia o Magda para salvar los doscientos metros, carretera abajo, hasta el cruce de Laparkobaso. Pero, no: regresó el coche, con la mujer empuñando las riendas, y los curiosos oyeron cómo su voz, picuda y fría, les ordenaba -simplemente, les ordenaba- cargar con Santiago, y entre cuatro hombres lo depositaron en el asiento. La mirada húmeda que el gordo Santiago Altube dirigió al grupo apostado ante La Venta mientras el birloche se alejaba, se pareció a la de un besugo cuando lo raptan de su medio, el agua. Los mismos cuatro hombres que acababan de mover a mi tío abuelo acompañaron al coche, marchando a la carrera a su lado, a fin de cumplir con la operación de descarga.

Viajó el vehículo en ambas ocasiones sólo con personas: sin maletas, baúles, algún pequeño mueble o siquiera uno cualquiera de esos objetos que se recogen a última hora como tonto homenaje al tiempo que se clausura (luego se sabría que, en el primer viaje, le acompañó un cofre de tres palmos en el fondo del carruaje, entre sus pies). Y muchos pensaron que si se llevó al esposo no fue por miedo al qué dirán, por una concesión a la ceremonia eclesial de don Eulogio o a los papeles firmados en el juzgado, sino porque alguien, tarde o temprano, se lo habría llevado a su nueva residencia, como se devuelve un objeto perdido.

Abandonó, vació La Venta sin previo aviso, dejando la puerta abierta y las llaves colgando del gran candado, y, en la fachada posterior, una fogata encendida, donde se quemaban ropas y trastos despreciados. Transcurridos esos segundos del traslado, nadie habría podido demostrar, con pruebas convincentes, que Ella estuvo allí alguna vez. Los hombres se preocuparon al comprender que el mostrador iba a quedar sin servicio en la tarde de aquel domingo, si bien poco duraron sus temores: la gente que empezó a concentrarse ante La Venta vio llegar, también, a Zacarías Ermo, quien no se quedó como un curioso más de los que comentaban los acontecimientos del día, sino que, con toda naturalidad, empujó la puerta no cerrada y se hizo cargo del interior. No sólo entró en La Venta, sino que la ocupó, es decir, la recuperó, y, un momento después, ya estaba sirviendo vino con el delantal azul a la cintura; y los clientes, esperando, acodados, después de haber metido los extremos curvos de los mangos de sus paraguas en los agujeros del frente del mostrador, dejados, siglos atrás, por Larreko al extraer de la madera los hierros a que sujetó las cadenas de sus bueyes cuando sacó el altar-mostrador de la playa. Nadie, ni entonces ni después, objetó nada, ni siquiera el alcalde, a pesar de que la nueva apropiación de La Venta por parte de Zacarías Ermo no contó ni con un mero permiso verbal ni con el más nebuloso consentimiento expresado por el más ínfimo empleado municipal por medio de un impreciso asentimiento de cabeza. El pueblo entendió que la casi media docena de años en que Ella regentó La Venta constituyó un error en la vida de la comunidad, una fiebre accidental y pasajera, a cuya desaparición todo volvería a ser como antes del mal sueño. Así, pues, Zacarías Ermo contó con el respaldo moral suficiente para recuperar sin dilaciones el establecimiento. Había urgencia por borrar aquella mancha, y por olvidarla; y, por lo que respecta al leve episodio de aquellos cinco o seis años, se consiguió; al menos, el pueblo pudo recuperar su ágora tradicional, perdida a medias, perdido su pulso de hogar. Pero fue una indemnización demasiado insignificante, pues Ella iba a seguir proyectándose sobre todos desde su nuevo asentamiento, aquella mansión esperpéntica cuya contemplación había empezado a revolver los estómagos desde que sus cimientos revelaron que aquello acabaría siendo, realmente, una casa. Por no mencionar su insoportable arquitectura, patente apenas las fachadas emergieron centímetros del suelo; ni el adivinar a Cristina retorciéndose de impotencia por saberse ya condenada a sufrirla de por vida al otro lado del camino-carretera, soportando la más vergonzosa humillación arrojada sobre mujer alguna de esposo adúltero, cuyo clímax se alcanzaba cada 25 de diciembre con las piedras que Ella lanzaba ferozmente contra la fachada de la mansión, sí, sitiada; proyectiles que volaban emparejados con las estridentes notas de la imbécil canción de aquel rey de Cachemira que tenía, no tres hijos, sino cuatro.

Josafat Baskardo

9 de marzo de 1895

Ama dice a Fabi:

– Siéntate aquí, en medio de los dos.

– No hay sitio -dice Fabi-. Me aplastáis.

– Quédate donde estás -dice Ama.

Arranca el coche y deja atrás el txistu y el tamboril que suenan ante la iglesia.

– Martxel y Jaso van muy anchos -dice Fabi.

Aita no mira a nadie, sólo al frente, a las orejas del caballo. Fabi se revuelve entre Ama y aita.

– Me hacéis daño -dice Fabi.

– Acabamos de recibir el Cuerpo de Cristo y únicamente debes pensar en Él -dice Ama.

– Martxel y Jaso van muy anchos -dice Fabi-. Me cambio a su asiento.

– Quédate donde estás -dice Ama, sujetándola con su mano izquierda-. Tu cuerpo es inocente.

La cara de aita va como dormida, pero sus ojos, abiertos, no se apartan de las orejas del caballo. Sus rodillas no se mueven, y su cuerpo, de cintura para arriba, parece un poste.

– Ama, a mí no me importa ponerme donde está Fabi -digo-. Que se quite ella y me siento yo.

– Ah, Jaso, tú siempre tan buen hijo. Pero tu hermana es más pequeña y cabe mejor. ¡Mi querido Jaso, tú sí que comprendes a tu pobre madre! Lo importante es conservarse en estado de pureza después de recibir al Señor. Ved, ved a nuestros buenos aldeanos saliendo de misa… Abróchate el botón del cuello, Jaso, no te vayas a enfriar.

– Si Fabi se quita, yo me pongo en su sitio, Ama -digo.

– ¡Ahí está Andrea! -dice Martxel.

Miro a Martxel en el momento en que él también me mira. «No tengas miedo, Martxel, no diré nada», le digo con los ojos. Al adelantarles el coche, el grupo de los Altube nos saluda con la cabeza. Se mueven como agarrotados dentro de sus ropas de domingo.

– Vedlos, vedlos con sus sanas costumbres -dice Ama-. ¿A quién miras tanto, Martxel?

Me gustaría seguir viendo la cara de Andrea, pero ella ha bajado la cabeza. Miro a Martxel, que la está mirando. Luego, él y yo nos miramos.

– Nunca he visto un perfil tan perfecto de vasca como el de esa chiquilla -dice Ama-. Por algo se apellida Altube.

– Es como el de la que está en el cuadro del comedor, ¿verdad, Ama? -digo.

– No hay duda de que el pintor tuvo de modelo a otra como Andrea -dice Ama-. Nuestra tierra está llena de flores como ellas.

Ahora Martxel mira a Andrea por encima de la cabeza de Fabi.

– Espero que nuestras gentes de la misa de hoy hayan entendido a don Venancio -dice Ama-. Esta vez desde el púlpito no se ha hablado del advenimiento del reino de Dios, sino del nuestro, el de los vascos. ¡Nuestro pueblo se ha puesto en marcha por la voluntad del Señor! Lo ha dicho don Venancio entre que digo y no digo. Me gustaría bajar del coche para preguntar a nuestras gentes si le han entendido, y, si no es así, explicárselo. ¡Es tan importante para todos los vascos lo que está ocurriendo estos días! Y hay que empezar a decirlo sin miedo.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «La tierra convulsa»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La tierra convulsa» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Ramiro Pinilla - Sólo un muerto más
Ramiro Pinilla
Ramiro Castillo Mancilla - Natalia
Ramiro Castillo Mancilla
Norberto Luis Romero - Tierra de bárbaros
Norberto Luis Romero
Ciro Alfonso Duarte - Tierra amarilla
Ciro Alfonso Duarte
Ramiro Castillo Mancilla - Un monje medieval
Ramiro Castillo Mancilla
Ramiro Castillo Mancilla - Ciudad del Carmen
Ramiro Castillo Mancilla
Ramiro de Dios - Resorte
Ramiro de Dios
Ramiro Castillo Mancilla - Peones de hacienda
Ramiro Castillo Mancilla
Отзывы о книге «La tierra convulsa»

Обсуждение, отзывы о книге «La tierra convulsa» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.