Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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A don Eulogio del Pesebre, al mencionar a Madia o Magda en la ceremonia, le asaltaron los mismos temblores que en el doble bautizo de diez años antes, cuando se desvivió por obtener de las dos recién llegadas a Getxo sus apellidos sin conseguirlo. En la reciente lectura de las amonestaciones lo había resuelto enfatizando el nombre, incluso atreviéndose a pronunciar los dos, en ese tono definitivo y desértico en que se recita el nombre de los profetas, sin más complemento identificatorio. Pero en el bautizo no había habido testigos -como no fuera su propia conciencia de párroco responsable de sus libros parroquiales-, y en la boda, sí: testigos que esperaban de él la exigencia de un estricto respeto a las normas de la comunidad -por no hablar de las de la Iglesia-, un casi milagro para conocer de una vez aquellos malditos apellidos; porque una cosa era convivir con gente forastera sin apellidos, o pasar igualmente por alto el que esa misma gente se atreviera a contraer matrimonio con sangre vasca de la más vieja, y otra que la boda no pareciera un pacto entre dos familias, sino entre una familia como debe ser y otra mora que no aportaba de dote ni una cabra, ni apellidos, porque no los tenía, ni mostraba el menor interés por hacerse acompañar de aquella mujer que tenía bien a mano, fuera o no pariente, que le habría servido al menos para firmar como testigo. Al tener a los contrayentes arrodillados ante él, don Eulogio les formuló las preguntas, y dijo «Madia» y el «Magda» lo pronunció sustituyendo la o entre los dos por la pausa natural entre el nombre y el apellido, y concluyó con otra pausa y un tercer sonido indescifrable, un murmullo, posiblemente en latín, no con la pretensión de que lo tomaran por el segundo apellido, sino para salvar a medias su propia dignidad.

En cualquier caso, al término de aquella jornada, parientes, invitados y curiosos desaparecieron y la carga que había ensombrecido la boda pasó, íntegra, a mis Altube. Transcurrieron cinco meses antes de que mi pobre gente se acomodara a la presencia en Altubena de la nueva mujer, hasta que nació Cenobia, en abril de 1898. Fue como si hubieran estado confiando en que todo quedara en un mal sueño. Pero el advenimiento de la tierna carne vino a certificar la realidad. Dicen que sólo entonces mi abuela entronizó a mi tío Roque, disponiendo para ellos la alcoba de los amos jóvenes, accediendo a que abandonaran el cuarto, digamos, de soltero de mi tío, donde dormía con su mujer desde la misma noche de la boda.

Supongo que en esta decisión de mi abuela influyó también el comportamiento de Madia o Magda durante aquellos cinco meses, al lado de su hombre en todos los trabajos, por duros que fueran, y dispuesta igualmente a llevar la cocina, si mi abuela se lo hubiera permitido, pero se negó a cederle aquel poder, no sólo durante los cinco meses, sino hasta el final de la curiosa situación que se prolongaría siete meses más.

No permitieron que Madia o Magda se sintiera integrada en la familia, y no hay duda de que ella lo deseó. Perfectamente habría podido plegarse al plan de Ella, pasar fugazmente por Altubena -el tiempo justo, el número de días imprescindible que justificara ante nuestras costumbres la toma de posesión de mi tío-, permitir la segunda devastación y regresar a su guarida con el botín y el esposo. Por el contrario, devolvió a mi tío a la tierra y lo mantuvo en ella; creó a su alrededor las condiciones que le recordaran qué significó siempre Altubena para él; lo rescató del bache de aquellos siete años y, como a un niño aturdido, lo depositó de la mano en el medio ideal, y, cuando él abrió los ojos, se encontró casado, con una mujer preñada y, por añadidura, responsable de las tierras que pasaban de un Altube a otro desde el Principio. Es decir, había sido recuperado por la tradición. El lugar de Isidora lo ocupaba aquella figurita aún casi desconocida…, pero cosas así no eran competencia de la tradición.

Todo esto logró Madia o Magda. Y aunque ocurriera en principio sin que se lo propusiera, fue su rebelión contra Ella lo que la hace merecedora de nuestro agradecimiento. Su magnífica rebelión: alrededor del tercer mes, Ella empezó a dejarse ver desde Altubena; no sólo desde los límites de sus tierras, sino desde el mismo portalón del caserío: su coche rojo tirado por caballos árabes, el cochero con polainas rojas en el pescante y, muy tiesa en el asiento, Ella, contemplando el dominio por el que ya había cobrado una vez, reclamando a su pariente o lo que fuera el remate del negocio. En los dos primeros meses, Madia o Magda visitaba la mansión los domingos por la tarde, y sería en estas ocasiones cuando la muchachita iniciaría la revelación de su propio proyecto. «¿Qué dices?, ¿estás loca?», le espetaría la otra, todavía sin excesivo ardor, sin apenas alarma aún, tomándolo por una extravagancia de preñada. Quizá la muchachita le mostrara sus manos, enrojecidas por el rudo trabajo y en el inicio de la callosidad permanente, y Ella le replicaría: «¿Has perdido tu dignidad?», y añadiría: «¿No sabes que ahora somos unas damas y tenemos que obligarles a que nos respeten?», o «¿Acaso no juraste que jamás volverías a aquello?». Pero transcurrían las semanas y persistía el propósito, y entonces arreciarían las llamadas al orden, y tan inaguantable y cerrada se pondría Ella que la muchachita cortaría sus visitas de los domingos, confesando simplemente: «Le quiero…, ¿entiendes lo que es eso?», y Ella, por fin, descubriría que era la rebelión.

De modo que empezó a desplazarse casi a diario hasta Altubena, forzada a reanudar la relación que la muchachita había roto. Aleccionado, el cochero llamaba: «¡Señorita, señorita!», tieso, sin siquiera girar la cabeza, esparciendo entre los que fisgoneaban por allí la confirmación de que alguien, dentro de Altubena, estaba contraviniendo alguna regla. Pues aquellas visitas llegaron a constituir un espectáculo para el pueblo, que se acercaba con disimulo o se escondía en las inmediaciones para contemplar de cerca a la mujer de la que cada uno de sus pasos levantaba polvaredas de curiosidad e inquietud. Vestida de negro, era irremediable compararla con un pajarraco de mal agüero acechando su presa, si bien saltaba a la vista que acudía allí reclamando algo suyo, aquella parienta o lo que fuera, quien inexplicablemente prefería a mis Altube hasta el punto de negarse a todo contacto con la otra, una actitud que tenía un nombre: repudio. Fue entonces cuando Getxo empezó a preguntarse la razón de aquello y cuando nació la versión del amor de Madia o Magda por mi tío, y cuando nuestra comunidad, por primera vez, abrazó la causa de la muchachita.

Al ver a Ella en las fronteras de Altubena, Getxo se preguntaba: «¿Es que ignoraba que la perdería casándola con Roque Altube?». Y a partir de esta pregunta se llegó a lo que pareció ser la verdad, una limpia afirmación, formulada mecánicamente, de que Ella seguía estando detrás de todo, y de que fue Ella quien los casó. Nadie pudo imaginarse a Madia o Magda poniendo en marcha por su cuenta una operación tan maliciosa, quizá porque siempre se la consideró un simple apéndice; por no mencionar el que jamás se vio a una separada de la otra, ni que podía apostarse diez contra uno a que Madia o Magda nunca había visto a Roque Altube antes de sentarse por primera vez a su espalda, en el tranvía, lo que dejaba bien claro que aquello no lo empezó el amor, que el amor vino después y, por tanto, que todo lo empez ó Ella.

Y, luego, mis Altube: viviendo lo que al punto debieron de pensar que era una repetición de lo de siete años atrás, pero sin atreverse a creer del todo que existiera una mala suerte como la suya: confusos y asustados, mirándose entre sí en silencio, levantando a medias los ojos de sus trabajos para mirar a la mujer en el coche rojo, escuchando abruptamente los «¡Señorita, señorita!» del cochero, mirando a la nueva inquilina del caserío y viendo en ella, sin remedio, una prolongación de la endemoniada visitante. No, no le facilitaron la integración; se la impidieron. Lamento sospechar que los viajes del coche rojo no influyeron en el proceder de mis Altube, que el trato que le dieron a Madia o Magda y su posterior exclusión de la familia no fueron determinados por la amenazante proximidad de Ella: pienso que la muchachita habría sido repudiada igualmente. Pero necesito dudarlo, incluso vivir en la certidumbre de que mis Altube no eligieron libremente un comportamiento tan torpe. Pues el coche rojo se presentaba con una regularidad que rebasaba los límites de lo tolerable. Con razón o no -para don Manuel, sí, con razón-, aquella mujer personificaba muchos, o todos, de los males que caían sobre nosotros -el nosotros como pueblo-, y, en el caso de mis Altube, ningún otro clan humano de Getxo sufriría la maldición, patentizada por don Manuel, con tan sangrante materialización.

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