Ramiro Pinilla - La tierra convulsa
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Estaba solo. Llevaba siete años absoluta e insoportablemente solo. En ese tiempo no se le conoció ni amor ni ocasional contacto con mujer. Madia o Magda, a fin de cuentas, era una. Las manos de mi tío sentirían su carne bajo el insólito vestido floreado puesto en su honor, aquella carne hasta entonces despreciada por su propia dueña. Pudo no tratarse sólo de deseo sexual sino también de venganza, de cobrarse de alguna manera aquellos siete años de abandono y contra quienes se los impusieron. Inclinaría la cabeza para mirar la carita exangüe que le miraba, y pronunciaría las dos preguntas que remataban con absoluta coherencia una etapa y la clausuraban, y estrenaban otra: «¿Quién eres? ¿Te he visto alguna vez?».
De manera que cuando Ella prorrumpió aquella noche: «¿Ya lo habéis hecho?», Madia o Magda pudo afirmar dócilmente con la cabeza sin sentirse despreciable, y posiblemente Ella estaba biológicamente incapacitada para advertir el dulce estremecimiento de los labios de su pariente o lo que fuera. En el transcurso de los dos años siguientes la muchacha llegó a enfrentársele, pero estoy seguro de que nunca sospechó la hondura de su flaqueza y, ¿por qué no?, traición.
Nadie en Getxo supo por entonces lo que ocurría, noche tras noche, en el trayecto entre la terminal del tranvía y San Baskardo. Tampoco mi tío, si comparamos su dejarse hacer con la apasionada determinación de Madia o Magda. Posiblemente en los meses que siguieron nunca movió un solo dedo por evitar perder los favores de cada noche de la muchacha. Sencillamente, se los encontraba, los llegaría a aceptar como el último esfuerzo en su jornada de trabajo. ¿Puede un acto sexual reducirse a tan poco? Aquí no se trataba de los simples encuentros amorosos entre un hombre y una mujer, sino de saber en qué proporción aportaban uno y otra la carga mítica del sexo, y era en la muchacha sobre quien recaía la exclusiva responsabilidad, ella sola salvaba el sexo. ¿Por qué, entonces, mi tío lo aceptó? Nunca lo aceptó. Aquello fue la acomodación a una nueva existencia, no la recuperación de la vida en general. Ya hemos hablado de clausura de una etapa y estreno de otra. Fue la más dramática ilegitimación de un pasado. Madia o Magda vino en su ayuda, y mi tío realizó esa acomodación a lo nuevo utilizando el instrumento menos propicio, aquel esmirriado cuerpecillo incapacitado para infundir la pasión cegadora precisa que hiciera soportable aquel desgarrador cambio de piel; lo que revela la magnitud de su desesperación.
Y allí estaba Ella, en su mansión árabe -quizá no fuera la de á rabe la calificación precisa, sino barroca, monstruosa, o monstruosamente barroca, sobrecargada, o aborrecible y antipática, o, simplemente, fea; el término á rabe constituyó un lujo lingüístico puesto en circulación por algún leído y recogido por quienes deseaban enriquecer, como él, el más vulgar y extendido de moro, voz englobadora de cuanto circulaba como peligroso, enemigo, amenazante y, sobre todo, extranjero por los territorios al sur de nuestro pueblo-, ahora no necesariamente formulando una pregunta, la que correspondía a la espera del prendimiento, sino observando, vigilando despiadadamente la ropa íntima de Madia o Magda por ver cuándo se cortaba su flujo menstrual. Hasta que su expresión de triunfo despertó a la muchacha de su ensueño de varias semanas y, al día siguiente, transmitió a mi tío – ¿con un gesto, una frase?…, suponiendo que ya se hablaran…, ¿o cómo?- la buena nueva, y mi tío también despertó y ya no pudo seguir cargando al tranvía aquel trabajo adicional de fin de jornada.
Al menos dispuso de una frase hecha para comunicar la terrible situación a la familia: «Tengo que casarme», tan escandalosamente distinta de: «Quiero casarme» o «Me voy a casar». La pronunciaría por la noche, en la cocina, y mis Altube, Satordi e Idurre, mis bisabuelos, y Zenón mi abuelo, y Bixenta, mi abuela, y Juan, mi padre, y Mari Benita, mi madre, y Andrea, mi tía, entonces de quince años, saldrían en silencio para dejar a mi abuela a solas con su hijo, y ni siquiera les retuvo lo que de revelación iba a tener la respuesta de mi tío a la primera pregunta de mi abuela: «¿Con quién?». Hechos así no eran insólitos en el pueblo -parejas que se casaban con un hijo ya en camino-, excepto en lo referente a la novia; al producirse una situación semejante, no era preciso que la familia preguntara al irresponsable quién era ella -o a ella quién era él-, pues para entonces todos estaban cansos de ver a la pareja paseando, los domingos y sola, por la carretera o la plaza, es decir, por los paseos de los novios. Pero en aquel caso la relación no era de dominio público, así que mis Altube hubieron de preguntar a Roque quién era ella. Y cuando él reveló su nombre, mi familia no se dio de cabezadas contra la pared de puro asombro, pues, entre todas las hembras de Getxo, aquélla era la única realmente impensable. «¿Por qué ella? ¿Por qué precisamente ella?», protestaría mi abuela, sentada en la banqueta, con el trapo de cocina aún en las manos. No era preciso decir más. No, en aquella cocina. Suponiendo que mi tío no hubiera despertado con el anuncio por parte de Madia o Magda de su preñez, despertaría ante el temblor de mi abuela y el pensamiento a coro de ambos: «Creíamos que, hace siete años, pagamos lo suficiente por librarnos de Ella para siempre. ¿Qué más puede intentar ya contra nosotros?». Porque ninguno de mis Altube -incluido mi tío; al menos, en lucideces ocasionales- dejaría de creer que aquello pertenecía a una maquinación. Con todo, se había ido demasiado lejos, aun tratándose de una trampa. Ni entonces podían saltarse el código que exigía respeto, compasión y protección a la mujer; ni aun en el caso de aquella Madia o Magda estaría bien visto por el pueblo. Y ni siquiera cabía el recurso de la duda sobre la paternidad: cuando el pueblo revisó los meses precedentes comprobó que no sólo era mi tío el único con quien la muchacha tuvo oportunidad de hacerlo, sino que en todo Getxo no existía otro hombre en tan precarias condiciones de hundimiento e indefensión como para relacionarse con la pariente o lo que fuese de Ella a menos de dos metros.
Don Eulogio leyó la primera amonestación a últimos de noviembre. No hubo ningún encuentro entre Ella y mis Altube, esa tensa reunión de las dos sangres implicadas a fin de apalabrar dote y residencia. No hubo formalismos, es decir, el desprecio por las formas llevó el sello de Ella, denunció una provisionalidad que sólo un año después adquiriría su sentido. Porque cuando el nuevo matrimonio manifestó su propósito de quedarse en Altubena, nadie sospechó que no sería así finalmente. Y lo tenían que haber sospechado. ¿Acaso Ella había tramado aquella boda sólo para librarse de su pariente o lo que fuera? Aun los peor pensados dieron la razón a los otros cuando mi tío y Madia o Magda la emprendieron con los trabajos de Altubena, con tal fervor que no parecía sino que pretendían, precisamente, borrar todos los recelos.
Altubena, pues, pasó de manos de mi abuelo Zenón a las de mi tío, el primogénito casado que continuaría en las viejas tierras de los Altube. Mi tío dejó su puesto en el tranvía y asumió el título de amo, con las naturales limitaciones ante sus mayores vivos y presentes. En cualquier caso, y ante los ojos de la tradición, Altubena estrenó amo.
Aun estando ellas de por medio, la cosa ocurrió sencillamente, sin los dramas y sobresaltos de otras ocasiones. Aquello casi pareció una integración, y es posible que el pueblo se atreviera a empezar a revisar el criterio con que habrían de ser contempladas en adelante. Fue como si Ella hubiera otorgado a su pariente o lo que fuera total autonomía para elegir su destino, seccionando de golpe aquel monstruo monolítico que componían las dos a su llegada a Getxo. La única con la que se entendieron los míos fue con Madia o Magda: la otra no se dejó ver en ningún momento, no intervino. Tampoco hubo mucho que acordar o negociar: el hecho de que Madia o Magda no aportara dote no causó escándalo especial; no hay duda de que sobre todas las cabezas flotaba entonces la certidumbre de que nada en aquel asunto se produciría de manera normal. Y bien que pudo disponer la muchacha de una dote: el pueblo sabía que la casa en la que llevaban viviendo sólo dos años estaba totalmente pagada; sabía que dirigían negocios -que los dirigía Ella; de eso nadie dudaba-, que era dueña de una mina, que perseguía más altas ambiciones para, en su día, depositarlas a los pies de su hijo de siete años, Efrén, al que ya educaban profesores particulares. Había, sí, de dónde sacar una dote. ¿Desprecio de Ella por nuestras cosas? ¿Tacañería? Un año después se sabría que fue, sencillamente, pura coherencia con un programa previo, ahorro de un gasto, unas energías y una ilusión sentenciados a la nada, aunque Madia o Magda pudo prolongar su rebelión a lo largo de todo un año: un año entero enfrentada a su par por mantener a mi tío en las tierras que lo estaban redimiendo, es decir, defendiendo la felicidad de su esposo y su predestinación. Esa evidente prueba de amor basta para exculparla de cuantos males nos pudo infligir. Si mis Altube, abrumados por la invasión, apenas repararon en la herética ausencia de la dote, Madia o Magda sufría de otro tipo de obnubilación y nada hizo pensar que, en los primeros encuentros con mi familia y cuando se instaló en Altubena, experimentara humillación o vergüenza por llegar tan desnuda: ocupada toda ella por el amor, no le cabía otro sentimiento. Dicen que incluso estuvo hermosa el día de la boda: una auténtica novia radiante y estremecida por la carga del momento, y eso que su esplendor no procedía de un atuendo especial para la ocasión, pues el vestido, zapatos y demás con que se presentó, a las doce del mediodía, en la iglesia de San Baskardo eran con los que se la veía habitualmente: ni una cinta nueva adquirida para el caso; y no sólo eso: sola, sin el único séquito con que pudo contar, aquella mujer de la que nunca se supo si era su madre, su hermana, su tía o nada, ni siquiera su amiga. Despreció Ella igualmente la formalidad de la boda, como había despreciado el protocolo de la petición de mano por mis Altube, la devolución de visita, las dotes de precepto y todo lo demás. Permitió que la muchacha se presentara sola ante mis cincuenta o cien Altubes que aguardaban con expectación a la puerta de la iglesia; y no sólo ellos, sino medio pueblo, o todo él, confiando en verlas aparecer a las dos, e incluso, ¿por qué no?, a sus raíces, aquella sangre de la que procedían y que había de existir en algún lugar, por remoto que fuese; una muchedumbre, con don Eulogio y el sacristán a la cabeza, esperando a que la insólita ocasión de la boda desvelara de una vez el enigma. Aunque parece que no alentaron excesiva ilusión: en los últimos días nadie había visto llegar a Getxo carruajes, caballerías o simples viajeros a pie, ni menos acercarse a la casona o entrar en ella; pero ¿quién se atrevía a jurar que los forasteros no vinieron de noche? Ella y Madia o Magda llegaron de noche: quizá fuera una afición de familia. Pero nadie la acompañó en el gran momento; ella, sola -ni siquiera se le advertía, aún, el vientre abultado, lo que, en cierto modo, habría roto su soledad-, enfrentada a mi legión de Altubes llegados de todos los puntos del país para asistir a la ceremonia y al banquete; aquella figurita que, si siempre resultó insignificante, entonces lo pareció más, bajo su impersonal atuendo de diario y un absoluto desprecio por sus propias raíces, algo no sólo imperdonable entre nosotros, sino irreverente e insultante. Pero la pobre no pudo darnos más. De un lado, el amor que la colmaba habría relegado cualquier otro elemento o consideración, como, por ejemplo, el código para todas las tribus del planeta que prescribe a la novia casarse con un vestido o faldellín o adornos o plumas o máscara de estreno, o siquiera distintos de los usados hasta la víspera. De otro estaba Ella, siempre presente y más en aquella segunda devastación tan sustanciosa: su fuerza metálica e inquebrantable impregnando toda la trama, vaciándola de las mínimas formas que pueden hacer más soportable hasta un crimen, apoderándose de las cosas como un niño torpón al que ponen un dulce en el fondo de una cristalería de Bohemia. Nada, ni una concesión; aunque, sin duda, había que agradecerle su sinceridad al mostrarnos el carácter de provisionalidad que concedía a la boda, que para ella no fue sino el mero e inexcusable documento base para emprender su segunda devastación.
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