Mercedes Castro - Y punto

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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– ¿Yo sola? Hay que joderse. No sé por qué me dejo meter en estos líos.

– Hombre, es que si voy yo ya no es una conversación «a solas». Para una vez que quiere verte…

– Vale, iré. Pero como sea una de sus chocheces te juro que…

– Déjalo, que ya me has jurado demasiado por hoy. Nos vemos luego.

No pensar, no pensar y mil preguntas bullendo y todo por no pensar y no preocuparse ni temer, por qué temer a alguien que se supone que es de tu familia, como si yo fuera transparente, como si ella fuese una bruja malvada, la madrastra que putea a Cenicienta y es capaz de adivinar todo lo que me guardo, lo que oculto, como si supiera que me consumo y su hijo tal vez se quede solo y vaya tontería, vaya estupidez. A veces es imposible pensar con lógica, es mejor volcarse en el trabajo, en algo a lo que aferrarse antes que al miedo.

Cuando era pequeña y hacía chuletas en clase siempre me delataba mi cara de culpabilidad y, si tanto temes que te pillen, ¿por qué haces chuletas?, decía la señorita Rosa en tercero. No te entiendo, de verdad. O las haces o no, pero hacerlas con miedo y dejarte pillar precisamente porque éste te delate es una tontería, como también lo es temer a la madre de tu marido por un secreto que no he contado a nadie. Es que ella sabe que soy débil, sabe que estoy enferma, sabe que se lo oculto. Lo huele. Qué paranoia, ¿cómo lo va a saber? Ni siquiera podría adivinarlo en mi cara, hace casi un mes que no me ve, desde antes, mucho antes de que este secreto mío se hiciera realidad en forma de bulto. ¿Por telepatía? En los cuentos es así, las brujas pueden leerte la mente y saben cómo tentar a las princesas con zapatitos y manzanas. Seguro que al llegar me pone esas pastas de té de a treinta euros el kilo y a la tercera con chocolate ya me ha sonsacado todo para después usarlo en mi contra porque te miente, Ra, te oculta cosas. ¿Sabes que ha ido al médico sola? ¿Por qué no quiso que la acompañaras? No confía en ti. Eso es lo que pasa cuando te casas con alguien que no es tu igual. No está educada en la sinceridad, como tú. Eso es. Sabe que escondo algo y me invita a su casa para interrogarme. Pues no iré. A mí no me pilla. Está decidido.

Pero qué tonterías pienso, qué va a saber la pobre señora. Se me va la pinza, voy a tener que ir al psicólogo o algo. Qué fácil sería si me desahogara de una vez y hablara con Ramón y se lo contara todo. Así cuando vaya a ver a su madre no tendré nada que ocultar. Sí, se lo diré a los dos. Primero a él y luego a ella. Pero antes mejor trabajar y no rumiar tanto y pensar en otra cosa que no sea yo.

Esta lista no tiene orden ni concierto, aquí hay de todo. Hasta polis. Y un sudor frío la recorre mientras repasa los seudónimos con que Olvido bautizó a sus clientes. Ya sé quién es la «Madrina» pero… ¿y los demás? Y da un manotazo a la pantalla del ordenador y Fernando levanta los ojos del informe sobre la última guardia frente a la mansión de Vito y menea la cabeza como si pensara que mi trabajo me afecta demasiado, o quizá dos homicidios en la misma semana, que le vienen grandes, y aun encima con su ex pululando por aquí. Vaya culebrón, colega, seguro que comentan a la hora del café. Y mira a su alrededor para comprobar si alguien más se fija en ella y no, hacen como que van a lo suyo, pero yo sé que murmuran, que fichan hasta el más nimio comentario entre Carlos y yo. Están muy entretenidos apostando si aguantaré esta presión, pero se les va a joder la porra, vaya si se les va a joder. Si no me han podido los comentarios machistas ni los jefes cabrones, ni siquiera mi puta suegra, no me va a poder esto ahora. Soy más fuerte de lo que creen. Sólo necesito centrarme.

A ver, piensa, pongamos que organizo esto por categorías. Una para los familiares, otra para los oficios, otra mucho más sentimental y una última para los clasificados según su comportamiento. Tenemos en la primera a «Madrina», «Padrino», «Primo» y «Chico de los Recados», que no sé por qué pero parece ir con ellos; en la segunda categoría aparecerían «Gobernador», «Letrado», «Banquero», «Subsecretario Trepa», «Futbolista Merengue» o los «Alcaldes»; a continuación están «Músico Loco», «Viejo Enamorado» y los demás cargados de ternura y, para acabar, en la cuarta, los voyeurs y depravados varios.

Lo lógico, puesto que he empezado por la «Madrina», es seguir con la «familia» e ir llamándolos por grupos. Y dejar para el final a «Poli Bueno» y «Poli Malo». Sé que es absurdo, que debería localizarlos a ellos antes que nadie, pero necesito una tregua, no puedo enfrentarme todavía a estas llamadas después de lo que cantó el Culebra, y precisamente por eso me escondo en excusas antes de acabar con todo de una vez.

Sí. Me escondo en excusas, pero tampoco tengo por qué asumirlo hoy. Por eso decido empezar ahora mismito por el «Chico de los Recados».

Una señal. Dos señales. Tres…

El «Chico de los Recados», sea quien sea, no coge.

Voy a esperar a que salte el buzón de voz.

– ¿De quién es ese móvil que suena? -pregunta Fernando.

Cuatro señales. Cinco. Seis señales y sigue sin coger.

– ¿No oís un móvil? Yo oigo uno, pero no sé dónde -continúa vociferando.

Siete señales.

– ¡Chissssst! -masculla Clara intentando escuchar por encima del barullo-. No puedo oír nada con vosotros dando voces.

– ¡Pues que alguien coja ese puto móvil de una vez! -protesta Santi asomando la cabeza por la puerta de su despacho.

– ¡¡¡Vale, muy bien, gracias mil por la ayuda!!! -brama indignada, y cuelga su teléfono de un golpe.

Y en ese mismo instante el móvil sin dueño deja de sonar.

Fernando y Santi se miran sorprendidos. El primero habla.

– Pero ¿de quién era? -pregunta sin dirigirse a nadie en particular-. No es de ninguno de los nuestros. Nos sabemos de memoria las melodías de todos.

Nadie responde.

Santi se planta en medio de la sala, mira a Clara y, antes de que le diga nada, ella ya sabe qué debe hacer. Mientras marca los nueve números para llamar de nuevo al «Chico de los Recados», él indica a los compañeros que bajen la voz. La melodía de un móvil sin dueño vuelve a sonar con la banda sonora de Rocky .

Fernando olfatea en el aire como si pudiera oler los sonidos, mueve la cabeza como un perro de presa con gafas, primero a la derecha, después a la izquierda y, finalmente, se acerca al archivo. Junto a la pared, bajo una pila de carpetas con informes por examinar, al lado de un montón de periódicos atrasados, justo tras la caja de cartón que Clara trajo ayer del apartamento de Olvido y dejó de cualquier modo en el suelo, precisamente de ahí proviene la musiquilla. Se agacha y levanta cuidadoso la caja. Santi mira reprobador a Clara, y ésta encoge los hombros como una niña ante una reprimenda.

– Un día te vas a olvidar la cabeza en un rincón, luego la cubrirá la mierda que siempre dices que tirarás mañana y, al final, ni sabrás dónde la metiste.

– No empieces… -suplica compungida.

– Dejadlo ya -interviene Fernando-, ese rollo paterno-filial vuestro empieza a parecer incestuoso. ¿Alguien me va a decir de quién es este zapatófono? -es un móvil de los más baratos del mercado, de un amarillo chillón que duele a la vista pese a estar dentro de una bolsa de pruebas, enchufado a una toma de corriente a ras de suelo y olvidado, como la cabeza de Clara, debajo de periódicos y carpetas polvorientas.

– Clara, cuelga a ver qué pasa -ordena Santi.

Ella nota cómo, en el brevísimo intervalo que tarda en hacerlo, Fernando y Santi contienen la respiración. Y, en cuanto cuelga, Rocky deja de golpear.

– ¡La hostia! -exclama Fernando-. ¿De dónde lo has sacado?

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