– Ahora entiendo de qué la conocía mi cliente, seguramente lo fuera de ambos. Únicamente me comentó que trabajaba como relaciones públicas y que invertía en negocios de moda. Y por supuesto que le creí. Se veía perfecta en ese mundo. ¿Cómo falleció?
– Ahorcada en su apartamento. Un asiduo al que no pudo atender dio la voz de alarma.
– No la veo como suicida. Estaba llena de vida. Era única.
– Me maravillan sus apreciaciones. ¿Tanto la trató?
– Apenas unos meses -y regresa la dureza cortante, ese distanciamiento que asusta más que la coraza y la máscara-, fue una partición difícil, con fincas rústicas y una concentración parcelaria de por medio.
– ¿Podría contarme algo más sobre su caso, facilitarme referencias sobre su procedencia o la de sus parientes? Me serían de gran ayuda.
– En realidad no sé mucho más de lo que averiguará por sí misma en sus bases de datos. Ahora mismo no recuerdo el nombre de la testante, tendría que revisar mis archivos; en cuanto a su procedencia, creo que residía en Asturias, apenas puedo concretar más -pero después de una breve pausa, añade-: Lo cierto es que, aunque la traté poco, lamento profundamente este fallecimiento. Su elegancia y saber estar eran un don. Siento que una belleza como la suya se haya extinguido antes de tiempo. Y ahora, si me disculpa…
Sin embargo, antes de que se le ocurra colgar, Clara tiende un par de hilos para asegurar a la mosca, para que no aletee demasiado en su tela de araña, para que sepa que su campo de acción es limitado y la tejedora, cuando menos se lo espere, puede regresar.
– Gracias, me ha sido de gran ayuda, me gustaría seguir contando con usted por si surgiera algo más a lo largo de nuestra investigación.
– No veo la necesidad. Al fin y al cabo le he contado todo lo que recuerdo -reconoce ciertamente molesto.
– Por supuesto, lo que ocurre es que seguimos sin saber por qué el toxicómano muerto tenía su tarjeta también. Quizá más adelante haga memoria. Quisiera darle mi número de teléfono, estaré a su disposición a cualquier hora.
– Déselo a mi secretaria. Ahora me debo a mi trabajo. Ha sido un placer.
Y me condena de nuevo, a golpe de botón, al guan-tanamera, guajira guan-tanamera, guan-tanameeeeera hasta que la eficiente secretaria se hace corpórea como por ensalmo a través de las ondas sonoras y reclama más que solicita el dato. Se lo doy, a ver, y cuelgo con la sensación de haber pescado algo sin llegar a engancharlo del todo, pero no alcanzo a meditarlo demasiado porque la lista de alias a los que llamar es larga, la mañana corta y mi tiempo corre demasiado rápido como para permitirme perderlo aquí sentada. Por eso anoto lo esencial de la conversación en mi libreta de letras ilegibles y agarro de nuevo el auricular dispuesta a desentrañar el misterio que se oculta tras la única anotación de la lista de Olvido referente a una mujer, una tal «Madrina»:
– ¿Quién es? -demanda una voz de señorona al otro lado.
– Sí…, buenos días -me expreso dubitativa porque mi atolondramiento no me ha dejado planear qué decir ni cómo actuar-… Yo…
– No pasa nada, bonita, no te pongas nerviosa. Es la primera vez que llamas, ¿verdad? -menuda soltura la tiparraca. Pues nada, como dicen en el dentista, a relajarse y dejarse llevar manteniendo el rol de chica tonta y desamparada-. No te preocupes. Cálmate. Lo primero es saber tu nombre.
– Yo… Me llamo Serena -es lo único que me ha venido a la mente, y la culpa es del Marca que han dejado éstos abierto por la página del tenis con esa gacela impresionante en pleno revés desaforado.
– Qué nombre más bonito, ¿te lo has buscado tú? -mi mente sugiere un cortante «¡Pues claro!», pero dado que me trata como a una adolescente con pocas luces, y ya que estamos en situación, mejor seguirle la bola para intentar desenredar esta madeja de desinformación. Y como no respondo, continúa-. Pues mira, nena, es precioso, pero no puedes llamarte por el verdadero. Tienes que tener un nombre de guerra. ¿Comprendes, cariño? Si quieres, podemos buscar uno entre las dos.
– ¡Vale! -casi grito aliviada dejándome ir de su mano.
– El mío es Alejandra. Si te fijas, es el más de moda ahora entre la jet, me parece finísimo, todos los famosos les ponen así a sus hijos, Terelu, Bertín… A ti tendríamos que buscarte uno que fuera acorde con tu físico, pero como tengo la ficha sin rellenar y aún no te conozco, si te parece dejamos lo del nombre para el final y me respondes a lo demás. ¿Sí?
– Claro, lo que tú quieras.
– Bueno. Imagino que si me has llamado es porque ya debes de saber más o menos cómo va esto, pero de todos modos si hay algo que no entiendas me lo dices, ¿ok?: ¿cuántos años tienes?
– Dieciocho -digo intentando aniñar mi voz.
– Fenomenal. ¿Los aparentas? ¿Cuánto mides?
– Uno setenta y cinco. Sobre lo otro, todos me dicen que parezco más joven.
– Genial, ¿y tu peso?, ¿sabes tus medidas?
– Cincuenta y tres -pongamos que además de tonta soy anoréxica-. Y mi talla de sujetador es la ochenta. ¿Sirve?
– Eres un poquito plana, pero no pasa nada, si al final decidimos que nos convienes eso se puede arreglar. ¿Vives en Madrid?
– Comparto piso con dos compañeras. Mi familia está en Mallorca.
– No te preocupes si estás sola, nosotros somos como una gran familia -y la muy zorra adopta la pose comprensiva de un hada madrina y, por fin, comprendo el mote con que la había bautizado Olvido, y admiro su agudo, su terrible sentido del humor y agradezco al cielo esta voz de niña boba que siempre he aborrecido y que hoy, albricias, me está sirviendo para algo.
– Gracias -acierto a balbucear, y queda como que es timidez o apocamiento, aunque realmente es mi rabia contenida con ganas de blasfemar.
– Bueno, pues ahora que ya nos conocemos, te cuento: lo primero es que te pases por aquí para que hagamos unas fotos, ya sabes, para el book. Tú no te preocupes, trabajamos con un profesional que ha fotografiado a las mejores: Claudia, Naomi, Martina… Después veremos qué te falta y qué te sobra, y si es necesario te cambiamos la imagen o te asesoramos con el maquillaje y el peinado. Verás, esto funciona igual que esos programas de televisión que convierten a los patitos feos en cisnes, sólo que tú no eres un patito feo, estoy segura de que eres preciosa, si no, no habrías conseguido mi número. De lo que se trata es de sacarte partido, de hacerte más sexy y descubrir tu lado más sensual. ¿No quieres ser sensual? -curiosea, tal vez porque me nota demasiado callada, porque no he hecho ni una sola pregunta. A lo mejor estoy quedando demasiado apocada. En todo caso, prefiero seguir así a pasarme de desenvuelta, no vaya a ser que la cague precisamente ahora que voy sobre ruedas.
– Sí, pero… igual no me sale.
– No te angusties, bonita. Es cuestión de práctica, como actuar. Todas las que me llaman quieren ser actrices o modelos. ¿Tú qué quieres ser?
– Pintora. Es que estudio Bellas Artes -invento sobre la marcha.
– ¿Pintora? -y noto su perspicacia que se dispara como un termómetro hiperalterable ante mis palabras-. ¿Y por qué te interesa esto si no quieres dedicarte al espectáculo? ¿No andarás metida en drogas? Mira, niña, nosotros no trabajamos con drogadictas, son unas histéricas que se lo funden todo y descuidan su apariencia, ¿comprendes? Por eso os hacemos análisis cada tres meses, y como no estés limpia no es que te echemos, es que no vuelves a trabajar en esto en la puta vida. Aquí somos muy serios, te lo advierto.
– ¡No! Yo sólo… -me apresuro a negarlo, y es tanto y tan verdadero mi nerviosismo por continuar la conversación que cuela.
– Entonces qué, ¿estás enferma?, ¿tu novio está metido en deudas?, ¿mantienes a alguien? Tampoco queremos a chicas paridas, ya te aviso, y si te quedas preñada te abortamos. Luego nada de llantos y decir que no lo sabías.
Читать дальше