– A mí también -se empecina ella sosteniendo su mirada-. «Casa» para llamar a la lista de clientes de Olvido o «campo» para investigar sus cuentas.
– Campo -elige finalmente París-. No me veo telefoneando a puteros.
– Entonces toma -Clara le extiende una carpeta repleta de documentos-, ahí van los datos que necesitas: números de las libretas de bancos y cajas, claves, fechas de apertura… Céntrate en los movimientos de los últimos meses.
– La leche -protesta tras ojear un listado-. ¿Era banquera o qué?, ¿en cuántos sitios tenía esta tía cuentas abiertas?
– Yo también me he fijado. O era excepcional en lo suyo o tenía negocios ocultos. Y pudiendo ganarse la vida de otro modo, ¿para qué seguir ejerciendo?
– Vaya mierda -París hace un gesto de fastidio-. Voy a perder toda la mañana con esto.
– Anímate, yo estaré haciéndome pasar por puta -y, viendo sus intenciones, añade-: Mejor no hables.
Nada más desaparecer París con su estela de improperios y malos humos tras de sí, suena el teléfono de Clara.
– Soy yo, Ramón.
– ¿Tienes algo más que contarme sobre Butragueño?
– Ni me he acordado de ese gilipollas. Es mi madre, quiere verte.
– ¿Tu madre? ¿Verme a mí? ¿Qué le he hecho?
– Y yo qué sé. Estaba reunido y le ha dejado el recado a Leti.
– Qué querrá… Si tiene algún embolado, lo propio es que te llame a ti.
– A saber, historias de mujeres, la nostalgia de la hija que nunca tuvo, problemas del climaterio, cualquier cosa.
– Te recuerdo que tiene otro hijo que es médico y gay, no creo que vaya a encontrar a nadie más comprensivo que él para comentar su menopausia.
– Huy, qué sarcástica. Pero no tengo ni idea de por qué pregunta por ti. ¿Qué hago?, ¿te molestaría que le diese tu número de móvil para que te llame?
– Sí, me molestaría, pero la curiosidad que me corroe me molesta más.
– Eres mala. Muy mala.
– Ahí está mi gracia.
– No te entretengo más. Abrígate.
– Y tú.
*
– Buenos días -proclama al otro lado del hilo una fría voz de mujer con el convencimiento implícito de que los días, sólo porque lo diga ella, serán buenos-. ¿Qué desea?
– Quisiera hablar con el señor Roberto Butragueño, por favor.
– Lo siento, en estos momentos no se encuentra -responde la misma voz nasal sin pararse a pensar en la ausencia de significado de ese «no se encuentra». Porque a ver, ¿qué coño quiere decir?, ¿que el señor Roberto Butragueño no se encuentra bien?, ¿qué no se encuentra las pelotas?, ¿que no se encuentra en el mundo de los vivos? Con razón las odio. Las secretarias son una raza aparte, habría que exterminar a la mayoría-, ¿desea dejar un recado?
– Dígale que ha llamado la subinspectora de Policía Clara Deza.
– Un momento, por favor. No cuelgue.
De nuevo la voz, cada vez más metálica, cada vez más impersonal, y me quedo con la duda de si realmente ha escuchado mi respuesta, se la pasa por el forro o es un robot con réplicas aleatorias. El caso es que me enchufa a un limbo acústico en el que debo esperar mientras chirría en mis tímpanos un guan-tanamera guajira guan-tanamera a golpe de xilofón que con cada acorde altera un poco más mis nervios. Y esto sólo acaba de empezar.
– ¿Sí? ¿Diga? -pregunta una voz masculina bien timbrada, templada pero potente, una voz de colegio de pago, de universidad privada.
– ¿Hablo con el señor Roberto Butragueño? -inquiero.
– Soy yo. ¿En qué puedo atenderla, subinspectora? -me retracto, esto sí que es una secretaria eficiente y no la inútil de Ramón.
– Verá, me he topado con su tarjeta en el transcurso de dos investigaciones diferentes y me he creído en la obligación de hacérselo saber.
– Se lo agradezco, pero no es tan raro que en ciertos círculos oiga mi nombre más de una vez. Recuerde que soy abogado.
– Tengo entendido que su especialidad son las Sucesiones.
– En efecto, aunque mi bufete también lleva algún que otro asunto de clientes selectos -afirma con un cierto engolamiento.
– Sin embargo mis casos tienen más que ver con lo Penal. Son dos homicidios, señor Butragueño.
– En fin, depende de cómo lo mire, no olvide que gracias a los muertos existen los testamentos -y el cabrón casi parece reírse de su propia gracia.
– Dudo que éstos lo hayan hecho. Se trata de un toxicómano y una prostituta. Me pregunto por qué tendrían un yonqui y una puta su tarjeta.
– No sé cómo han podido llegar a manos de tales elementos, no me relaciono con ese tipo de chusma -contesta con suma frialdad-. Sólo se me ocurre que el primero robara alguna cartera por ahí y viniera dentro, y la segunda la hubiera conseguido de algún cliente distinguido.
– Lo que me sorprende es que todavía no me haya preguntado sus nombres, señor Butragueño. ¿No le interesa saberlos?
– La verdad, y siento ser tan directo: no.
– Él se llamaba Enrique Blasco. ¿Le suena de algo? -insiste cada vez más terca, más fría, más dura, más encabronada.
– Para nada -declara con certeza absoluta, y no tarda ni un segundo en pensarlo, ni una milésima en dudar-. ¿Debería?
– No especialmente -sería del todo inadmisible, señor letrado, ¿acaso se mezcla usted con la calaña, acaso baja a los poblados chabolistas a por coca para el fin de semana?-. ¿Y a ella? Tal vez a la prostituta sí la conociera.
– ¿Por quién me toma, subinspectora? -y se carcajea sin disimulo, con recochineo, con un punto de cinismo que disfruta mostrando porque él, no cabe duda, es un hombre de mundo-. No querrá obligarme a confesar que necesito pagar para adquirir esa clase de servicios si bien debo reconocer que, en algún momento dado, no hay nada como una profesional.
– No es mi intención ofenderle, y le ruego me disculpe si me he expresado mal, pero es mi deber preguntárselo. ¿Conocía usted a Olvido Ugalde?
Al otro lado del aparato responde el silencio. Clara espera sabiendo de la impresión, la lividez, la boca seca, el sollozo que sube por la garganta como un vómito, la mano que tiembla y la sensación de la tierra que cede bajo los pies hasta que por fin se recobra el aliento y el vivo que conocía a quien ha perecido, aunque fuera muy poco, aunque sólo se cruzaran esporádicamente en el portal o coincidieran en la cola de la panadería, reacciona.
– Sí. La conocía -y a ella le extraña esa rotundidad nueva, esa ausencia de careta, esa voz como salida de dentro, como si fuera la suya, la auténtica, la del que ha dado gracias por estar sentado porque así no tendría que hacer el esfuerzo sobrehumano de mantenerse de pie nada más comprender que alguien a quien conocía, porque la conocía, él mismo lo ha dicho, ha muerto.
– ¿Puedo preguntarle de qué? -e intenta ser un poco dulce, pero que no se note mucho, sólo un poco ahora que él es él y no tanto un abogado cabrón.
– Claro que puede -y sabe por su voz que él se sonríe, muy quedo, un amago de risa amarga y rasposa para recordar que aún no ha perdido esa capacidad-, es su trabajo, preguntar hasta reventar. Y no -la frena-, no se disculpe por ser como es. Yo soy un hijo de puta carroñero, saco tajada de los desechos de los demás, me forro gracias a sus trapos sucios y tampoco pido perdón. ¿Quiere saber de qué la conocía? -y toma aire antes de confesar-. Era clienta mía. Su madre falleció y yo llevé el reparto de su herencia. No tuve el placer de tratarla fuera del despacho, si es lo que desea saber. Un conocido de ambos nos puso en contacto, entenderá que no pueda darle su nombre. Ella me pareció una mujer excepcional, con mucha clase. ¿Dice que era prostituta?
– De las buenas, una «profesional» como usted ha mencionado. ¿No lo sabía?
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