Mercedes Castro - Y punto

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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– Es del Culebra. Lo encontré en su chabola con la batería casi agotada y, como no sabía el PIN, lo enchufé aquí para que se recargara, no fuera a apagarse y perdiésemos todos sus datos antes de enviarlo a Huellas.

– La pregunta del millón no es de quién es el móvil -interviene Santi-, sino a qué número llamabas.

Y aquí es donde yo cojo aire y busco una cara seria, hasta trémula, para aguantar la risa y las ganas de levantarme y bailotear alrededor de la mesa alborozada, para no colgarme de su cuello como una tonta contenta y no plantarle un beso en los morros a un Fernando a quien, posiblemente, nunca hayan besado, para no ponerme a dar palmas como si estuviera en el circo y la musiquilla de Rocky anunciara a los payasos. Porque acabo de descubrir, yo solita, que el Culebra es el «Chico de los Recados», porque su muerte y la de Olvido no pueden ser casuales ni accidentales. Porque las dos están conectadas.

Sin embargo me contengo como puedo y sólo se me escapa una poca de sonrisa, un atisbo de orgullo de empollona a la que le preguntan por el tema que mejor se sabe cuando declaro sobriamente.

– A uno de los números de la lista del teléfono de Olvido. La puta -les aclaro, porque para ellos no tiene otro nombre, o al menos no tan sonoro.

– ¡La hostia! -vuelve a exclamar Fernando.

Pero antes de que Santi me dé una palmada en la espalda o me diga, simplemente, que todo es casualidad y esto tampoco quiere decir nada, un rapto de inspiración hace que Clara se gire en su asiento, le arrebate a Fernando el móvil plastificado y aún enchufado y busque frenética algo en su menú.

– ¿Qué haces? -le pregunta.

– Busco su última llamada.

– Acabamos de hacerla nosotros, listilla.

– Vale, idiota, pues la antepenúltima… Ésta -y le muestra un número de teléfono-. Se hizo la tarde del lunes y el martes amaneció muerto en su chabola.

– Tú tienes la lista de la puta -aclara Santi-. Mira a ver si coincide con algún número.

– Tendría que compararlos uno a uno, y son muchos.

– ¿Y no es más fácil comprobarlo llamando? -pregunta Fernando con la mayor simpleza.

Los tres se miran entre sí.

– Vale -acepta Clara-, pero ¿desde qué teléfono llamamos? Si lo hacemos desde el móvil del Culebra y la otra persona sabe que ha muerto, la hemos cagado. Y si llamamos desde aquí y no reconoce el número, lo mismo no coge.

– No le des tantas vueltas -propone Santi-, primero desde el fijo y, si no hay suerte, probamos desde el móvil.

– Ya, pero…

– Llama de una puta vez, coño, que me voy a hacer viejo.

Esta vez no tengo que pedir silencio, todos bajan la voz conscientes de que algo pasa al ver a Santi y a Fernando de pie junto a mí en tensión. Con el auricular en mi oreja y la mano marcando un número que, a fuerza de mirar, casi he conseguido aprender de memoria en estos escasos minutos, sé que soy el centro de atención. Estoy en mi momento de gracia. Y voy a disfrutarlo.

Sólo que la realidad, cruel, desalmada, se empeña en chafarme el plan. Al otro lado nadie responde y ya van cuatro tonos, cinco, seis, siete. Les miro desalentada, con la decepción marcando mi rostro de ilusa abochornada que por un momento creyó lograr un poco de camaradería, algo de respeto si se tercia, sentirse libre del desdén. Ellos van a arrancarse a decir cualquier cosa, a reprenderme o a darme palmaditas en el hombro, pero ahora de consuelo, cuando de pronto se interrumpen los pitidos y se oye una voz femenina dulce y cálida en un contestador. Le doy al botón de manos libres para que todos puedan escucharla:

Estás llamando a Olvido .

Y un impulso me lleva a decir hola, soy Clara, quisiera hablar contigo, hasta que recuerdo que no va a poder responderme nunca más, que ya no está.

Ahora no estoy en casa o quizá, quién sabe, sí estoy pero no puedo atenderte. Tú sabes que soy una mujer muy ocupada… .

Y se ríe y a mí se me congela la sangre, se me para el aliento, se me rebela el pulso porque estoy oyendo la risa cascabelera, alegre, jovial, de una muerta.

Déjame tu mensaje y te prometo que, si te portas bien, te llamaré luego .

No lo hago, me quedo un rato callada y miro a mis compañeros. Santi sonríe orgulloso de mí, Fernando me aprieta un brazo, supongo que como inusual muestra de felicitación. Extrañamente, ninguno habla. Dejo que transcurran unos instantes en silencio hasta que el contestador empieza a emitir una señal que, imagino, significa que el tiempo se me acaba. Como si no lo supiera. Pero no tengo nada que decir. Y cuelgo.

A partir de aquí deberían precipitarse los acontecimientos, lo lógico es que todos nos pusiéramos a dar voces, a adelantar conclusiones y congratularnos emocionados. Pero qué digo, esto no es una serie de televisión yanqui, aquí no chocamos las cinco y yo no voy con tacones de aguja tras los cacos. Ahora, en vez de alharacas, mi deber es serenarme, seguir con la lista, llamar a «Padrino» y a «Primo» y no dejarme llevar por la emoción. Porque para qué hacerlo si, además, inmediatamente vuelve a sonar el teléfono de mi mesa.

– ¿Diga? -pregunto sobresaltada.

– Soy Lola. Tengo los análisis toxicológicos del Culebra: o quería matarse o se lo han cargado. La cantidad de droga que había en su cuerpo tumbaría a un elefante. Ese chute era mortal de necesidad, y además de una pureza extrema. Un yonqui como él tenía que saberlo. Uno no se mete eso por error.

– Vaya… -musito con desgana.

– ¿Vaya? ¿Cómo que «vaya»?, ¿no andabas como loca buscando pruebas? ¿No querías demostrar a toda costa que esa muerte no era accidental?

Qué le digo. Que llega tarde, que esperaba noticias suyas como agua de mayo para sustentar el caso y éstas ya han llegado, que sé que las dos muertes están conectadas y ahora tendré vía libre para continuar y sí, sus datos nos sirven, pero no son tan esenciales, tan cruciales como ayer…

– Tienes razón, soy una impresentable. Te quedas currando hasta las tantas por mí y yo ni te lo agradezco. Eres una buena amiga y vales tu peso en oro.

– Tampoco es para ponerse así -miente, noto cómo su voz se esponja inflada por la falsa modestia-, sólo hago mi trabajo. Además, queda una barbaridad de pruebas por contrastar y están también los análisis de la mujer, no lo olvides. Pero bueno, esto ya es algo, ¿no? Al menos ahora sabes que no puede existir ninguna otra razón para ese chute más que el suicidio o el asesinato.

– Y por la marca de un arma en su sien, va a ser que lo primero no.

– Sí, es otro factor a tener en cuenta -y por cómo lo dice juraría que le remuerde la conciencia por el desplante que me hizo el otro día. Digamos que hoy me siento generosa, dejaré correr los malos rollos.

– Sé que puedo contar contigo -la adulo.

– No hasta el martes. Me debían unos días y libro el lunes.

– Qué envidia.

– Aun así tienes el fin de semana por delante. Disfrútalo, te lo mereces.

– Ojalá. A ver si consigo dormir la noche entera.

XII

Los domingos por la mañana son los días que más me gustan, momentos en los que el tiempo parece detenerse en la cama, demasiado tarde cuando me despierto como para no ver que la luz se filtra por la persiana. Y es que, a diferencia del resto de la semana, no es de noche cuando amanezco. Los domingos por la mañana son días de guardar entre las sábanas, de respetar el descanso sagrado y secular, de bendecir el sol que nos alumbra cuando, tirados en un banco frente al kiosco, empezamos a hojear el periódico y aprovechamos esos rayos de luz aún calientes que sabemos que no volverán hasta dentro de un tiempo, con el invierno atrás por fin y la promesa del verano tentándonos desde lejos. Luego mezclaremos el sabor del café tardío con el del vermú y pasearemos tranquilamente, y yo regaré las plantas y nos tragaremos cualquier comedia romántica que echen después de comer, y a media tarde me levantaré perezosa del sofá a recoger la ropa que tendí ayer y la doblaré con calma y decidiré a última hora que no la plancharé y mañana, lunes, iré a trabajar con la camisa arrugada y esa sensación de culpa que, en el fondo, no deja de ser deliciosa, porque todo el desorden y el caos obedecen, sencillamente, a un solo motivo: el placer de no hacer nada.

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