– ¿Seguro que todo estaba exactamente igual? -cuestiona París escéptico.
– Seguro -responde con certeza aplastante y se diría que con desdén-. ¿Puedo continuar? -pregunta dirigiéndose sólo a mí, como si mi compañero, aun sin conocerle, ya le cayera fatal o imaginase que yo ostento mayor rango. Como le hago un gesto afirmativo, prosigue-. Lógicamente, aquello me extrañó muchísimo. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue que el hombre tenía un estreñimiento bestial, pero vaya soberana tontería, por qué quedarse una hora en el aseo repugnante del garaje, sin ventilación y bajo la luz dañina de esos neones que queman la retina, cuando seguro que tendrá en su casa un baño con hidromasaje y grifería de oro. No, debe de pasarle algo, quizá se encuentre mal, pensé. Y en fin, ya les he dicho que tengo un sexto sentido para meterme en problemas, así que, arriesgándome a parecer indiscreto y recibir una retahíla de improperios, le pregunté ¿se encuentra usted bien?, y al no obtener por respuesta más que esa mirada estupefacta, decidí entrar. En buena hora, porque tras empujar con todas mis fuerzas la dichosa puerta, comprendí al instante que la cosa era todavía peor, y es que lo que la mantenía atrancada haciendo palanca era una escopeta enorme tirada en el suelo. Mi única reacción, en lugar de salir corriendo, fue exigirle que me explicara por qué llevaba tanto tiempo en un lugar tan repugnante con un arma a sus pies. ¿Qué coño le pasa?, le grité, ¿no me oye? ¡Le he preguntado si se encuentra bien!, pero continuaba mirándome impasible, reclinado hacia atrás, con la boca fruncida en una especie de sonrisa macabra que a mí me pareció el colmo de la burla. Se me ocurrió que podría haber sufrido un infarto al hacer sus necesidades, no sería el primer caso, a otro de mis vecinos, un señor de setenta y pico años, le pasó exactamente lo mismo, el esfuerzo le provocó un ataque cardiaco y allí se quedó, en el sitio, o mejor dicho en el váter, y luego un servidor y el portero tuvimos que tirar la puerta abajo, ante los gritos desesperados de su esposa, para darnos de bruces con el fiambre y un olor a mierda que tiraba para atrás, en definitiva, un cristo. Pero esta vez era distinto, porque reparé en que el calvo tenía los pantalones subidos y abrochados, así que nada de infartos, aquello era otra historia y lo asumí nada más tocar su mano, gélida y rígida como un témpano, y ver cómo el cuerpo se desequilibraba, se venía hacia delante, su cara siniestra contra la mía revelándome, al caer a plomo sobre mí, la parte posterior de su cráneo que, sencillamente, se había volatilizado.
Se interrumpe no como si le faltara aire o le fallara la voz -es demasiado sereno para eso-, más bien como si necesitara ordenar sus ideas para pasar de relatar simples hechos a revelar sentimientos, esos que inevitablemente, por más fríos y equilibrados que seamos, nos asaltan ante la presencia abrupta de la muerte. A unos les da por golpear paredes, otros se adormilan como quien detiene el tiempo y necesita embarcarse en un sueño reparador para despertar después y comprobar la mentira de todo. Algunos incluso parecen contentos, es el alivio de los que sufren más por lo que temían que por lo que tienen delante y que, ahora que saben qué ha sucedido con el familiar que desapareció, se alivian porque, tras velarlo y enterrarlo, podrán seguir con su vida sin interrupciones ni más sustos, ni más incertidumbre ni más ansiedad. El testigo, por el contrario, lo que necesita para hacer frente al recuerdo de hallar a un cadáver con el cráneo reventado es pasear, dar algunas vueltas alrededor de sí mismo, situarse y después, con las manos en los bolsillos y los hombros hundidos, respirar hondo:
– Entonces lo percibí todo de golpe con una nueva visión que me revelaba detalles en los que antes no había reparado, con una nitidez que hacía tanto o más daño que la luz de los neones: sus ojos redondos, tan grandes, que relucían con reflejos vítreos de cristal reseco, estaban demasiado abiertos como para que alguien pudiera mantenerlos así sin parpadear, la sonrisa sardónica no era un gesto de burla sino la mueca de alguien que se ha metido un cañón en la boca y tuvo arrestos para disparar y la mugre de los azulejos, ese mar de suciedad, no era más que sangre seca y sesos desparramados. Incluso revoloteaban algunas moscas que, iluso de mí, no iban precisamente en busca de excrementos.
– ¿Y qué hizo? ¿Es suyo ese vómito? -pregunta París.
Él le mira y responde levemente exaltado, con un temblor sordo vibrando como una campana en su voz:
– ¿Usted por quién me toma, por alguien que vomita por las esquinas? Pues no, señor, no es mío, yo más bien me cagué en todo, porque menuda racha llevo, parece que tengo un imán, no paro de encontrarme muertos a todas horas. Hace un par de días fui al videoclub y el dependiente, que es amigo mío, y yo vemos a una anciana que pasa por la calle y que se apoya en el escaparate y se queda como traspuesta. Ya íbamos a preguntarle si le pasaba algo cuando comienza a escurrirse lentamente, poco a poco, y acaba tirada en el suelo. Se quedó pajarito, decía mi colega, se quedó pajarito. Tuvimos que esperar cuatro horas hasta que llegó el juez a ordenar el levantamiento, declarar y todo el rollo. Y hoy me vuelve a pasar lo mismo. Para vomitar estoy yo, sí, lo que estoy es hasta los cojones, no sé qué le pasa a la gente, ¿es que no pueden morirse en sus camas o en los hospitales como dios manda? -y como Clara y París se callan y le observan con cara de qué le digo yo a éste si vaya gafe que tiene, dos cadáveres en menos de una semana, es como para salir en El Caso , no le queda más remedio que continuar describiendo su reacción-. En cuanto a hoy, poco podía hacer. Primero pensé en coger el móvil para llamar a la Policía, pero luego caí en que tal vez sería mejor informar a los vigilantes para que estuvieran enterados, porque si no menudo follón se iba a montar en cuanto éstos, adormilados en su pecera, vieran aparecer en tropel a la madera rampa abajo. No se ofendan -matiza-, no va por ustedes. De modo que me marché del aseo sin tocar nada, cerré la puerta, no fuera que entrase otro aún más pringado que yo y se encontrara el pastel, y me dirigí hacia la caseta, pero los vigilantes habituales no estaban. Resulta que, como hoy es festivo, le han dejado el turno al más tonto de los tontos, a un chaval que trabaja por horas por cuatro perras y que sí, mucha voluntad y mucho sacrificio, pero no tiene ni idea de cómo funciona esto y, si me apuran, casi ninguna otra cosa. El chico se quedó de piedra cuando le conté lo ocurrido y, yo creo que más por miedo a lo que se le avecinaba que por mi actitud, me contestó que antes de llamar a nadie quería asegurarse por sí mismo de que no le estaba tomando el pelo. Así que no me quedó otra que guiarle hasta aquí. Y bien que le avisé de que lo que iba a ver era fuerte pero, como se emperró con que estaba de broma, entró tan alegremente hasta el retrete y… a la vista está, pude impedirle que tocara nada, pero no que echara el desayuno y hasta la primera papilla ahí al lado. Cuando por fin logré que se calmara, y poco me faltó para arrearle, que buena falta le hacía, le convencí de que ahora sí, y de una maldita vez, llamara a la Policía. Al cabo de sus buenos tres cuartos de hora aparecieron dos pringados casi tan jóvenes como el vigilante. Estaban de guardia, dijeron, pero yo creo que era la segunda vez en su vida que se ponían el uniforme. No vomitaron, pero a punto estuvieron, salieron pitando a tomar aire y, cuando regresaron, me pidieron que esperara a los de Homicidios, que esto les venía grande. De eso hace dos horas y aquí estamos: los que buscan huellas revoloteando alrededor del cadáver igualito que las moscas; los tres niñatos charlando juntos y diciéndose unos a otros lo machitos que son y yo cansado de esperar y con ganas de volver a mi casa de una puñetera vez.
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