Mercedes Castro - Y punto

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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Éste se limita a desviar la mirada con desdén y responderle.

– Usted sabrá, parece que se pasa la vida en este garaje.

Para que la cadena de agravios no vaya a más, para que no se hablen en un tono cada vez más alto, desvío la atención con una nueva pregunta antes de que uno se olvide de las normas más elementales, el otro se quite las gafas, y ambos se líen a guantazos.

– Por lo que dice, parece que conoce también a su familia.

– Sólo de vista. Sé que hay varias niñas pequeñas además del hijo mayor, un estirado con traje de marca y maletín de piel que se va a comer el mundo. El típico producto salido de una escuela de negocios listo para triunfar. Ya sabe, de esos que te miran mal porque no sabes diferenciar una OPA amistosa de una hostil y que lo mismo te estrujan el corazón que te humillan en el campo de golf sin permitir que se les arrugue la raya del pantalón. O eso, o le gusta disfrazarse de Mario Conde. Parece un yuppie desfasado, siempre impecable, engominado hasta las cejas y con el móvil grapado en la oreja gritando: «¡Compra, compra!». Me recuerda a Patrick Bateman con veinte años de retraso. El de American Psycho -le aclara a París al ver su gesto de ignorancia absoluta-, ya sabe, la novela… Déjelo. Son como una raza aparte que se resiste a extinguirse. Supongo que nos despreciamos mutuamente, yo a él porque me recuerda a los peores especímenes de la época del pelotazo, y él a mí porque pensará que soy un cultureta que no debería vivir en esta urbanización tan selecta. Me encantaría explicarle que los culturetas también tenemos derecho a heredar pisos en barrios residenciales, pero no creo que lo comprendiera. Y es que para alguien que aspira a ser proclamado el Empresario Más Prometedor del Año, por mi profesión yo debo de parecerle un desclasado.

– ¿Y qué nos puede decir de la viuda? ¿La conoce?

– Una rubia explosiva operada de la cabeza a los pies. Es mucho más joven que su marido, así que no es difícil deducir que el hijo mayor será de un primer matrimonio de él, y es que casi podrían ser hermanos. Alguna noche he coincidido con el difunto y la barbie aquí abajo, siempre volviendo de compromisos sociales o fiestas de la jet. Casi nunca hablaban entre ellos. Daba la impresión de que ella sólo salía para exhibirse y él se dejaba llevar tenso, como si le apretaran los zapatos.

– ¿Y el hijo?, ¿qué tal se llevaba con la madrastra? -pregunta París, no tan despistado como se suponía.

– Pues ahí no llego, pero juntos no se les veía.

– Los pinta de lo más atrayente. ¿Y cómo se llama el chaval?

– Esteban. Esteban Olegar -responde alguien a nuestras espaldas como un burdo imitador de Bond, James Bond.

Los tres damos un respingo como ladrones pillados repartiéndose el botín, como tres viejas cotillas que descubren que el sujeto de sus maledicencias lleva un buen rato a su lado escuchando, como tres ratones que se comen el queso sin percatarse de que el gato los ha descubierto. Y allí está él, el ambicioso de la clase, el Empresario Más Prometedor, el dueño de un futuro de brillo nuclear, vestido de diseño en una mañana de domingo con toda la apostura y el donaire que sólo alguien tan convencido de su valía es capaz de aparentar.

Lo peor de todo -más que la vergüenza, las orejas rojas y el bochorno- es que es guapo el condenado. Muy guapo. Pelo negro, cejas negras, ojos negros, hoyuelo en la barbilla y unos labios carnosos, jugosos, ahora mismo fruncidos en una mueca de disgusto que le pone cara de reyezuelo cruel. Un amorcillo moreno de mejillas sonrosadas y cara de ángel, con un lunar sobre el labio y unas pestañas densas, espesas, que aletean como mariposas por debajo de ese pelo de sueño recién duchado porque éste es un día festivo, sin secretarias a las que epatar ni subordinados a los que acogotar. No sé cuántos años tendrá, pero está claro que quiere aparentar cuarenta cuando debe de estar más cerca de cumplir los treinta. Con todo, no soy tan incauta como para no vislumbrar que esa pose que parece empeñado en mostrar, un saber estar, una calma, una sangre fría de avezado hombre de negocios acostumbrado a manejar trillones sin que le tiemble el pulso ahora, con su padre reventado a menos de dos metros, se le escapa de las manos. Hoy soy yo la que juega con ventaja porque sé, a pesar de mis vaqueros gastados, de mi chaqueta de cuero vieja y de mi escaso dominio de las finanzas, que esto es real, la vida misma con su carga de dolor y pena, no números ni balances en un dossier de prensa, no abstractos conceptos más allá de la vida y la muerte. Es más, cuando le miro pretendo demostrarle que no me engaña su disfraz, que no me camela su altivez ni su frialdad y que, además, lo he pillado, precisamente en este mismo instante, mirándome el escote.

– Le estábamos esperando -se adelanta París procediendo a efectuar una genuflexión preñada de pompa ridícula y boato de mercado-. Soy el subinspector Carlos París. Lamentamos profundamente la pérdida de su padre y no quisiéramos importunarle en estos momentos tan difíciles para su familia, pero debemos hacerle algunas preguntas.

– ¿Entonces a mí ya no me necesitan? -es nuestro corrector de estilo, que aprovecha para escaquearse sin estilo.

– Puede irse, pero me gustaría que estuviera localizable -respondo haciéndome cargo de él mientras París le propone al huerfanito un lugar donde hablar con más comodidad-. Nos ha sido muy útil. Gracias por todo -y en un gesto espontáneo le planto un beso en cada mejilla. Se sorprende, lo noto, seguro que jamás ningún policía se ha despedido de él así (a menos que su padre lo fuera, claro). Sonríe como si hubiera acertado tres en la Primitiva, un premio pequeño pero premio al fin y al cabo, y se aleja sorteando despacio a los especialistas de balística atareados, a los periodistas de sucesos que disimuladamente se saltan las barreras creyendo que no nos damos cuenta, a los inevitables vecinos cotillas que comienzan a dejarse ver.

Cuando llega a la rampa de salida se gira y me dice adiós con la mano como si yo fuera una miss en un concurso de belleza, vaya comparación, pienso, y también agito la mía como la bella más bella de toda Venezuela. Quién sabe qué secretos mecanismos hacen que coincida, una vez de cada seis o siete mil, la química entre dos personas. Quién sabe si me lo volveré a encontrar y en qué contexto. Ahora que caigo, no sé ni su nombre. Seguro que los agentes lo tienen anotado. Claro que no es lo mismo saberlo que oírselo decir. Definitivamente, no es lo mismo.

Yo me debo ahora al chico moreno que, macilento en la oficina acristalada de los vigilantes, bajo la luz pálida, cutre y amarilla de un neón que oscila por las ráfagas de viento caliente que se clavan como cuchillos, en un sillón ajado con la gomaespuma brotando como hongos de sus brazos rajados y ante un calendario con una jaca que ofrece sugerente sus pechos turgentes, aguarda a que entre para interrogarle sobre su padre, que se metió en un váter con una escopeta y la asentó entre sus piernas. Su padre, que apretó el gatillo en el garaje donde dormitan sus Jaguares ahora faltos de domador. Su padre, que rumia su sueño por fin sereno en un ataúd de azulejos donde esparció su cerebro.

– No sé por qué han tenido que hablar antes con el del quinto C. Es un cretino que se cree muy listo, pero no es más que un…, un…

– ¿Corrector? -apostilla Clara mientras comprueba que no se puede sentar porque sólo hay dos sillas y ninguno parece dispuesto a ofrecerle la suya, al final tendré que quedarme de pie cual secretaria, tomando notas en mi libretita como esa asistente que siempre ha deseado París, alguien dócil que no le haga sombra y le deje llevar el peso de la conversación mientras se hace el duro y suelta esas frases rimbombantes que ensaya cada noche ante el espejo o con Reme, que para el caso es lo mismo. Y es que se debe a su público: cincuentonas, jefes y niñas monas susceptibles a los halagos y cucamonas-. Él halló el cuerpo -añade con dureza porque a esta gente, por muy penosos que sean los hechos, hay que dejarles bien claro desde un principio quién manda, que están acostumbrados a ordenar desde que nacen, que siempre han tenido nannies y doncellas sobre las que disponer, que sus antepasados llevan trescientos años sin pasar hambre y no respetan a nadie que crean inferior y no hay lástima que valga ni pesares ni dolor mientras tenga un muerto pudriéndose en un garaje y no le encuentre solución.

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