– Sí, las hay.
– ¿Son suyas? -disparo.
– Por quién me toma, ¿por un francotirador? -me recrimina, aunque no le diría yo que no, y luego finge ofenderse-. Las armas pertenecen a alguien, cómo decirlo, mucho más pasional: a mi madrastra.
Permito que la frase flote en el ambiente y París, en su papel de poli comprensivo, de poli buen rollito, de poli inalterable, no interviene. Sé que Esteban Olegar, alrededor de veintimuchos, peligrosa mirada, oscura sonrisa, inteligencia superior a la media, calculador y de ego desmesurado, paladea esos puntos suspensivos que él solito ha provocado.
– ¿Y cómo es eso? -pregunto al fin, como se supone que tengo que hacer.
– Es tiradora. Al plato. Compite y gana. Gana mucho, casi siempre. Una excusa de esposa aburrida para huir de su hogar. El tiro viste en la alta sociedad, le da un toque salvaje. A lo amazona de élite.
– ¿Salvaje? -y enarco las cejas y me burlo con desdén, para picarle, para que lea en mi rostro un qué sabrás tú, niñato, lo que es salvaje.
– Mujeres con armas, que pueden atacar… ¿No le parece salvaje? Ah, claro -de golpe finge darse cuenta-, usted también va armada, por supuesto, pero jamás dispararía por motivos tan superficiales, ¿no es eso? Usted es de las que limpian las calles, de las que cachean a los chorizos y agarran del moño a las gitanas en las redadas… Discúlpeme, agente -hace como que retrocede ante mi gesto serio-, espero que sepa perdonarme, es que me resulta fascinante conocer a una mujer que porta armas en serio y no por entretenimiento.
Y me escruta tan fijamente, tan a fondo, saboreando mi cabreo, disfrutando de su intento de herirme, que debo respirar con fuerza varias veces y evitar que me vea apretar los puños, el tic nervioso del pie que bato con furia y concentrarme para seguir con la farsa, el papel que cada uno interpretamos, esta mano de póquer que jugamos con cartas fijadas de antemano basada en no responder a la provocación del otro, en no caer en la tentación de rompernos la cara.
– ¿Cómo se llama su madrastra? -pregunta París, que constata que ya está bien de tanto teatro e interrumpe el duelo para apostar en mi favor.
– Mónica -responde con desprecio.
– ¿Mónica-qué-más?
– Mónica-señora-de-Olegar. Una mujer como ella no necesita más.
– ¿Y qué tal se llevan ustedes? -ahora retomo yo.
– A las mil maravillas. No olvide que es la madre de mis hermanas.
– ¿Todas niñas?
– Sí. Amanda, Alicia y Amelia. Nueve, seis y tres años. Amadas. Admiradas. Adorables. Mi padre era un loco de los juegos de palabras, de ahí sus nombres de seis letras que empiezan y acaban con A. Si hubieran continuado, ahora habría también una Ángela o una Analía. Lo cierto es que Mónica parecía dispuesta a seguir pariendo en busca, imagino, de un Arturo o un Andrés con el que atar para siempre su parte del imperio. Un varoncito le vendría de muerte. Creo incluso que mi padre llegó a incluir una cláusula al respecto en el precontrato matrimonial. Pero a la tercera hembra se cansó alegando que ya estaba bien de retoños para alguien de su edad.
– Vaya suerte la suya -insinúo para demostrarle que yo también sé provocar, que puedo tocar los cojones como el que más.
– No crea -responde sin alterarse un ápice-. Dudo mucho que un canijo casi tres décadas menor fuera rival para mí en el control de las empresas familiares. Es más, hasta puede que me diera tiempo a manipular todo el capital en mi favor antes de que alcanzara la edad de pedir cuentas. Pero claro, eso no va a pasar. Mi padre ya no podrá engendrar a ese niño y, además, yo jamás jugaría con el patrimonio de mis hermanas.
– Quiere mucho a las niñas -aprecio-. ¿Y a Mónica?
– Se lo repetiré de nuevo: es la madre de mis hermanas.
– Alguna afinidad habrá, deben de ser casi de la misma edad… -lo reconozco, esto sí que ha sido un golpe bajo. Se lo estaba mereciendo.
– ¡Qué malvada es usted, subinspectora! -ríe. Cuando la carcajada termina, se molesta en aclarar-. Siento decepcionarla, pero Mónica no es la típica chica mona treinta años más joven que mi padre. Veinte sí, pero no treinta, hay una gran diferencia. Y no es de mi edad, tiene nueve años más que yo.
– Gracias por la aclaración, señor Olegar, aunque no me ha respondido: ¿qué tal se llevan ustedes dos?
– ¿Acaso importa? El muerto es mi padre, debería más bien preguntarme qué tal se llevaban ellos dos, o yo con él en todo caso. Vivimos todos juntos en el ático de este edificio, con lo cual no debemos de querernos tan mal. Por cierto, está invitada, suba cuando quiera.
– No dude que lo haré, pero antes tengo un compromiso. Usted también. Si mal no recuerdo, le debe una visita a su padre, que ya lleva un buen rato esperándole. No tenga miedo, le acompañamos.
Dice mi suegra que lo más importante en un edificio es que tenga un «portal representativo». Dice, mi suegra, que hay barrios y barrios. Dice también que el señorío se mide por la elección y, sobre todo, por la impresión que de ella da su portal. El portal de mi suegra es la hostia de representativo.
Me pregunto, mientras desciendo por los escalones de mármol veteado del portal representativo de la casa de Esmeralda, qué pensará mi suegra de la de su hijo, o de en qué se ha convertido éste habida cuenta del lugar en que vive. Claro que sólo viene a visitarnos dos o tres veces al año, y no me extraña que cada vez que lo haga le dé un arrechucho nada más entrar en nuestro portal sólo de la impresión de ver las molduras viejas, la pintura desconchada, la ausencia de maceteros esmaltados con plantas de dos metros estilo selva amazónica o de un conserje con librea dormitando feliz junto a su ABC . La verdad es que no hay color: nuestro Paco es borracho y castizo, simpático y maleducado, metomentodo y sobre todo vago como cualquier portero de casta que se precie. El mono azul le queda que ni pintado, de vicio, y más si lo complementa con el cigarro semiapagado en la comisura de los labios, saleroso y osado cual suicida al borde de un precipicio. Pero a ella le asusta. Lógico, cómo no van a asustarle esos piropos que le suelta a gritos y su modo calibrador de mirarle el culo sin disimulo. Ay, hijo, lo que me ha dicho, qué grosero, qué sofoco. Y a ti, niña, ¿te suelta esas burradas?, acostumbra a preguntarme. Y a mí también, mamá, confiesa Ramón en uno de esos raptos graciosos que le salen según amanezca el día mientras ella se ruboriza. Pero Esmeralda nunca capta el chiste y se sofoca cada vez más hasta que él, contento porque por fin ha venido a vernos, la abraza efusivo llenándola de pelos tricolores de gata y diciéndole cosas como que estás tú de muy buen ver, madre, con ese tipazo que tienes no sé de qué te extrañas hasta hacerla exclamar que a éste, el hijo adusto y seco que un día parió y alimentó, me lo han cambiado, algo ofuscada, posiblemente por la vergüenza de esas muestras de afecto a las que por su estricta educación no está acostumbrada, y yo entiendo siempre por debajo de ese «me lo han cambiado» que sé que está dirigido a mí un hay que ver, hijo, mira dónde vives, y con quién estás, y cómo te comportas ahora. No pareces tú. Pero me hago la tonta y callo, callo siempre que viene a vernos, porque Ramón está contento.
Sólo que hoy estoy sola y Esmeralda no ha tenido que obligarme a que la soltara porque temerosa, cortada como si fuera la primera vez que la veo, como si tuviera quince años y ella fuera la madre de mi primer novio, como si, más pequeña aún que yo, tuviera miedo de romperla, al llegar no hice el más mínimo ademán de abrazarla y únicamente la besé con frialdad, como se besa a las parientes viejas que no nos gustan demasiado y vemos de Pascuas a Ramos, que saben a rancio, y no me senté hasta que me lo ofreció, y lo hice rígida, tiesa, en el magnífico salón de caoba, plata bruñida y cristal de Bohemia, acobardada igual que ante un jefe de Recursos Humanos despiadado en una entrevista de trabajo, acomplejada ante sus antigüedades heredadas, ante sus maneras educadas, apabullada por la seda de su blusa, por el aroma denso y embriagador de su exclusivo perfume, hipnotizada por el brillo refulgente de la cucharilla de filigrana diminuta y el contraste del esmalte de la tacita de café en su mano, abstraída en el sabor delicado, fascinante, de las pastas de té de a treinta euros el kilo tal y como tenía previsto. Sin embargo también noté cómo, antes de que Esmeralda empezara a largar sin pisar el freno, ésta repasaba mentalmente la lección que se había aprendido a lo largo de toda la semana. La vi respirar con dificultad y supe que estaba tanto o más nerviosa que yo y me calibraba antes de comenzar a chorrear tantas verdades, y tan inesperadas, que ni siquiera ahora, ya fuera, bajo la luz que aún queda de esta tarde dominguera, puedo todavía asumir.
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