– Tú verás -se zafa-. Yo sólo sé que han aparecido fibras en el gatillo, y no me atrevo a hablar por boca de ningún indicio más.
– Por cierto, Laura -Clara intenta desviar la atención, que no se arranquen la piel a tiras-, ¿a ti te han entregado una manta de coche entre los efectos que se encontraron en el escenario de la muerte de la farmacéutica?
– No, para nada. Lo recordaría.
– ¿Y su pañuelo?, ¿tenía Santi pañuelo? -continúa insistiendo por si acaso.
– ¿De los de tela? No. Sólo había una caja de kleenex en el coche, lo típico para limpiarse después de ya sabes qué. ¿Por qué quieres saberlo?
– Por nada, cosas mías. ¿Y si nos tomamos algo aquí y os lo explico a las dos? -propone Clara para apaciguar los ánimos.
– Lo siento -se excusa Zafrilla, lacónica-, tengo que irme.
– Venga, sólo será un ratito. No quiero volver a comisaría y la verdad es que estoy hecha polvo, Ramón no está y Esteban Olegar hace poco quiso…
– Me lo cuentas otro día -la corta tajante, la besa en ambas mejillas a modo de despedida y, sin darle oportunidad para reaccionar, se aleja de la mesa-. Te llamo luego -promete, girándose a medias y haciendo en la distancia el gesto de llevarse al oído el auricular.
Clara mira a Dolores, las dos al borde del colapso, envejecidas de golpe, desilusionadas como niñas de luto, impotentes.
– Lo siento, lo he intentado -se justifica-. Me siento abandonada, como si no le importáramos, como si sólo le interesara estar a salvo de ti.
– Y yo como una violadora de menores en libertad condicional -sonríe Dolores, dolida-. No te reconcomas, ya se le pasará. ¿Qué vas a hacer ahora?
– Volver a comisaría, supongo. Y sentarme a pensar. ¿Y tú?
– Terminar con los cuerpos de la farmacéutica y Olegar, que la familia de él me lo ha solicitado ya varias veces para enterrarlo y tienen toda la razón.
Desandan el camino a lo largo del pasillo, atrás queda, a sus espaldas, el bullicio irreal de una cafetería de hospital, con la televisión encendida a todo volumen y noticias de un informativo a plena voz sobre el fallecimiento de una folclórica que se convierte en desgracia nacional, y la gente lo contempla, hipnotizados todos, olvidándose así de sus padres moribundos, de hermanos operados, de amigos en coma hostiados tras un accidente múltiple en la autovía cuyas desgracias parecen mucho más cotidianas, exentas de esa carga faraónica de la fama, más anónimas, más pequeñitas. En el aparcamiento se separan en silencio y se dirigen cada una a su coche pensando en sus propias desgracias, en sus secretos y fracasos, en esas soledades que permanecen escondidas por el día y cuando oscurece te asaltan con nocturnidad y alevosía.
Volver, otra vez, con la frente marchita o demasiado llena de imágenes, todas bullendo, todas a mil por hora, todas acosándome y dándome tantas, tantas ideas, que empiezo a tener la sensación de morir asfixiada por su exceso. Volver rumiando las pausas y los silencios de las conversaciones, las evidencias de las pruebas y de los colores que se les suben a los interrogados cuando les puede la vergüenza de reconocerse en un renuncio, en una cobardía, en una afrenta. Volver con la cabeza llena después de escarbar en las bragas de una muerta. Volver con las manos en los bolsillos y con los puños cerrados y nada más que aire en ellas porque no se pueden aferrar los recuerdos, las mentiras son inasibles por esquivas, las verdades volátiles y etéreas.
No me apetece volver.
Me quedaría en la calle haraganeando, dándole vueltas a los dobles sentidos de las palabras, a las trampas que encierran las trolas y los significados ocultos que no he escuchado por querer mirar a los ojos, me pasaría horas propinándole patadas a un balón medio desinflado, incluso a una lata de refresco, igual que cuando era pequeña, saltando las cuadrículas de las aceras, jugando a la chapa en una rayuela pintada con un trozo de ladrillo que delimitara, qué sencillo, las diversas zonas de la vida y sus motivos.
Pero me estoy pasando, lo sé, como cuando se hacía de noche y tú sabías que la bronca de mamá por llegar tarde te asaltaría nada más cruzar el umbral, como cuando en medio de una persecución o a punto de encontrar un escondite infalible oías que se abría la ventana y calculabas cuánto tardaría en gritar tu nombre en la calle porque la cena está lista y ya va siendo hora de entrar o me saco la zapatilla y verás tú qué azote. Eran exactamente estas mismas horas, cuando después del colegio el otoño aún te prestaba unos haces de luz para jugar, y aunque la tarde se cubriría pronto de noche y la luna empezaría a brillar los deberes aún no apuraban y daba pereza dejarse vencer por las obligaciones, y se retrasaba el momento de asumir el papel de estudiante y dejar de ser veraneante libre y feliz. Exactamente igual que ahora, con octubre que empieza a someter a los adolescentes atontados del garrafón del verano, con el sabor del primer beso en los labios y los libros de texto recién comprados. Quién es tan estúpido como para volver a casa y ponerse a hacer logaritmos y bisectrices, como para querer regresar al trabajo después de haberse fugado a media tarde y reconocer lo perdida que se está, lo saturada que se puede llegar a estar con tantos datos, tanta información que da pereza ordenar. El de la puerta reconvertido en portera me echará en cara una vez más qué horas son éstas y me encontraré con la sala cargada de humo a pesar de que ya no se permite fumar, el aire viciado de delitos y faltas, de recriminaciones y envidias, de telas de araña que trazan los rencores, las recomendaciones, los ascensos mal merecidos, de insectos bullendo bajo la alfombra que apenas se perciben pero que bastan para que sintamos, sin saber por qué, una tenue congoja, una incierta inquietud y sí, qué horas son éstas de llegar, por supuesto que a ti te lo iba a explicar, gordo de mierda.
Cumplo con mi texto como una niña buena, repito las frases consabidas sin saltarme el guión como en una nueva entrega de El Show de Deza , hago debida cuenta de mi papel porque es lo que se espera de mí y cuando llego a la sala sólo sé que sé algo más, pero no he encontrado aún el modo de resolverlo.
Sé que he comido sola porque mis amigas no se hablan, sé que mi marido ignora que existe algo indefinido que me come por dentro, sé que he estado ilocalizable, con el móvil apagado, perdida para mis compañeros y que, tarde o temprano, tendré que dar cuenta de todo lo que he descubierto, también sobre ellos, y en algún momento me obligaré a preguntarles: ¿dónde estabais el martes noche cuando la palmó la farmacéutica?, ¿por qué no ha vuelto el Bebé?, ¿qué me oculta París?, ¿por qué me siento tan obsesiva, tan desconfiada, tan insegura, tan terca?
Me callo las ganas de preguntarme en alto por qué. De pronto no me fío de ninguno de ellos y mi silencio se impone justo antes de toparme con París, frente a mí, mirándome con cara de perro.
– ¿Dónde te metes?
– Salí un rato.
– ¿¿Más de cuatro horas??
– Aproveché para comer.
– ¿¿¿Más de cuatro horas???
Me hastía, me da pereza, la desidia me puede y no tengo ganas de enfrentarme, de plantarme, de poner los brazos en jarras y también gritarle, humillarle, defenderme, reírme de él, proclamar que no me controla, que no es mi jefe por mucho que se empeñe, que no es nada ni nadie ni debo rendirle cuentas porque quién se cree que es. Pero la indiferencia me vence y me lleva rendida a mi silla, me obliga a sentarme y le imprime a mi voz una monotonía tibia, serena, con la que desgrano el rosario de mis pesquisas: que fui al hospital para ver a Santi, que se pasaron por allí Lola y Zafrilla para hablarme de las autopsias y las pruebas, que Olvido y el Culebra son hermanos y que no sé por qué tienen apellidos diferentes.
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