Esteban, como un déspota moderno, no es que se lo pidiera, más bien se lo exigió. Es su estilo, masculla, y hace una mueca. Se presentó un día en mi despacho y dijo que tenía que conocer a esa tal Olvido. Confesó sin ningún pudor que lo sabía todo, que la había visto, que estaba fascinado y necesitaba, tenía, debía probarla, saborear lo que su padre merendaba todas las semanas.
Si sólo me hubiera dicho eso quizás hubiera valido. Hubiera comprendido su ansia, atisbado incluso gracias a su deseo que es humano y, sabiendo que ése era su motivo, habría aprovechado para hacerle el favor, que me lo debiera y, de paso, tenerlo contento y quitármelo de encima con sus exigencias absurdas, con sus requerimientos intempestivos, siempre déspotas, siempre a destiempo. Pero Esteban se había molestado en pergeñar una serie de patrañas para justificar su avidez. Le habló de sus responsabilidades para con la familia calcadas a las que me contó a mí: que si ella podía chantajear a su padre y destruir el imperio, que tenía que comprobar qué clase de hembra era, saber qué le daba a Julio para tenerlo enganchado, desentrañar la esencia de su poder sobre él… Butragueño la defendió, por supuesto, afirmó hasta el hastío que era una persona íntegra, encantadora, de absoluta confianza, y comprendo ahora que de veras la admiraba, no sé si como cliente o amiga o muñeca sexual preferida. La quería a su modo, un modo adulto, descreído, que le impedía traicionarla por el capricho de ese niñato por muy ahijado suyo que fuera, por más que le jurara que sólo se trataba de rascarse un picor pasajero.
– Pero cedió.
– Sí. El niño empezó a sacar trapos sucios, a hablar de operaciones más o menos oscuras de la época del pelotazo que habíamos llevado a cabo su padre y yo… No hay duda de que sabe hacer los deberes e investigar, rebuscar en los archivos cuando le conviene. Me asusté y les concerté una cita. No le mencioné a ella que se trataba del hijo de Julio, Esteban me lo suplicó, ansiaba que le trataran como a un cliente cualquiera, sin deferencias. Con todo, pensé en avisarla, pero como esa historia me parecía enfermiza preferí retirarme y no airear las miserias de nadie. Después él me llamó para contarme cómo le había ido y, la verdad, casi hubiera preferido no saberlo. El chico tiene un concepto insano del sexo, ideas de degenerado, de tomarlo como un escarnio, como un castigo, como que había estado bien darle su merecido y cosas por el estilo. No me alarmé porque sé por experiencia que este tipo de perros ladradores jamás se atreven a morder. Le haría falta ser un gran canalla para atreverse a hacerle daño, y también un hombre, y Esteban por aquel entonces no lo era.
– ¿Y ahora sí?
– Los recientes acontecimientos por fuerza han tenido que hacerle madurar. Verá, no tiene problemas con sus quehaceres empresariales, pero sí con los sentimientos. No le cuesta asumir riesgos en lo económico, incluso diría que le estimula, ha sido amamantado con leche de caja blindada. No, su auténtico reto es mostrar afecto, saber comprender, perdonar las debilidades de sus seres queridos, asumir que no son tan perfectos, tan pulcros e insensibles como él y por eso yerran y tienen vicios, deudas del corazón, flaquezas pese a las cuales ha de seguir amándolos.
– Le falla la empatía. Como a los psicópatas.
– No es ningún psicópata, es sólo un chico que ha crecido solo en lugares extraños, un desarraigado.
– En mi pueblo diríamos más bien que es un cabrón -sentencia Clara-. En fin, cuénteme qué le pareció a Olvido su cita con Esteban, por favor.
– No dijo mucho. Intenté tirarle de la lengua, pero no se dejó engañar -reprime una sonrisa-, dijo solamente que era un chico con muchas limitaciones, con una actitud poco natural frente al sexo, un chico atormentado, pomposo. No quiso contarme más. Olvido tenía un sexto sentido, un olfato especial para catar a sus clientes. Sabía distinguir el peligro y que éste no estaba a veces en el tipo que se viste de doncella y pide que le azoten con una fusta bajo el liguero sino en el oficinista gris y comedido que sólo quiere hacer con los ojos cerrados el misionero. Instinto de conservación, supongo.
– Las corazonadas fallan, Olvido debería haber aprendido a desconfiar.
– Si aceptó que Esteban la siguiera visitando no sería para tanto. No le tenía miedo. Yo le conté que había perdido muy joven a su madre, que ésta se había suicidado, y respondió que eso lo explicaba todo. Y, si ella estaba tranquila, yo también. Nunca volvimos a hablar de él. Ignoro si pasó a su nómina de clientes fijos, los dos eran mayorcitos y sabían cuidarse. ¿Para qué querer saber más?
– ¿Y no se arrepiente? A lo mejor ahora no estaría muerta.
– No me venga con frases baratas -recrimina-. Esteban no es un asesino.
– Lo dice porque es el abogado de su familia.
– Lo digo porque le conozco y no tiene pelotas para eso -insiste-. Además, Olvido no era tonta. Alguien la protegía.
– Pues no hizo nada bien su trabajo. Por otra parte, creía que ella iba por libre.
– Estaba convencida de que podía arreglarlo todo sola, le gustaba controlar su vida, ser independiente. Pero los buenos clientes somos agradecidos e imagino que supo conservar la amistad de algunos de nosotros, los más valiosos.
– Qué triste -se me ocurre-, ¿no tenía a nadie que la quisiera sin relaciones mercantiles de por medio, sólo por lo que era?
– Por supuesto. Estaba su familia.
– Su madre murió y su único hijo residía en un internado, ¿quién queda?
– La familia es más que eso, también están los amigos.
– No siga, un clan. Y Virtudes lo lidera y ejerce de madrina…
– Virtudes no pinta nada, es una mamarracha, la voz de su amo.
– ¿Entonces quién es el amo? ¿También hay un padrino?
– No puedo decir nada -se excusa.
– Entiendo, también es uno de sus clientes -murmuro desencantada.
– Mi bufete lleva más de cuarenta años trabajando para él, es una provechosa colaboración que empezó mi abuelo y todavía perdura. Me sentía en deuda por que siguiera confiando en nosotros, así que acepté el caso de una buena amiga suya que tenía problemas con una herencia, y entonces conocí a Olvido.
– ¿Pretende convencerme de que era como su ángel de la guarda? ¿A quién quiere engañar? Seguro que empezó siendo su proxeneta.
– Ese final no estaba escrito para ella. Era su ojito derecho, una esperanza, una promesa. Pero en todas las familias hay odios y rencores, engaños, rencillas, y Olvido siempre fue muy rebelde. Se negó a pasar por el aro y acabó pagando su libertad con su cuerpo. Él no pudo evitar que llevara esa vida, se alejaron, pero no dejaba de preocuparse por ella, de indagar sobre sus compañías, de vigilarla, de protegerla incluso sin que lo supiera. ¿Qué pasa? -pregunta al ver mi careto teñido de escepticismo-, ¿es que no me cree?
– ¿Cómo voy a hacerlo, señor Butragueño, si me está pintando a Vito Grandal, el mayor capo de Madrid, el tipo más mafioso, el más criminal, como una hermanita de la caridad?
*
Al próximo que me diga que la vida es una tómbola le meto una hostia. La vida es un marrón, un auténtico marrón grande y gordo que va creciendo a medida que aumentan nuestros años y nuestra ansiedad. Sí, eso es la vida. Y estoy harta, muy harta y aquí, frente a esta mampara de cristal, contemplando a Santi lleno de tubos, empiezo a pensar que, igual que los ricos como los Olegar tienen el dinero por condena, hay otros muchos desgraciados para los que a veces es un alivio una temporadita en una camita blanca de hospital, olvidándose de todo, sedados, dormidos, cansados de llevar la memoria a cuestas.
Pero no, claro, no dejo que este pensamiento derrotista y absurdo me gobierne más de un minuto. Cómo hacerlo. Soy una luchadora, una hormiga atómica, una petarda que no puede parar de trabajar ni siquiera cuando está frente a su amigo medio muerto y sí, lo sé, me pongo derrotista y asumo que esto es como ver la botella medio vacía, haciéndole una visita inútil, mirándole sin hacer nada ni poder parar de pensar.
Читать дальше