Mercedes Castro - Y punto

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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La entrevista con el abogado ha sido un desastre. Apenas he podido sacarle nada que no supiera o intuyera ya, frases que no llevan a ningún lado, verdades a medias, jugando ambos al despiste como niños perdidos durante tanto tiempo que, cuando llegó la revelación final, no tuvo mérito saber que quien estaba detrás de todo era, cómo no, nuestro gran amigo Vito. Pues vaya. Como si no imaginara que él y sólo él podía estar tras esto, siempre sobrevolándolo todo y a todos, él, que tenía en su cementerio particular el chucho de Olvido, que figuraba en clave en la memoria de su teléfono, que proveía de ropa de segunda mano al Culebra, que tiene a Virtudes -o Alejandra, a estas alturas qué más da- cruzando una y otra vez el arco de su verja. No hacía falta que Butragueño se cagara de miedo para que me diera cuenta, pero fue divertido ver en su cara esa expresión de ladrón robado, de listillo al que han dado una lección. Qué se creía, ¿que yo no poseo también mis propias fuentes de información?

¿Tú qué dices, Santi?, ¿termino de fiarme de él o no?

Sí, lo sé, es listo, más que listo es pillo, un pícaro, un superviviente privilegiado, pero no puede evitar querer fardar a toda costa cuando se le pone delante una mujer y, aunque lo creo legal, no sé hasta dónde es capaz de inventarse una historia sólo por escuchar los ¡ohhs! y los ¡ahhs! de la hembra a quien pretende encelar.

– ¿En qué piensas?

Clara se vuelve. Ahí está Dolores. Me mira seria, muy seria, parece preocupada por mí, no puedo sostener el peso de sus ojos entrecerrados que me analizan, me leen la mente, me escanean por dentro como a un código de barras en el supermercado. No necesita que le explique mucho, sabe que he venido no a ver a Santi sino a pensar, me ha encontrado sin problemas a pesar de que no dije a nadie que vendría aquí, su lógica funciona tan bien para diseccionar cuerpos como para entender el ansia que me domina. No estaba en comisaría, me dice, tampoco en casa, mi móvil apagado, mi furia desatada y las ganas de andar sin rumbo que me consumen cuando estoy desolada y que me llevan siempre a acabar en algún lugar familiar, como el pasillo de este hospital.

– ¿Por qué tienes el móvil apagado? -me pregunta.

– Hay un pesado que no deja de molestarme -respondo, y luego callo. Ninguna de mis razones va a sonar lógica. Tendría que remontarme a mucho tiempo atrás, antes de que Ramón se fuera a Sevilla, antes incluso de conocerle, tal vez cuando no salía con él. Posiblemente entonces me sentía como ahora, igual de cansada, perdida y sola. Pero no va a poder ser, no tengo tiempo para explicárselo y Dolores, supongo, habrá venido para algo.

Acerté. La autopsia de la farmacéutica, la amiga de Santi -que duerme tras el cristal ajeno al detalle de los desagradables sucesos que le llevaron a su actual estado-, ha confirmado la fecha de la muerte: martes noche. ¿Causa? Inhalación de monóxido de carbono. Pero hay más: en el análisis de tóxicos se han hallado restos de opiáceos. Los tomó esa misma noche. Una dosis elevada no mucho antes de morir, muy elevada realmente, elevada hasta para una loca que se va de juerga desenfrenada con su amante pero que no podría ignorar el riesgo que tal cantidad conllevaría. Con todo, no se trata de una ingesta suicida. Podría interpretarse simplemente como que le iba la marcha, lo que corroboran, por otra parte, las leves señales de violencia sexual. La señora era aficionada a los escarceos eróticos «intensos» y lo que sea que pasó fue después, me explica Dolores. Se han tomado muestras de Santi y de ella que confirman que estuvo con él. Hay semen en su vagina y piel bajo las uñas: a esto le llaman algunos forenses rancios «marcas de pasión».

Tras la clarificadora exposición sólo se oye el bip, bip de las máquinas en funcionamiento. De pronto, Clara pregunta:

– ¿Tú te imaginas a Santi en plan sexo salvaje? Me juró antes de acudir a su cita que iba a cortar definitivamente con la farmacéutica. ¿Tú te acostarías con alguien a quien vas a dejar?

– Igual te contó una trola, o igual quisieron darse un polvo de despedida.

– Lo dudo. Ella no dejaba de insinuársele y ofrecerse, siempre estaba dispuesta cuando la llamaba, se arrastraba por él. ¿Te parece que aceptaría deportivamente su rechazo y luego se lo tiraría?

– A lo mejor era de las que pensaban que con un polvo podría hacer cambiar a un hombre de idea, o a lo mejor Santi pensaba acostarse con su amante sin decirle que después iba a cortar con ella. Tanto monta, monta tanto.

– No es de ésos. Quería hacer las cosas bien.

– ¿Sí?, ¿y cuántos años llevaba viéndose con ella sin que su mujer lo supiera? No intentes convencerme, los forenses sabemos , vemos muchas cosas, y bien que se revolcó él por la hierba callándose que después la iba a dejar.

Clara se extraña, qué es eso de la hierba, a qué se refiere. Dolores se lo explica con parsimonia, como si fuera una alumna especialmente obtusa, una policía tonta: los dos se habían manchado de verde su ropa y había restos de agujas de pino clavadas en la espalda. Hacía buena noche, lo más probable es que lo hicieran fuera, en la pradera, sobre una pequeña manta, a la luz de la luna. Qué romántico, ¿verdad? Después, al acabar, regresaron al coche, tal vez se pusieron a hablar, una cosa llevó a la otra y lo mismo volvieron a empezar, sólo que ahí ya llevaban un rato respirando el monóxido y perdieron el conocimiento. Las fotos de la escena confirman que tenían la ropa desabrochada y los pantalones bajados, en fin, que seguían en plena faena. Pero cómo, si El Pardo es una zona superpoblada de amantes, no es ninguna playa desierta, es el picadero habitual de las afueras, todo el mundo sabe a lo que va y salir del coche es una imprudencia que un veterano policía como Santi jamás cometería a pesar de que las evidencias proclamen que ambos tenían briznas de hierba en el pelo y bolitas de lana también en todas sus prendas. Las hace el rozamiento y se pegan en la ropa interior de los que retozan semidesnudos sobre una manta que no aparece, que Dolores ha solicitado pero que no le han traído y con la que pretende cotejarlas. ¿Y dónde puede estar la manta? Quizá la tenga Zafrilla en el laboratorio, pero Dolores no va a llamarla para preguntárselo, o puede que se haya traspapelado en un almacén o que a un agente le haya gustado el diseño de sus cuadros escoceses y se la haya llevado al maletero de su monovolumen con la idea de usarla cualquier día de picnic con su mujer. Así funciona el Cuerpo.

– Genial -exclama Clara-. Cuatro muertos en una semana y ahora pruebas que desaparecen y cero comunicación entre Huellas y la forense.

Y muchos sinsentidos también, piensa, porque nada de esto realmente tiene lógica, Santi jamás saldría afuera, no cometería esa imprudencia. Algo falla, como siempre, y yo estoy tan torpe, tan desquiciada, que no soy capaz de ver qué es lo que se me escapa. Me pongo a caminar por el pasillo como un animal enjaulado, arriba y abajo, abajo y arriba, y mientras voy repasando con Lola los detalles de la autopsia, las muestras, las pruebas, los indicios que me da y, según ella, debo poder encajar. Me dice que en la vagina de la farmacéutica sólo se halló semen de Santi, lo que descartaría a cualquier otro amante, pero también restos de espermicida, lo cual es muy raro, concluyo, porque si alguien se acuesta con alguien a pelo y a palo no tendría que aparecer espermicida por ningún lado. Éste se usa como medida anticonceptiva de refuerzo junto con preservativos o con diafragma, pero ella no lo llevaba, Lola me lo confirma. La presencia de espermicida sólo podría explicarse si hubiera tenido relaciones con alguien que usara un condón combinado con esta sustancia, y ese alguien no era Santi, dado que hallamos la suficiente cantidad de su semen como para confirmar que él no se lo puso. Ese otro individuo que sí lo usó sería más bien alguien con quien hubiese querido tomar precauciones, de poca confianza, un polvo esporádico quizá. Pero ¿qué pinta en la noche del encuentro con su amante habitual ver a otro hombre más? ¿Qué pantomima es ésta de ponerle a Santi los tarros con un tercero? ¿Buscarle un repuesto antes de que la abandone, ir por delante?

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