Mercedes Castro - Y punto

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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Según la lógica hubo uno primero con el que se puso condón y luego hubo otro, Santi, con quien no se lo puso y que, si acabó palmándola con él, necesariamente tuvo que ser el último; tenemos semen de Santi, y datos que nos dicen que lo hicieron fuera, sobre una manta de coche que nadie sabe dónde está, y sin embargo del desconocido que se ha acostado con la farmacéutica ni siquiera intuimos el dato más peregrino.

– ¿No ha aparecido un solo vello púbico, algún pelo, un mínimo rastro? -pregunta Clara, con un suicida atisbo de esperanza.

– En el análisis de ella no. Y eso también es bastante raro. En cuanto al condón, si es que su cita también fue allí, encontrarlo sería como dar con la aguja del pajar. El Pardo está sembrado de gomas usadas.

– Nunca resolveré esto, Dolores -y se frota los ojos con la mano, como si le molestara la luz de neón-. Es una pérdida de tiempo, no vale la pena desvivirse por dar con la solución. La mala suerte va por delante de mí. Es mejor admitir que soy incapaz y rendirme. Claudicar ya, ahora mismo.

– No te pongas así -intenta animarla-. Todavía tengo más cosas para ti. ¿Has comido?, ¿te las cuento de camino a la cafetería?

Pasa un brazo por sus hombros, la rodea como quien sujeta a un viejo que no puede andar. Clara se deja llevar. Mientras avanzan despacio, como si midieran sus pasos, como si ella fuera también una enferma sujeta al ritmo de un gotero con sus ruedecillas que chirrían sobre el linóleo, la forense le va contando sus hallazgos con la cadencia de quien cuenta un cuento a un niño enfermo, a un viajero inquieto al que hay que entretener en el trayecto.

– También tenemos las pruebas de ADN que pediste, vas a alucinar.

– No creo -responde, y sabe que Dolores va a interpretar sus palabras como una muestra de su desánimo, pero en el fondo qué más da, para qué sacarla de su error, decirle lo que ya ha averiguado por su cuenta y quitarle mérito a su trabajo, que ya sabe de quién son los cinco dientes, esos cinco azares, las cinco diminutas ferocidades que se clavan en la memoria de los muertos, que se ensañan en su sangre. No, mejor me callo, decide. En el fondo la gente debería empezar a intentar tratar un poco mejor a los demás.

– Los dientes de leche, los que guardaban Olvido y el Culebra en su chabola, son de la misma persona, un niño y, agárrate, es hijo de Olvido.

– Ah.

– ¿Ah? ¿Sólo eso? Entonces déjame que siga, esto sí te va a encantar: como me pediste, comparé también la muestra de ADN mitocondrial con los dientes que escondía el Culebra y, adivina: el niño también comparte carga genética con él.

– ¿Es su hijo? -pregunta Clara, ahora sí atenta-. Dime, ¿lo es? -insiste y, de pronto, ya no está para bromas ni apatías.

– No, no es su hijo, no llegan a unos índices tan elevados de semejanza genética, por eso comparé los datos del Culebra con los de Olvido. Y ahora, nena, sí que vas a flipar: el niño es su sobrino, ellos son hermanos.

– Pero no puede ser, llevan apellidos distintos.

– La gente de su calaña suele adoptar identidades falsas.

– Ella no. Tenemos su pasaporte y su DNI y hasta sus datos de la Seguridad Social y bancarios. ¿Es posible que sean hermanos sólo por parte de madre o de padre?

– Si fueran hermanos sólo de padre o de madre no habría tanta coincidencia entre sus genes. Son hijos de los mismos progenitores.

– ¡Por fin te encuentro! ¿Tú eres consciente de que estás ilocalizable?

A Zafrilla, que llega como un terremoto casi sin mirar, le encanta hacer entradas triunfales, seguro que venía preparando la frase por el camino mientras conducía, al aparcar ya se la sabía de memoria, en el ascensor la repetía sin cesar y no ha sido capaz de cambiar el chip al encontrarme con Lola. Y ahora qué hago en medio de esta situación embarazosa, no me puedo creer la mala suerte que tengo, ¿por qué me tocará siempre estar en medio de todas las guerras civiles?

– Apagué el móvil, estaba harta de él -se justifica nuevamente para salir del paso, para romper el silencio que la está rodeando con sus dos amigas paralizadas, frente a frente, mirándose como estatuas.

– ¿Y por casualidad te acuerdas de que eres una policía de servicio y tal vez puedan estar intentando comunicarte algo importante? -la recrimina incómoda, reaccionando por fin, sobreactuando, se le nota-. Porque resulta que he descubierto cosas muy interesantes y he ido como una pringada a contártelas y me topé con París y sus malas pulgas que me ha soltado que no tiene ni idea de dónde te metes, y menos mal que no andaba por allí el Bebé, porque era lo que me faltaba, me da algo, y no sé ni cómo se me ha ocurrido pensar que estarías aquí, así que he venido cagando leches porque sé que te gustaría saberlo antes que nadie, pero no sé ni por qué me preocupo porque eres una…

– Por partes, no te ahogues y dime qué es eso tan importante.

La escopeta del empresario. Según Zafrilla en ella sólo aparecieron sus huellas pero también, y esto ya no es usual, restos de fibras blancas en la empuñadura y un hilo enganchado en el gatillo. Tras el análisis resultaron ser hebras de algodón, el tejido del que están hechos los guantes blancos que se ponen las mujeres de la limpieza bajo los de goma para que no les provoque irritaciones el sudor. Sin embargo, Clara no entiende su trascendencia.

– ¿Guantes blancos de algodón? ¿Qué significa eso?

– A veces los guantes de látex dejan marca en superficies muy pulidas -interviene Dolores-. Por ejemplo en barandillas de acero muy bruñido o en cristales puede quedar la impresión de la goma, por eso…

– Por eso los buenos profesionales del crimen organizado toman medidas -continúa Zafrilla, evidentemente molesta por la intromisión de la forense en su discurso-. De modo que trabajan con guantes de látex y luego eliminan sus huellas con un paño seco. Es un plan perfecto, pero pocos son tan cuidadosos. Los más chapuceros sólo usan guantes de algodón que van dejando fibras e hilos y revelan su presencia. ¿Lo pillas?

– Así que alguien que evitó dejar huellas utilizando guantes manipuló la escopeta, alguien que no era Julio César Olegar, porque sus manos estaban desnudas -murmura Clara asombrada-. Me dejas sin palabras. Tú…, las dos, os lo habéis currado. En todo este tiempo yo no he podido conseguir más que un solo dato: los compañeros de Balística hicieron inventario de la armería de la viuda y corroboraron que su marido murió a manos de una de sus armas, ella misma la reconoció. Parece ser que no hay dos iguales, cada rifle de competición está personalizado, el largo del cañón, su desviación… ¿Podría ser que esos guantes de algodón fueran de Mónica?

– No lo parece -responde Zafrilla evitando a Lola-. Para competir usan guantes específicos de piel, y más caros. Lo único seguro es que hubo alguien que evitó dejar sus huellas. Aunque eso no demuestra que el empresario no se haya suicidado, ya que alguien pudo limpiar sus impresiones después del disparo.

– Pero es que no se suicidó -afirma Dolores contundente y segura en un golpe de efecto tal que hasta Zafrilla no puede dejar de mirarla asombrada.

– ¿Lo dices por la pólvora? -le pregunta.

– Y por la longitud del cañón.

Primero abro confundida la boca de una cuarta, luego la cierro como una tonta y al final Lola nos lo aclara: si el arma la dispara uno mismo, la explosión deja residuos de pólvora en la palma de la mano. Julio no tenía restos significativos, lo que confirma que no pudo dispararla él. Pero es que además, dada la longitud de sus brazos, la del cañón y la postura en que estaba sentado sobre el retrete, resulta imposible que hubiera podido apretar el gatillo con sus dedos y mantener la escopeta entre sus labios al mismo tiempo, y no había ningún otro mecanismo a su alrededor que le hubiera ayudado, ni cuerdas, ni alambres ni nada. Claro que si ves el arma tirada en el suelo y al hombre con el cráneo reventado tampoco te paras a calcular si con sus brazos llega a ella o no, eso se hace más tarde, sobre una mesa de autopsias, tomando medidas y comprobando las distancias, desde qué ángulo se apuntó, la inclinación… De modo que mis exámenes han confirmado que el difunto no pudo apretar el gatillo, concluye Dolores. Y tú, Laura, aseguras que alguien más intervino con guantes blancos. ¿No es así?

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