– ¿Qué te pasa? -pregunta Carlos alarmado-, ¿te duele algo?
– Qué coño me va a doler -contesta presa de indignación-. Lo único que me duele es ver lo hijo de puta que eres y saber que estuve contigo siete años, como si hubiera roto un espejo y me cayera encima una maldición.
– No soy un hijo de puta, me preocupo por ti.
– A mandobles, ya lo veo. Preferiría que no me quisieras tanto.
– El que te ha dejado sola es él y ahora resulta que el malo soy yo y tu marido un santo.
– No sé por qué será. Es un misterio insondable, no tiene explicación.
Clara sonríe con dolor porque por dentro piensa que, realmente, estos últimos días nada la tiene, no hay explicación para la fuga de Esmeralda, para su miedo y su silencio, para tantos secretos como guarda este caso. Gente que calla, preguntas en el aire sin respuesta, sospechas apenas reveladas, rastros del amante secreto de la farmacéutica que no es Santi, la manta volatilizada que utilizaron, ese condón desaparecido que se puso alguien que la violó mientras mi compañero miraba o por el contrario a punta de pistola quiso verlos follar, que los metió luego en el coche y les obligó a esperar, desnudos, asfixiándose sin oponer demasiada resistencia porque es fácil controlar a las personas si están lo suficientemente drogadas, sin levantar sospechas incluso en El Pardo porque se los llevó a una zona de acceso complicado. Sí, tiene sentido, está claro todo en mi cabeza, todo encaja menos una pieza que no logro insertar en su hueco: ¿qué tienen que ver Santi y la farmacéutica con todo esto?
No tengo ni idea, reconoce para sus adentros, pero al menos París se ha callado. Clara le mira con agradecimiento por primera vez desde aquel día en la azotea, tan cerca y, sin embargo, tan lejano. Todo agradecimiento es poco y escaso entre dos que se quisieron, pero hay demasiadas cosas que hacer como para pararse a pensarlo. Gracias, le gustaría decirle, gracias por callarte y darme un momento de paz. Pero no habla, sabe que las palabras le sonarían extrañas en su propia boca, como si no fuera natural decírselas, como si estuviera acostumbrada sólo a insultarle, a escupirle y renegar de él. No debería ser así, lo reconozco, pero todo mi intento se traduce únicamente en comunicar:
– Olvido tenía un hijo. El dinero que le pasaba a Butragueño era para pagar su internado, no quería que la relacionaran con el chico, temía por su seguridad.
– Vaya. Con esto hemos resuelto dos de las partidas de dinero que no encajaban, una para su hijo y otra para su hermano. Ya sólo nos falta el chantaje.
– Podría guardar relación con el niño.
– No creo. Más bien tendría que ser ella la que chantajeara al padre.
– Suponiendo que sea un cliente importante. Pero si fuera todo lo contrario, un matao, un quinqui o un impresentable, alguien del montón como Kodak o del lumpen, como el Nano, un mal recuerdo de su pasado que tira de ella para sobrevivir, que reclamara el derecho a ver al chaval, a llevárselo de vez en cuando a jugar en la basura, entonces ¿quién chantajearía a quién?
– ¿Y cómo damos con el padre? ¿Nos presentamos en el colegio, agarramos al crío y le sacamos sangre? ¿Llamamos a todos los clientes de la puta y no paramos hasta cotejar los resultados?: pues mire, sí, tiene su misma nariz, es igualito a usted. Imagínatelo, Clara, menudo escandalazo.
– Me importa un comino, a quien yo quiero evitarle el mal trago es al chiquillo. Lola me ha garantizado que no tendremos que importunarlo, con el ADN de sus dientes de leche tiene suficiente. El problema es averiguar cuándo pudo ser concebido para dar con quién compararlo. Tenemos su agenda y a sus amigos Butragueño y Kodak, que la conocían desde hace tiempo. A ellos, aunque el abogado ya ha negado ser el padre, también habrá que investigarlos.
– Podrías llamar a Vito. Siempre está en el meollo de todo.
– No quiero hacerlo ahora, no me apetece.
– Pues te aguantas, soy tu superior y te lo ordeno.
Mientras me levanto empiezo a farfullar excusas aunque sé que no me queda otro remedio, no hay más solución que enfrentarse a él de nuevo sintiéndome tan pequeña y tan sola, tan al margen de todo, tan poco enterada, tan tonta… Es injusto, es como repetir un examen que ya aprobé. No me da la gana. Me niego. No quiero saber nada de esto, destapar más mierda, enseñar el culo o el alma otra vez, ver a Vito en toda su decadencia, al loco de Malde con su podredumbre, esa casa tan brillante que hiede como el oro bañado en sangre. Pero París se va y no me escucha o es que le da igual. Él manda y yo me tengo que callar.
Suena el teléfono de su mesa. Clara descuelga con miedo, como si la sorprendieran leyendo sus pensamientos. Pero no es su voz de oráculo viejo, sólo Zafrilla arrepentida por su huida. Me pide perdón, no por haberme abandonado sino por olvidarse de hablarme de las huellas que tomó en casa de Olvido. Las ha estado cotejando con el Sistema Automático de Identificación Dactilar y ha saltado algún que otro fichado: un tal Valentín Malde; Enrique Blasco alias el Culebra; un futbolista brasileño del Real Madrid que ha encontrado gracias a Extranjería y Julio César Olegar, por supuesto, y su hijo Esteban, que no están fichados pero los documentos de identificación es lo que tienen y no, me responde antes de que haga la pregunta que tengo en mente, no se pueden utilizar esos datos para incriminar a nadie, la Ley no lo permite, es más, ni siquiera tendría que haber podido acceder a ellos, pero una tiene amigos y recursos, así que mejor no decir nada, olvidar cómo lo hemos averiguado y agradecerlo en debida forma, suelta a borbotones sin respirar, como quien quiere quitarse un peso de encima o sacarse un dolor de golpe para decirme a continuación que también siente haberse marchado así del hospital, que está fatal, que se le hacía demasiado violento y, a qué negarlo, sigue muy afectada, y no es sólo por lo de Lola, es más bien porque, lo ha estado meditando, quiere darle una vuelta a su vida.
Se me ocurre preguntarle si esa vuelta no será hacerse lesbiana, pero me callo a tiempo porque, lúcida de pronto, entiendo que no está el horno para bollos. Mientras degusto el sabor agrio del alivio que la invade a una cuando se muerde la lengua a tiempo, Zafrilla sigue con su rollo, que no le gusta cómo es, tan vulnerable, tan ansiosa por conseguir un hombre, que tiene que pensar, marcharse una temporada, pedirse unos días libres y cambiar aunque no sepa aún a qué.
La obligo a prometerme que me llamará en cuanto lo averigüe, tanto si está mal como bien, tanto si se va cerca como lejos, porque me tiene para lo que sea y, antes de colgar, me jura que seré la primera en enterarme, claro, pienso, si soy la única amiga de las buenas que le queda, y me encantaría seguir especulando con qué mosca le habrá picado ahora a ésta para querer irse, pero de golpe viene a mi cabeza el recuerdo de Esteban Olegar que me mintió, como Laura me ha confirmado y como era de esperar, que me dijo que jamás había pisado el apartamento de Olvido, que nunca se había acostado con ella, que sólo la encaró por la calle el día en que murió y a quien, en un solo día, por dos fuentes diferentes, siempre terminan por pillar.
Pero no quiere perder las horas ocupando la mente con su carita de millonario despreciable, con sus maneras insultantes de cortesía cortante, con su perfecto acento de cabrón sabelotodo y engreído. Tengo cosas mejores que hacer y, ensimismada, abre la puerta del archivo y se topa con Reme y París, los dos sentaditos muy juntos, sus cabezas casi chocando como las de dos palomas que se arrullan, dos jugadores de rugby concentrados en una melé o dos chavales traviesos planeando la próxima trastada. Pero no, sólo están viendo fotos, una tras otra caen ante sus ojos las mil expresiones de Virtudes mientras sale de su coche, saluda a los gorilas de la puerta y entra en la mansión de Vito como mamá pata seguida por sus polluelas, putillas novatas o aspirantes a serlo renqueantes en sus tacones, ateridas en sus atuendos.
Читать дальше