Mercedes Castro - Y punto

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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Sí, podría ser este último. Empezaré por él porque, si es quien me temo, sé que no tendría reparo en acabar con una vida que no se plegara a sus caprichos.

Clara descuelga el teléfono decidida, con una sonrisa en los labios incluso, marca el número de un móvil y espera con caima, complacida, alejada de toda duda la sombra de un error.

Un tono, dos, tres, y un mensaje grabado de alguien cuya voz conozco y que anuncia que está ocupado y no va a descolgar por nada del mundo. Da igual. Sé perfectamente qué recado le voy a dejar:

– Buenas tardes, éste es un mensaje para Esteban Olegar. Soy Clara Deza, adivine dónde he encontrado su número privado. Le llamo para comunicarle que he vuelto a pillarle en una mentira y en algo más. Me gustaría que pudiéramos vernos y aclarar algunas cosas. Llámeme, gracias.

Y al colgar asumo que esto es una provocación, que cualquier otro en su sano juicio levantaría el vuelo si fuera culpable, que París me matará en cuanto se entere de lo que acabo de hacer, pero me ha podido el espíritu juguetón de disfrutar como el gato con el ratón y sé que Esteban no huirá. Tiene demasiado que demostrar, hacerme callar, enseñarme que es más listo, más chulo, que lo tiene todo pensado, que ha sabido cubrirse las espaldas con coartadas perfectas, que no le voy a pillar. Por eso llamará, seguro. Sólo tengo que esperar.

Satisfecha, contenta como hace días que no lo está, recoge sus pertenencias, se pone su chaqueta de cuero y se levanta dispuesta a marcharse con una sonrisa en los labios, con un deje de niña resuelta que, más que aprobar, se marca un sobresaliente que nadie apreciará. Pero da igual, no importa, y se permite acercarse al corcho y poner, junto al nombre en clave de la lista, la auténtica personalidad del «Universitario Ambicioso», ahora cabeza del imperio Olegar.

Ya en el coche, entre el tráfico absurdo y los viandantes que maldicen a los antepasados y, especialmente, a la santa madre de nuestro querido alcalde que nos jode la vida con las obras, no puede evitar entrecerrar los ojos agotada y confundir la silueta de los muñecos rojo y verde de los semáforos con la de los dos nombres incluidos en nuestra lista: «Poli Bueno» y «Poli Malo». ¿Quiénes son?, ¿quién demonios podrán ser?

Se acuerda de sus compañeros, de París que salió huyendo por no enfrentarse a Reme, del Bebé que no aparece, de León con sus ojos invisibles e inescrutables, de Santi lleno de tubos, Carahuevo lamiendo culos, Bores enterrado en papeles, Nacho pateando calles, todos, en definitiva, con su propio rol, y asume que tendría que encararles, reunir valor y preguntárselo a la cara. Pero es lo de siempre, otra vez, le doy vueltas y más vueltas a ideas peregrinas en mi cabeza y no soy capaz de llevarlas a cabo.

Me falta valor, me faltan huevos, claro, como que no los tengo, diría cualquiera de éstos para burlarse de mí, para convencerme de que este curro, por más que nos pongamos feministas y hayamos quemado sujetadores en manifestaciones, entiéndeme bien, nena, me caes de puta madre, pero no está hecho para ti. No es personal, de verdad, que te quiero mogollón, que eres como una hija, o como una hermana, o como una mascota para mí, pero se trata de un trabajo para hombres, y punto. No hay más vueltas que darle, o se tienen o no se tienen, los huevos, me refiero. Y sí, de acuerdo, será que me sobra más de medio cerebro para hacerlo y me pesan las ubres y me faltan los susodichos, pero con ellos no es que me sienta femenina, débil, torpe o cobarde, es que ando escasa de rencor y en el fondo los aprecio y sé que alguno está detrás de esos dos nombres en clave, porque no existen las coincidencias, porque todo gira peligrosamente cerca de esta comisaría, porque ya no creo que existan los Reyes Magos y si pienso mal, acierto, y me pierdo y me pierde el temor de tener que encarar al «Poli Bueno» o al «Poli Malo», qué más da, dos maderos en la lista de clientes de una puta asesinada, eso es lo que cuenta, y saber que pueden serlo alguno de ellos, de los que me faltan al respeto, los que me ponen de mal café o se mofan porque me lo tomo todo demasiado en serio, los que me mienten o no cuentan la verdad o nunca sé adónde van.

Como París, recuerda de pronto, París que le dio plantón a Reme el martes por la noche sin explicación alguna, que la dejó tirada sola frente a una cena fría. ¿Tuvo guardia el martes por la noche? Que yo recuerde no, no me suena y casi lo aseguraría, aunque con este baile de ausencias y sustituciones cualquiera se entera. Y la memoria de Clara se inquieta y la conduce mentalmente al panel de corcho donde, además de las fotos de cadáveres que se acumulan en su conciencia como deberes pendientes, además de las pocas identidades reveladas en la lista de Olvido y de un calendario precario de muertes y horarios, se cuelga la tabla de turnos para la guardia frente a la casa de Vito, una guardia que no sé ni por qué se sigue haciendo si desde que me entrevisté con él quedó bien claro que nos ha pillado, murmura para sí, vaya tontería gastar tiempo y efectivos, disfrazándonos de repartidores de periódicos o de verduleros cuando, en el fondo, ellos saben que estamos y nosotros sabemos que lo saben y todo se reduce, imagino, a esperar el momento en que tengamos que actuar. Pero eso, a fin de cuentas, no es ahora asunto mío, quién lo iba a decir, con las ganas con que lo cogí no hace ni una semana, y sí lo es el saber dónde se metió Carlos, mi Carlos París, un martes por la noche sin novia y sin guardia que cumplir.

Mete un frenazo con su coche en mitad de la calzada, los automovilistas de atrás pitan e insultan a partes iguales, busca una ocasión, espera su oportunidad, su turno para ejecutar una pirula, cambiar de sentido de circulación y volver a comisaría, volver de nuevo a la caza, volver de nuevo a la vida.

Casi sin aliento aparca sobre la acera de la comisaría, menos mal que el gordo a estas horas no está, andará cenando en su casa con los pies en remojo de tanto currar sin sentarse, la columna hecha un ocho y su mujer dándole friegas y preguntándole por qué no lo van a cambiar nunca de destino, por qué tiene que ser siempre el que pringue en la puerta, por qué nadie se da cuenta de lo que vale, nadie le da una oportunidad. Cómo decirle que hasta él mismo sabe que no sirve para más, cómo decirle a ella, que no entiende de escalafones y titulaciones, que se sabe tan quemado que es imposible que se domine y se llegue a callar, siempre soltando barbaridades, metiéndose con las agentes novatas que en unos meses ya tendrán la misma categoría que él, esas niñatas acomodadas que tuvieron tiempo y apoyo para estudiar y que le llaman morsa y caraculo y ni se molestan en saludarle cada vez que se proponen entrar.

El tablón del turno de vigilancias me observa, no me pierde de vista desde sus ojos como celdas clavados en la pared. Lo único que tengo que hacer es comprobarlo, ¿tenía guardia París el martes por la noche? Y siempre es lo mismo, el miedo a saber, a descubrir farsas que me decepcionen, falsedades que me duelan, traiciones que me puedan lastimar pero qué más da si al fin y al cabo casi todos me han decepcionado ya. Vamos, hazlo. Acércate y mira. Échale un par.

No. No tenía guardia. Y Javier el Bebé tampoco. Ambos estaban libres para buscarse como alternativa un ligue pasajero o acechar a un compañero en lo más recóndito del monte. ¿Es eso lo que haría París?, ¿ponerle los cuernos a Reme, esa histérica, preferir salir solo o llegar tarde antes que soportarla toda una noche hablando sin parar? Imposible saberlo, imposible conjeturar dónde se metió o si quiso de verdad quitarse a Santi de en medio. Y qué motivos tendría. No se me ocurre ni uno. Apenas se conocen, es un recién llegado, ¿de dónde vendrá, qué amigos tendrá en otras comisarías, en otras ciudades, qué conocidos entre los jefazos de las mafias locales? Pero no, vaya tontería, París es demasiado recto, demasiado cuadriculado, demasiado cobarde. Para todos estos asesinatos ha hecho falta un poco de creatividad, un cierto sentido de la gamberrada, un dejarse llevar más lúdico, más cruel.

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