Gioconda Belli - La Mujer Habitada

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La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimentos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchado contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, joven arquitecta, moderna e independiente, que al terminar sus estudios en Europa ve su país con ojos diferentes. Mientras trabaja en un estudio de arquitectos, Lavinia conoce a Felipe, y la intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el desenlace final.

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Pero era mejor que el tiempo hubiese doblado ya la esquina, poder recordar el momento sabiendo que formaba parte del pasado. No se sentía capaz de volver a vivir nada semejante.

Cuando regresó a la casa, la encontró limpia. Era miércoles. Lucrecia había llegado. Encendió las luces del patio. Miró el naranjo cargado de frutos. Se sirvió un trago y se dejó caer en la hamaca.

Estuvo así un largo rato, escuchando la música, sintiendo el fresco de la noche, atesorando la calma. Sólo al levantarse para llamar por teléfono a Sara, a Antonio, tuvo un momento de desasosiego. Aquí estaba su ansiada normalidad y, sin embargo, sentía como si su casa y su vida se hubieran vaciado de repente. Con el auricular en la mano, fumando un lento cigarrillo, imaginó la conversación intranscendente a punto de suceder y se preguntó qué era lo que realmente amaba de esta "tranquilidad"; ¿sería que realmente la amaba o era que la noción de independencia, de mujer sola con trabajo y cuarto propio, eran opciones incompletas, rebeliones a medias, formas sin contenido?

Ahora nada sucedería, pensó; podía predecir sus días uno tras otro.

Este espacio era una isla, una cueva, un encierro benevolente de estatua ciega en un jardín romano: el dominio de la soledad, su más brillante conquista. Aquí podría permanecer mientras el mundo se desataba en lluvia y Sebastián y Flor y Felipe y quién sabe cuántos más estaban allá afuera peleando contra molinos de viento, con su aire de árboles serenos.

Está detenida en el umbral de las preguntas. No se responde. Sólo yo que estoy aquí, oculta, puedo soñar, vislumbrar conjunciones, caminos que se bifurcan. Sólo yo siento los imperativos de la herencia, mientras ella intuye vuelcos en su corazón, sin poder nombrarlos.

Los españoles decían haber descubierto un nuevo mundo. Pero nuestro mundo no era nuevo para nosotros. Muchas generaciones habían florecido en estas tierras desde que nuestros antepasados, adoradores de Tamagastad y Cippatoval, se asentaron. Éramos nahuatls, pero hablábamos también chorotego y la lengua niquirana; sabíamos medir el movimiento de los astros, escribir sobre tiras de cuero de venado; cultivábamos la tierra, vivíamos en grandes asentamientos a la orilla de los lagos; cazábamos, hilábamos, teníamos escuelas y fiestas sagradas.

¿Quién podrá saber cómo sería ahora todo este territorio si no se hubiera dado muerte a chorotegas, caribes, dinones, niquiranos…?

Los españoles decían que debían "civilizarnos", hacernos abandonar la "barbarie". Pero ellos, con barbarie nos dominaron, nos despoblaron.

En pocos años hicieron más sacrificios humanos de los que jamás hiciéramos nosotros en la historia de nuestras festividades.

Este país era el más poblado. Y, sin embargo, en los veinte y cinco años que viví, se fue quedando sin hombres; los mandaron en grandes barcos a construir una lejana ciudad que llamaban Lima; los mataron, los perros los despedazaron, los colgaron de los árboles, les cortaron la cabeza, los fusilaron, los bautizaron, prostituyeron a nuestras mujeres.

Nos trajeron un dios extraño que no conocía nuestra historia, nuestros orígenes y quería que lo adoráramos como nosotros no sabíamos hacerlo.

¿Y de todo eso, qué de bueno quedó?, me pregunto. Los hombres siguen huyendo. Hay gobernantes sanguinarios. Las carnes no dejan de ser desgarradas, se continúa guerreando.

Nuestra herencia de tambores batientes ha de continuar latiendo en la sangre de estas generaciones.

Es lo único de nosotros, Yarince, que permaneció: la resistencia.

Capítulo 8

LEVANTÓ LOS ojos del plano y miró el paisaje al atardecer, el cielo enrojecido por las quemas de abril.

Le dolía el vientre y estaba cansada. Se ponía así con la menstruación; sensible, lánguida. Hubiera querido estar en otra parte, en otro tiempo, pensó, ser una dama del siglo XVIII, amiga o amante de alguno de los poetas románticos, derrumbada, leve, junto a la chimenea en un mes de abril invernal. Pero nada romántico le sucedía últimamente.

Estaba de mal humor. Hacía poco, Felipe había entrado a explicarle por qué no le fue posible llegar el día anterior a su casa: una reunión urgente, no pudo avisarle, no había teléfono en el lugar.

Ella lo esperó toda la noche. Primero, vestida, arreglada, con el pelo bien cepillado, leyendo la impaciencia en un libro cualquiera. Después, acostada, despierta aún en la madrugada, temerosa de dormirse y no oír los golpes en la puerta, hasta que el sueño finalmente la venció.

Desde los días de Sebastián, Felipe evadía hablar con ella sobre el Movimiento. Se había convertido en un tema tabú entre ellos. A las preguntas de Lavinia, deseos de entender, débiles intentos de aproximarse, respondía con evasivas, con aire paternal. Al principio a ella le vino bien. No sabía qué habría podido pasar si Felipe hubiera intentado involucrarla en el Movimiento inmediatamente después de lo acontecido. Le tomó semanas recuperarse del impacto, sobreponerse a las dudas de si continuar o no su relación con él, volver a sentir pleno el espacio de su casa, productiva su soledad, satisfactoria la amistad de los de siempre; volver a asumir su relación con Felipe a pesar de…

Muy dentro de ella, sin embargo, no lograba comprender la actitud de él; le producía rechazo. Felipe había aceptado con demasiada mansedumbre sus miedos, sus argumentos de que era mejor mantener cada cosa en su lugar: no contaminar la relación con discusiones o acciones que eran propias de opciones individuales… Había permanecido receptivo a la andanada de razones que ella le esgrimiera, cuando temerosa de que él intuyera la vulnerabilidad de sus dudas, lo sentó las noches siguientes a la partida de Sebastián, en el corredor junto al naranjo, lanzándole argumentos tras argumentos para convencerlo de que desistiera de un empeño que él ni siquiera había intentado.

Recordó cómo Felipe la había escuchado silencioso, asintiendo; de acuerdo con ella en todos los puntos planteados.

– Sé que no podemos nadar juntos -había dicho él por fin-. Vos sos la ribera de mi río. Si nadáramos juntos, ¿qué orilla nos recibiría?

Admitió -para desmayo de Lavinia- necesitar el oasis de su casa, de su sonrisa, de la tranquila certeza de sus días.

"Lo de Sebastián fue una emergencia. No lo hice para involucrarte. Créemelo", le decía.

Convencerlo de desistir había sido, pensaba Lavinia, excesivamente fácil. Era evidente que Felipe no deseaba en lo absoluto verla involucrada y ella, sin sospecharlo, le había allanado el camino.

No era lógico, pensaba Lavinia. Lo lógico habría sido que él intentara compartir con ella lo que daba sentido y propósito a su vida. Que lo intentara, aun cuando ella insistiera en negarse.

En el fondo, culpaba a Felipe de su propio miedo, de que no la ayudara a luchar contra el agudo temor que la posibilidad de involucrarse le producía (aunque Sebastián había dicho que era valiente, y a ella le hubiera gustado creer aquello) y que más bien lo atizara con relatos terribles de torturas y persecuciones. O sería su espíritu de contradicción, pensaba, porque tampoco estaba segura que el intento de parte de Felipe de reclutarla no la hubiera apartado, puesto en guardia, ahuyentado, no sólo del Movimiento, sino de él mismo.

Últimamente Lavinia no se entendía. No entendía por qué le producía mal humor que Felipe no le hablara del Movimiento. Ella no quería estar en el Movimiento, se repetía. Y, sin embargo, hablar, preguntar sobre eso, se le había convertido en una atracción irracional. Una constante tentación, una incitación inexplicable. Y jamás imaginó a Felipe refrenándola, conteniéndola, negándole el conocimiento.

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