Apagó luces y cerró ventanas. Lavinia la siguió hacia el pequeño garaje donde un viejo automóvil Volkswagen estaba aparcado.
– ¿Te contrachequeaste viniendo para acá? -dijo Flor, abriendo la puerta del vehículo.
– ¿Qué? -preguntó Lavinia, sin entender.
– ¿Chequeaste que nadie te seguía? -aclaró Flor.
– Sí, sí. No vi a nadie.
Abrumada por el cúmulo de sensaciones de las últimas horas, reaccionaba lentamente, advenediza en ese mundo ajeno y peligroso. En nada se parecía a todos ellos, tan expertos en la conspiración, pensó. Observó a Flor sacar el vehículo, cerró las puertas del garaje. Al igual que Sebastián, emanaba un aire de árbol sereno.
Se le hacía irreal estar súbitamente en contacto con estos seres. Siempre los imaginó de rostros agudos, ojos iluminados por visiones quiméricas, fanáticos, especie de samurais. Ridículos clichés del cine, se recriminó con vergüenza. Jamás sospechó que serían seres normales, personas corrientes.
Felipe, nada menos, resultó ser uno de ellos. Quizás era sólo su romanticismo el que atribuía a Sebastián y Flor un aire de paz, firmeza y equilibrio. Sería su imaginación la que los dotaba de miradas penetrantes, aunque no podía negar el matiz de camaleón de Flor que ahora, mientras subía al vehículo y encendía el motor, ya no se parecía en nada a la enfermera de la puerta.
Dejaron las calles oscuras de los barrios orientales y salieron a la avenida que conducía al barrio de viejos de Lavinia.
– Es una suerte que Sebastián esté bien -dijo Flor-. Yo estaba muy preocupada. No sabíamos nada de él.
– ¿Lo conoces de hace mucho? -preguntó Lavinia.
– Más o menos -dijo Flor, evasiva-. Y vos ¿sos amiga de Felipe, verdad?
– Sí. Trabajamos juntos.
– Pero no sabías nada de esto…
– No.
– Te debiste asustar…
– Nunca me lo imaginé.
– Así es esto -dijo Flor- cuando uno menos se lo imagina…
Sí, pensó Lavinia, cuando uno menos lo imagina resulta que se traspasa el espejo, se entra en otra dimensión, un mundo que existe oculto a la vida cotidiana; sucede esto de ir en automóvil conversando con una mujer desconocida, que ha transgredido la línea de fuego de la rebelión. Para Flor, sin duda, las rebeliones de ella, su rebelión contra destinos casamenteros, padres, convenciones sociales, eran irrelevantes capítulos de cuentos de hadas. Flor escribía historias con "h" mayúscula; ella, en cambio, no haría más historia que la de una juventud de rebelde sin causa. La miró mientras conducía. Flor hablaba. Comentaba sobre el tráfico, los semáforos. Trivialidades. No parecía del todo nerviosa. Lavinia sintió un ribete de admiración por ella. ¿Cómo se sentiría? pensó ¿cómo sería vivir el lado "heroico" de la vida? Recordó su vieja admiración por las hazañas heroicas, nacida de los libros de Julio Verne. Admiración adolescente. En el mundo real y moderno no era fácil convertirlos a ellos en seres míticos. Igual que Adrián, admirándolos por su valentía. Debía tener cuidado, pensó. Sobre todo con Felipe tan cercano. No se le ocurriera acariciar la idea de ser uno de ellos. Nada tenía en común con "los valientes", que sabían, como Flor, ir tranquilos en un automóvil por la noche en medio de una ciudad de calles oscuras por donde transitaban los FLAT (jeeps de las Fuerzas de Lucha Antiterroristas), camino a curar a un guerrillero herido, con una persona totalmente extraña que le entregó un papel doblado.
Flor le hacía preguntas. Lavinia cedió a la tentación de hablar sobre sí misma; hablar con alguien que la escuchaba con tanta atención, hablar con una mujer, un ser sujeto como ella a programaciones ancestrales y que, sin embargo, vivía en un plano tan insólito de la realidad, inserta en la conspiración como en un habitat natural, lejos de todos los preconcebidos destinos de la feminidad. Pensó que podría preguntarle cómo era ese tipo de vida, pero el camino no fue lo suficientemente largo.
– Aquella es la casa -dijo, señalándola.
Flor pasó frente a la casa sin detenerse, aparcándose varias cuadras más adelante, explicándole a Lavinia que no era conveniente estacionar el vehículo en el propio lugar, no podían arriesgarse a que los detectaran.
Caminaron. Sus pasos resonaban en las aceras vacías. Los fantasmas señoriales se ocultaban dentro de los dormidas residencias. Algunos perros merodeaban las latas de basura.
Lavinia miraba a la mujer silenciosa, pensativa, caminando a su lado con el maletín negro de médico en la mano. Nada sabía de Flor. Hábilmente había evadido hablar sobre sí misma. Así funcionaban seguramente, pensó. Cuando entraron en la sala de la casa, donde esperaban los hombres, Lavinia se preguntó si Flor habría conocido a los otros tres, los muertos, los que flotaban en el ambiente de su casa. El periódico estaba nítidamente doblado sobre la mesa del comedor. Se abrazaron. Primero la abrazó Sebastián y luego Felipe; un abrazo de náufragos sobrevivientes y Flor con los ojos cerrados.
Después los tres rompieron el tenue círculo de afecto y silencio, hablando acerca del brazo de Sebastián. Flor dijo que la mano se veía un poco hinchada. Pasaron al dormitorio con el maletín de la enfermera.
Lavinia entró con ellos. No quería quedarse afuera, aparte, sola.
Pretextó para sí misma que quizás la necesitarían para los algodones, el agua oxigenada. No parecieron evitar su presencia.
Se quedó de pie, mientras Sebastián, sentado en la cama, dejaba que Flor descubriera el improvisado vendaje.
– Está bastante inflamado -dijo- ¿Le dieron algún antibiótico? -preguntó volviéndose a Felipe.
– Sí -dijo éste- ampicilina -y le explicó la dosis.
Con precisión profesional, Flor abrió el maletín negro y sacó algodón y vendas. Lavinia no pudo evitar el salto de su sangre cuando vio, en medio de ampolletas, jeringas y frascos, dos pistolas negras sobre el fondo blanco. ¡Y ella había atravesado todo la ciudad con aquella mujer en el carro, pensó, con las pistolas sólo cubiertas por la gasa y las vendas…!
– ¡Ah!, qué bueno. Las trajiste -dijo Sebastián sin inmutarse. El también las había visto.
A Lavinia las dudas, los reproches la asaltaron de nuevo. Tuvo ganas de reclamarles que la hubieran envuelto en todo eso. Pensó en el aire inocente y sereno de Flor cuando venían en el carro; cuando le preguntó sobre Italia, los resabios del fascismo, lo que discutían los estudiantes. Ella, ignorante del contenido del maletín, lo llevaba a sus pies todo el trayecto y hasta le ofreció a Flor cargarlo mientras caminaban hacia la casa.
La negra silueta de las pistolas la devolvió al miedo; al miedo diluido en la curiosidad de observarlos.
Es un esfuerzo mantener su miedo anclado, no permitir que se derrame libremente por su sangre. El miedo es oscuro y a la vez brillante. Rodea sus pensamientos cual una red que se atenazara hasta provocar la inmovilidad, igual que la picadura de las serpientes amarillas de nuestras selvas. Yo sentí miedo muchas veces. Recuerdo la primera visión de las bestias sobre las que llegaron los españoles. Al principio creímos que juntos formaban un solo cuerpo. Los pensamos dioses del inframundo. Pero morían. Ellos y sus bestias morían. Todos éramos mortales. Cuando por fin lo descubrimos, era tarde. El miedo nos jugó sus trampas.
Flor terminó de limpiar la herida, el corte abierto de la piel mostrando un boquete rojo. La bala había penetrado desde atrás del brazo, donde el agujero era menor, saliendo un poco arriba del codo en un corte irregular. Todo el área circundante, incluyendo la mano, lucía una coloración profunda.
Después de pedirle a Sebastián que realizara una serie de movimientos con el brazo -cosa que él hizo sin ocultar el dolor que le causaba-, Flor, convencida de que la bala no había afectado seriamente el movimiento, dijo que debía suturar la herida para asegurar la cicatrización y evitar el peligro de una infección de graves consecuencias.
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