Lo único cierto era que estaba confundida. Se sentía sola aun cuando él la acompañara; sola con una soledad existencial, cámara de vacío.
Estaba con un hombre que pertenecía a propósitos que en nada se parecían a los suyos. Un hombre que, obviamente, la consideraba tan sólo un "remanso amable" de su vida. Un hombre que podría desaparecer cualquier día, tragado por la conspiración. Debía dejarlo, pensaba. Pero no podía. Si antes la atraía, ahora la atracción era doble. El halo de misterio y peligro la atraía muy a su pesar. No quería quedarse al margen pero tampoco se atrevía a dar el salto mortal. Quizás si él insistiera lo consideraría. A veces deseaba que lo hiciera. Se preguntaba si no debía ella darle más a la vida que independencia personal y cuarto propio. Pero Felipe evadía toda referencia y últimamente casi no lo veía.
La ciudad estaba alborotada de protestas. El Gran General había ordenado el alza de los precios del transporte colectivo y la leche. La población, azuzada por grupos de estudiantes y obreros, se lanzaba en manifestaciones, mítines nocturnos en los barrios. Además de protestar por los nuevos precios, la gente exigía la liberación de un profesor acusado de colaborar con el Movimiento, quien había iniciado una huelga de hambre en la prisión.
En la universidad se quemaban buses, se organizaban fogatas por la noche; el Gran General había ordenado la censura de prensa: el clima de las calles era bélico y fogoso.
Felipe participaba de aquellas revueltas, estaba segura; mientras a ella no le quedaba en esos días, nada más que esperarlo luchando en su interior, tratando de no sentir que el amor se convertía en angustia y opresión.
No quería hacer de Felipe el centro de su vida; devenir en Penélope hilando las telas de la noche. Pero aun a su pesar, se reconocía atrapada en la tradición de milenios: la mujer en la cueva esperando a su hombre después de la caza y la batalla, amedrentada en medio de la tormenta, imaginándolo atrapado por bestias gigantescas, herido por el rayo, la flecha; la mujer sin reposo, saltando alerta al escuchar el gruñido llamándola en la oscuridad, gruñendo, también, sintiendo júbilo en su corazón al verlo regresar a salvo, contento de saber que al fin comería y estaría caliente hasta el día siguiente, hasta que de nuevo el hombre saliera a cazar, hasta el próximo terror, el miedo, la foto en el periódico, la respiración de las fieras.
Penélope nunca le simpatizó. Quizás porque todas las mujeres, alguna vez en su vida, se podían comparar con Penélope. En su caso, no era asunto de temer que Ulises no se tapara los oídos a los cantos de sirenas, como sucedía con la mayor parte de los Ulises modernos. El problema de Felipe no eran las sirenas; eran los cíclopes. Felipe era Ulises luchando contra los cíclopes, los cíclopes de la dictadura.
Y el problema de ella, moderna Penélope a su pesar, era sentirse encerrada en la casilla limitada de la amante, sin otro derecho al conocimiento de la vida que el de su propio cuerpo; la abundante sensualidad compartida, los pétalos de vergüenza que Felipe deshojaba cada vez que entraba más y más profundamente en su intimidad, arrodillándose para abrirle las piernas y mirar su sexo húmedo, bebérselo copa de polen, abeja detenida sobre la corola de la flor, sorbiendo el perfume salobre hasta que ella aflojaba los goznes de la puerta, le entregaba los pasillos subterráneos, los fosos del castillo rodeando la pequeña torre del placer que la boca de él asediaba con su ejército de lanzas, rindiéndole todas las pieles, metiéndose en su vientre hasta que la ola final los arrojaba jadeantes, vencidos, en el maullido de la claudicación.
Pero ella no podía penetrarlo. No podía siquiera recriminarle su actitud, su deseo de confinarla, de guardarla para crearse la ilusión del oasis de palmeras. No podía reclamarle que la utilizara para satisfacer su necesidad de hombre común y corriente de tener un espacio de normalidad en su vida: una mujer que lo esperara. Hacerlo significaría tomar una decisión para la cual no estaba ni convencida, ni madura; o dejarlo de una vez. No se decidía por las alternativas y la falta de decisiones la sometía a la espera.
En balde, pensó Lavinia, los siglos habían acabado con los espantos de las cavernas: las Penélopes estaban condenadas a vivir eternamente, atrapadas en redes silentes, víctimas de sus propias incapacidades, replegadas, como ella, en Itacas privadas.
Sintió rabia contra sí misma. Últimamente era el sentimiento que predominaba. No tenía humor siquiera para ver a Antonio, Florencia y los demás, que se cansaban de llamarla. El mundo de ellos se había empequeñecido, nublado por los conflictos que ella no osaba resolver.
La noche había descendido a su alrededor. La oficina se había quedado silenciosa y oscura. El sonido de la quietud, rompió su ensimismamiento. Se sobresaltó de estar allí, sola, tan tarde.
Salió rápidamente, recogiendo su bolso, atravesando asustada los pasillos, hasta llegar al ascensor, a la calle donde finalmente se despojó de la extraña sensación de trampa y encierro.
"Son apenas las siete de la noche" pensó, mirando su reloj mientras caminaba al parque a buscar su automóvil recién comprado. No quería irse a su casa pero tampoco sentía deseos de visitar a Sara o al grupo. La imposibilidad de compartir sus dudas con ellos aumentaba la sensación de soledad. Recordó lo mal que se sintiera el domingo anterior, en el paseo a la finca propiedad del padre de Florencia. Le había dado por sentirse incómoda frente a los campesinos que observaban al grupo de jóvenes ricos de la ciudad. No pudo apartar de sus pensamientos las imágenes de Sebastián y Flor. No pudo dejar de preguntarse qué pensarían si la vieran en esas algarabías de muchachos mimados.
Y le sucedía con frecuencia. Veía a Sebastián y Flor como en un filme. Era como si la irrupción de aquel episodio en su vida se hubiese convertido en una fractura resquebrajando el orden de un mundo tan aparentemente inalterable. ¿Por qué la alteraría tanto?, se preguntó. Hasta sus sueños habían invadido. Soñaba con guerras y hombres y mujeres morenos.
Se le estaba convirtiendo en un tema obsesivo, un vértigo cuya atracción resistía.
Se debate con las contradicciones. Uno y otro día la he sentido bambolearse sin poder evadirse, sin poder huir, asomándose como quien contemplara un precipicio. No sé si debo insistir. No sé si puedo. No me son claras aún las relaciones. Sé que ciertas imágenes de mi pasado han entrado a sus sueños; que puedo espantar su miedo oponiéndole mi resistencia. Sé que habito su sangre como la del árbol, pero siento que no me está dado cambiar su sustancia, ni usurparle la vida. Ella ha de vivir su vida; yo sólo soy el eco de una sangre que también le pertenece.
Lo peor era no poder hablar con nadie de todo aquello, no poder discutir sus sentimientos, sus dudas. Las conversaciones con Sara habían adquirido una calidad etérea, de realidades a medias. Lavinia no podía siquiera mencionarle su insatisfacción en la relación con Felipe, sin explicar las razones. Por otra parte, tampoco podía responder a las preguntas de Sara sobre planes y expectativas habituales en relaciones de pareja, aun cuando este aspecto era más fácil de justificar con criterios de "modernidad". Lavinia pensaba en cuan paradójico era para ella desear ahora seguridad y estabilidad, lo tradicional, en una relación que no permitía más futuro que el instante. Felipe le había advertido las posibilidades de tener que "pasar a la clandestinidad" en algún momento. Ella le respondió citando un soneto de Vinicius de Moráis, el poeta y músico brasileño, sobre el amor: "Que no sea inmortal puesto que es llama, pero que sea eterno mientras dure", defendiendo la belleza del instante, de vivir el presente. Pero había que reconocer lo difícil que era vivir con el futuro sumido en la incertidumbre, sin ser parte del propósito, sin poder compartir las inseguridades con nadie.
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