Gioconda Belli - La Mujer Habitada

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La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimentos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchado contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, joven arquitecta, moderna e independiente, que al terminar sus estudios en Europa ve su país con ojos diferentes. Mientras trabaja en un estudio de arquitectos, Lavinia conoce a Felipe, y la intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el desenlace final.

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"Me resistí", dijo, "pero empecé a pensar, a llorar". Y, entre encontronazo y llanto con Sebastián, continuó Flor, sucedió que un día la guardia allanó la universidad. "Esconde esta pistola en tu bolso", recordó que le dijo Sebastián en el momento espantoso en que oyeron las sirenas acercándose al mitin, cuando la discusión rompió en golpes de un bando estudiantil contra el otro. "Salí rápido. Te vas a tu casa. Espérame que llego en la noche", le dijo. Salió atolondrada, relataba Flor, deslumbrada de que él pudiera confiar en ella; que no pensara que podía denunciarlo si la agarraban con la pistola en el bolso. "Confió en mí, y me hizo pasar uno de los peores momentos de mi existencia", añadió. Horas después, Sebastián había aparecido en la casa de ella como si nada, reclamando la pistola que guardaba en la gaveta de ropa interior. Sin mucho preámbulo, la convenció de dejar la casa del tío, comprar con dinero ahorrado esta casa donde ahora vivía y colaborar de lleno con el Movimiento.

"Me convenció su confianza" -dijo Flor-. "O la aceptaba o seguía siendo la cosa ridícula que era, supuestamente para vengarme del tío."

Después había tenido que atravesar incontables pruebas de fuego; convencerse de que el Movimiento no era -y así se lo decía Sebastián constantemente- un grupo de "terapia sicológica"; que no debía verse únicamente como un mecanismo para tener algo "por qué vivir"; logró por fin, no sólo reconciliarse consigo misma, sino asumir una responsabilidad colectiva. "Si tan sólo para que ninguna madre campesina tenga que 'regalar' a sus hijos a parientes ricos, creyendo que sólo así logrará hacerlos alguien", dijo.

Flor recostó la cabeza contra el espaldar de la silla. Lavinia había escuchado en silencio su relato, conmovida; asombrada de que Flor hubiese confiado en ella.

– No fue fácil -añadió Flor-. Estas decisiones nunca son fáciles. Sólo que a veces las cosas suceden y lo encuentran a uno en el momento preciso… pero nadie decide por uno. Tu problema no es Felipe.

– Yo sé -dijo Lavinia, defensiva- pero me parece que él tiene alguna responsabilidad, siendo como es, la persona más cercana a mí.

– Obviamente, lo que él quiere es el "reposo del guerrero" -sonrió Flor- la mujer que lo espere y le caliente la cama, feliz de que su hombre luche por causas justas; apoyándolo en silencio. Si hasta el Che Guevara decía, al principio, que las mujeres eran maravillosas cocineras y correos de la guerrilla, que ese era su papel: "Esta lucha es larga”.

– Pero yo no quiero ser solamente la ribera de su río… -dijo Lavinia.

– Pues, si querés, yo te puedo dar algunos materiales para que conozcas mejor qué es y qué pretende el Movimiento -dijo Flor-. Así no tendrás que recurrir a él, si eso es lo que te inquieta; así vas a poder tomar tus propias decisiones. Así lo podrás esperar en la tal "ribera de su río", con un arco y una flecha.

Lavinia rió y rió. La risa le sacó lágrimas de los ojos. Ni ella misma sabía por qué la súbita carcajada naciéndole del pecho, incontenible, borboteando risa: visiones de mujer tensando el arco, divertida, juguetona, esperando ver surgir del agua, la cabeza del hombre.

Se calmó con dificultad.

No sabía si encontraría en los materiales las respuestas, dijo Lavinia, pero estaba bien; los leería. Felipe se merecía un flechazo.

– Cuidado -dijo Flor-. Esto es un asunto tuyo, no de Felipe. Salió de la casa de Flor con los "materiales" en el bolso. ¿Era eso lo que había llegado a buscar?, se preguntó. Estuvo a punto de decirle a Flor que no, que no se los diera. Ella no era para eso, no se sentía capaz, el miedo; pero no pudo negarse. Había ido ya demasiado lejos. Sin saber por qué, había estado coqueteando con la idea, persiguiéndola como gato tras su propia cola. A fin de cuentas, al menos tenía que aclararse consigo misma; saber si su inquietud era legítima o sólo su manera de disfrazar el desencanto de que Felipe no la incorporara a lo que ella consideraba era algo tan fundamental en su vida.

Debía cuidar los materiales. Si la descubrían con ellos podía caer presa, había dicho Flor, entregándole varios folletos impresos en mimeógrafo: la historia del Movimiento, su programa y estatutos, las medidas de seguridad (no estaba mal que las conociera -dijo- sobre todo por su reciente experiencia con lo de Sebastián). Después de leerlos, Lavinia debía devolvérselos.

Apretó el bolso al entrar al carro, lo puso cerca de ella, a su lado, sobre el freno de emergencia. Flor la despedía desde la puerta levantando la mano. Lavinia pensó otra vez en los árboles; hasta la voz de Flor, al final, cuando le daba instrucciones sobre los materiales, crujía un poco, como alguien caminando sobre hojas.

Encendió el motor y salió hacia la avenida. Avanzaba a través de la noche rumbo a su casa, cuando vio la patrulla de policía en la esquina. El corazón le dio un vuelco. La circulación de la sangre la invadió de calor. Apretó el timón, bajó la velocidad y rogó a todos los santos que no la detuvieran. "¿Qué he hecho? ", pensaba, acalorada. ¿Y si el policía, mientras le pedía la licencia, veía los papeles en su bolso? ¿Y si notaban su nerviosismo?

Pasó al lado de los policías, despacio, sin mirarlos. No la detuvieron. Siguió su camino. Apenas podía controlar el temblor de las piernas, las ganas de llorar.

"Esto no es juguete", pensó mientras tocaba y volvía a tocar el bolso con los papeles; mientras se cercioraba de que nada irremediable había sucedido. "No es una muñeca lo que llevo", se dijo, continuando la regresión infantil provocada por el miedo, lentamente calmándose con pensamientos dispersos.

Recordó las muñecas sacadas del armario pulcramente arreglado por su tía Inés, las que ella llevaba a escondidas al mueble donde se guardaba la máquina de coser, su escondite favorito, para escudriñarlas y buscarles el corazón. "Es una destructora" -decía su madre-; porque las bañaba hasta que la pintura se les borraba y quedaban con las bocas pálidas o con un ojo azul y otro café; las peinaba hasta que se les caía el pelo; las revisaba de arriba abajo buscándoles algún rasgo humano; algo que diera sentido a los acurrucos que les dispensaba, a sus cariños de niña sola, hija única, tratando de encontrar compañía de su edad.

Recordó su desilusión cuando, muñeca tras muñeca, sus ojos encontraron los pechos huecos; cuando comprendió que malgastaba mimos y caricias, canciones de cuna; cuando comprendió que ninguna muñeca tenía corazón.

¿Qué diría su madre si la viera?, pensó Lavinia, acelerando nerviosa en el semáforo en verde, ansiando llegar a su casa, sintiendo que toda la ciudad sabía que la cruzaba con su cargamento de papeles clandestinos.

Cuando llegó, encontró a Felipe dormido frente al televisor. No esperaba verlo. Recientemente le había dado copia de la llave de la casa para evitar las esperas inútiles por la noche, el temor de no escuchar los golpes en la puerta. Pero era la primera vez que él la usaba. Se movió sigilosamente para no despertarlo y entró al dormitorio pensando en un buen lugar donde esconder los papeles.

Miró a su alrededor y sus ojos alcanzaron la vieja muñeca empolvada en lo alto del armario. Asociándola a sus recientes reflexiones, la bajó, le removió la cabeza, metió los papeles en el pecho hueco y volvió a cerrarla con la cabeza. "Ahora tendrá corazón", pensó. Regresó a la sala donde la luz proveniente de la televisión alumbraba únicamente. Los actores seguían su representación, indiferentes al espectador dormido.

Miró a Felipe. Parecía una estatua derrumbada, indefenso. Le gustaba verlo dormir. Era un curioso estado el del sueño, se dijo, cómo apagarse, salirse del aire; una "pequeña muerte". Según las creencias orientales, en el sueño, el espíritu se separa del cuerpo y hace viajes astrales a otros planos de la existencia. ¿Dónde estaría Felipe ahora?, se preguntó. Se recostó en los cojines, entreteniéndose en contemplarlo. La televisión pasaba el noticiero de medianoche: el Gran General inauguraba un supuesto programa de reforma agraria para los campesinos. Hablaba de "revolución" en el campo. Trataba de despojar de significado a la palabra, apropiársela, descontaminarla. Era un hombre repulsivo, de mediana estatura, barrigón, blanco, de pelo negro, con sonrisa artificial de dientes cuidadosamente pulidos, manos finas. Se movía con aire de poder, de superficialidad benevolente y a su alrededor el séquito de ministros, sonriendo sonrisas serviles.

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