Gioconda Belli - La Mujer Habitada

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La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimentos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchado contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, joven arquitecta, moderna e independiente, que al terminar sus estudios en Europa ve su país con ojos diferentes. Mientras trabaja en un estudio de arquitectos, Lavinia conoce a Felipe, y la intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el desenlace final.

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¡Ah! ¡Cómo duda! Su posición se lo permite. Piensa demasiado. Son tupidas las vendas sobre sus ojos. En nuestro tiempo, cuando llegó la guerra, muchas mujeres hubo que debieron despertar, reconocer la desventaja de haberse pasado tanto tiempo cultivando el ocio y la docilidad.

Fui afortunada. Aunque mi madre se enfurecía, yo siempre tuve inclinación por los juegos de los muchachos, los arcos y las flechas.

Ella no concebía que las mujeres pudieran guerrear, acompañar a los hombres.

Aquella tarde cuando Yarince llegó con sus hombres a Taguzgalpa, el día que nuestros ojos quedaron engarzados para siempre, ella lo supo. Supo que al amanecer, yo me iría con él a combatir contra los invasores.

Me esperó al lado del fogón. Al acercarme, me miró; una mirada triste que le había aparecido desde que los combates con los españoles dejaron de ser noticias lejanas.

Sus manos fuertes apelmazaban la masa del maíz, dándole forma redonda. -Has estado con los guerreros -me dijo. Y su voz decía: cometiste falta; no es lugar de mujer; te alborotaron la sangre.

– Vienen de lejos -dije- son caribes. Dicen que debemos alzarnos, luchar. De lo contrario, todo terminará. Nos matarán para quedarse con las tierras, los lagos, el oro. Destruirán nuestro pasado, nuestros dioses. Muchos hombres se irán mañana con ellos a combatir. Saldaremos las viejas enemistades. Nos uniremos contra los hombres rubios. Yo también quiero ir.

– Te he dicho que la batalla no es lugar para mujeres. Sabiamente ha sido dispuesto el mundo. Tu ombligo está enterrado debajo de las cenizas del fogón. Este es tu lugar. Aquí está tu poder.

– Yarince, el jefe, dijo que me llevaría.

– Sí -dijo mi madre-. Vi cómo te miraba en la plaza. Te vi mirarlo.

Bajé los ojos. Nada quedaba oculto del corazón de mi madre.

– Es destino de mujer seguir al hombre -dijo-. No es maldición. Si te ama, deberá arreglar ceremonia con tu padre. Hacer las ofrendas. Obtener la bendición de la tribu.

– Estamos en guerra. Eso ahora ya no es posible. Debemos salir mañana al alba. Madre, no me maldigas. Dame tu bendición -dije, arrodillándome en la tierra.

– No te guía más que el instinto -me dijo- Itzá, ¿será posible que me des más razones para maldecir a los españoles?

– Sólo nos quedan dos caminos, madre -dije, enderezándome-, maldecirlos o combatirlos. Es preciso que parta. No es sólo por Yarince. Yo sé usar el arco y la flecha. No soporto la placidez de los largos días. La espera de lo que habrá de sobrevenir. Siento muy dentro que es mi destino partir.

Recuerdo que extendió las manos, las palmas blancas de batir la masa del maíz y redondear las tortillas. Las alzó y volvió a bajar. Inclinó la cabeza desistiendo de hablar más. Me hizo arrodillarme e invocó a Tamagastad y Cipaltomal, nuestros creadores; a Quiote-Tláloc, dios de la lluvia, a quien yo había sido dedicada.

Fuerte como un volcán al amanecer, con sus suaves líneas recortadas a contra luz de la puerta, aún me parece verla, esa última madrugada de mi partida, despidiéndome con la mano extendida; una mano cual rama seca y desesperada.

Ella fue mi única duda. Ella, la que me enseñó, el amor.

El teléfono sonó.

– Hola, ¿sí? ¿Quién llama? -dijo Lavinia.

– ¿Lavinia?

– Sí. Soy yo -dijo. No reconocía la voz del otro lado, aunque sonaba extrañamente familiar.

– Lavinia, soy yo, Sebastián.

El nombre la devolvió de golpe al desorden de la cama. ¿Qué querría Sebastián?, se preguntó. ¿Qué sucedería?

– ¿No está con vos Felipe?

El corazón bombeó una gruesa descarga. No, Felipe no estaba con ella, había salido a trabajar; le dejó una nota.

– ¿A trabajar? ¿En sábado? ¡Si yo quedé con él de vernos para tomarnos una cerveza, hace más de una hora! -respondió Sebastián, sonando frívolo.

¿Felipe dejar plantado a Sebastián?, pensó Lavinia, mientras el miedo la confundía.

– Me dijo que iba a trabajar -insistió Lavinia, sin percatarse de los intentos del otro por camuflar la conversación; su cerebro iniciando la fabricación de terribles especulaciones.

No pudo entender la risa de Sebastián a través del teléfono; su comentario sobre "este Felipe" que no se componía; a quién se le ocurría que iba a trabajar hoy. Suficiente trabajaban los días de semana.

Lavinia empezó a comprender que debía pretender una conversación normal. No lo lograba. Las palabras no fluían.

Sebastián, finalmente, pareció darse cuenta.

– No te pongas así -le dijo él-. Vamos a hacer una cosa. Yo estoy en un teléfono público cerca del Hospital Central. Vení, recógeme y platicamos. En diez minutos te espero. Acordate que no me puedo asolear mucho -añadió con ironía.

Cuando colgó el auricular, a Lavinia le temblaban las piernas. Imágenes atropelladas le golpeaban el estómago y formaban un vaho nebuloso en sus ojos.

"No debo pensar", se dijo, sin poder evitar la visión del periódico y las fotos de los cadáveres acribillados. Se levantó rápida, echándose encima la ropa ajada del día anterior. "Me tengo que calmar", se decía, mientras se pasaba un cepillo por el pelo, tomaba su bolso, las llaves y salía a montarse al automóvil.

Encendía el motor cuando agotó, en sus intentos de calmarse, los argumentos del atraso y los inconvenientes del transporte, que su mente producía en un intento de relevarlo de la angustia. Recordó el párrafo sobre la puntualidad como máxima inviolable de los contactos clandestinos. Lo acababa de leer en las medidas de seguridad: el margen de espera no podía rebasar los quince minutos. Y Sebastián había esperado una hora.

Aceleró en las calles holgadas de sábado por la tarde; el sonido rítmico de su pecho, era la única interrupción en el silencio del miedo.

Vislumbró a Sebastián, de pie, en la esquina, con un periódico bajo el brazo y gorra de camionero. Conversaba tranquilamente con una vendedora de frutas, gorda, de delantal blanco. La acera estaba llena de transeúntes con atados y paquetes; visitas de los enfermos.

Acercó el carro a la acera y lo llamó: "Sebastián" -gritó; era prohibido tocar el claxon.

Él levantó la cabeza. Se despidió de la mujer y entró al vehículo con una expresión seria, alterada, en la cara.

– Nunca volvás a hacer eso -dijo, acomodándose en el asiento.

– ¿Qué? -preguntó Lavinia, sorprendida, olvidando por un instante la angustia por Felipe.

– Llamarme por ese nombre en la calle, en público. No sabes si realmente me llamo así…

Ella recordó los folletos, los seudónimos. Sebastián, entonces, no se llamaba Sebastián, era un seudónimo; quizás Flor no se llamaba Flor; Felipe no era Felipe… Quizás mañana, en el periódico, la foto, encontraría que Felipe se llamaba Ernesto o José. ¡Qué ajeno le era todo! ¡Ella no servía para esto!, pensó, aumentando la pesadumbre.

– Lo siento – dijo, resignada-. ¿Y Felipe tampoco se llama Felipe?

– Felipe sí se llama Felipe -dijo Sebastián-. Su nombre es "legal".

Porque había "legales" y "clandestinos", como recién había aprendido Lavinia.

Preguntó a Sebastián si lo llevaba a la casa de ella; él asintió. Se veía preocupado.

– ¿Y qué crees que haya sucedido? -preguntó Lavinia.

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