– ¡Ah! Entonces eras vos… Felipe me contó que la vio con una muchacha que le gustaba. ¿Fue como hace dos meses, verdad? Debí haber imaginado que eras vos. ¿Cuánto tiempo tienen de andar juntos?
– Un poco antes de tu balazo -dijo Lavinia.
– ¿Así que mi balazo les sirve de recordatorio? -sonrió Sebastián, tocándose el brazo ya sano. (Llevaba camisa manga larga ocultando la cicatriz.)
– Sí -dijo Lavinia-. Así es. Es más, yo podría decir que mi vida se divide en antes y después de tu balazo.
– Es un honor -dijo Sebastián- pero yo fui sólo un susto pasajero.
– No -dijo Lavinia, enfática-, no fue sólo eso. Desde entonces, estoy cuestionándome la vida, dudando…
– ¿Sobre qué? -preguntó Sebastián.
– No sé… estoy confundida. A veces los odio por valientes. A veces quisiera ser como ustedes. Lo que yo creía que era mi rebelión me parece insulsa. Ustedes parecen tener tanta determinación, estar tan seguros de quiénes son, para dónde van… Pero me da miedo involucrarme. Yo no soy así.
– Uno no "es" de ninguna manera. Uno se hace a sí mismo. Yo te veo de lo más involucrada -dijo Sebastián, con una sonrisa que a ella le pareció ligeramente irónica-. No importa si primero te dio por rebelarte a tu modo. Para muchos es el primer paso. En Paguas, no es posible mantenerse con los ojos cerrados, aunque uno quiera. Por mucho que no se quiera ver la violencia, la violencia te busca. Aquí todos tenemos una dosis asegurada por derecho de nacionalidad. A uno le hacen o uno hace. O, en todo caso, si a uno no le hacen nada, se lo hacen a los otros… y allí es donde entra la conciencia. Porque si uno deja que les hagan a otros, se convierte explícitamente o no, en cómplice.
Duke Ellington terminaba un solo. La nota larga se extendió por la sala. El tenía razón, pensó Lavinia. Estaba dudando frente a un hecho consumado a su pesar. Porque la realidad es que vivía las angustias de la participación, aun cuando creyera seguir deliberando sobre si involucrarse o no. La violencia había llegado hasta su casa. Servicios a domicilio, cortesía del Gran General y de Felipe.
En tiempos de guerra, nadie vive en comarcas apartadas. Los invasores quizás tardarían en llegar, pero finalmente llegarían. Eso decía Yarince. Eso decíamos nosotros por donde pasábamos. Se lo decíamos a los que creían que su mundo nunca sería tocado. ¡Ah! -¡Pero muchos no nos escucharon! Sebastián habla con sabiduría. Sus palabras penetran las alzadas resistencias, los debilitados muros que ella ha levantado.
– Ayer fui donde Flor -dijo Lavinia-. Me entregó unos materiales sobre el Movimiento para que los leyera. Hoy los leí.
La cara de Sebastián mostró sorpresa. Ella se preguntó si le traería problemas a Flor.
– ¿Y es la primera vez que lees materiales sobre el Movimiento?-inquirió Sebastián.
– Sí -respondió Lavinia.
Y la conversación inevitablemente condujo a Felipe, el círculo cerrándose en Felipe. Sebastián no comprendía que él no la hubiese puesto en contacto al menos con la literatura del Movimiento. Fue inevitable el retorno a la ribera del río.
En este momento no me importaría, pensó Lavinia, ser siempre la "ribera del río". Ribera del río por los siglos de los siglos con tal que Felipe apareciera. Hasta lo justificó.
– Yo comprendo su necesidad de un espacio de vida normal-dijo ella, mirando su reloj.
Cuarenta y cinco minutos habían transcurrido. Le costaba, cada vez más, concentrarse en otra cosa que no fueran las implacables manecillas del reloj.
Sebastián empezó a decir algo sobre "los problemas de los compañeros", pero de pronto se detuvo. Levantó la cabeza como un animal que alzara las orejas. Ella también escuchó los pasos acercándose, los pasos que conocía tan bien de esperarlos en la noche, el talón golpeando sobre el pavimento. No se movieron hasta que la llave entró en la cerradura y Felipe apareció en la sala intacto, sano y salvo, parpadeando, acostumbrándose a la luz.
Miró a Sebastián y a Lavinia sin comprender.
– ¿Qué haces aquí? -preguntó a Sebastián. Veía a Lavinia, cual si no existiera. Ella no emitió sonido, incapaz de recuperarse de su presencia repentina.
– Me preguntas que hago aquí -dijo Sebastián, obviamente molesto por el tono de Felipe- cuando no apareces a la hora de la cita; te espero una hora; te llamo creyendo que estás con Lavinia y no apareces por ninguna parte… ¡Creíamos que te había pasado algo!
– Pero si yo fui al punto -dijo Felipe- a la hora indicada. También te estuve esperando. También estaba preocupado. Di muchas vueltas para regresar aquí porque pensé que habría sucedido algo…
Los dos hombres se contradecían, cada uno aludiendo la confusión sobre el punto donde debían reunirse. Felipe argumentaba la esquina del parque; Sebastián, la entrada del hospital. Ella, invisible, desaparecía, se disolvía en una confusa mezcla de ganas de reír y llorar.
Una confusión y el mundo se alteraba totalmente. Así era esa vida al filo del precipicio. Alguien se confunde, demora más de lo establecido y el olor de la muerte empieza a filtrarse en cada bocanada de aire. Pero Felipe estaba vivo. No habría foto en el periódico. Sólo había sido una confusión.
Ellos seguían discutiendo sobre la nota que Sebastián envió con el "correo".
– Estoy seguro de que me escribiste en la "esquina del parque". Lástima que quemé el papel -decía Felipe.
Poco a poco, los dos se fueron calmando, hasta finalmente reírse y abrazarse, diciéndose que menos mal, habían pasado un buen susto y mira a Lavinia, cómo está la pobre, dale un abrazo.
Horas más tarde, en el rincón de los brazos de Felipe -plácidamente dormido- Lavinia no podía dormir.
Después de la espera, después de aclarar a medias las confusiones (porque no quedó claro quién de los dos se confundió, alterando el equilibrio del mundo), Felipe aún tuvo que salir a llevar a Sebastián. Ella se quedó sola en la casa. Y cuando se vio sola pensó haber imaginado el retorno de Felipe. El pánico la alcanzó de nuevo hasta que él regresó.
Hicieron un amor tierno y lento en el que ella lloró, por fin, la idea, la posibilidad de su muerte; esa criatura material rondándoles los besos, el tacto. Lloró por ella misma, por la figura de la muchacha despreocupada que había sido ella hasta hacía pocos meses, disolviéndose, dejándola desconcertada, posesionada de una mujer que aún no encontraba identidad, propósito, seguridad. Lloró su indefensión ante el amor, ante la disyuntiva de la violencia, la responsabilidad que ya no podía seguir evadiendo de ser una ciudadana más. Y, sin aviso, en el momento más profundo del enfrentamiento, cuando sus cuerpos sudados entraban a saco en el agitado aire próximo al desenlace, su vientre se creció en el deseo de tener un hijo. Lo deseó por primera vez en su vida con la fuerza de la desesperación, deseó retener a Felipe dentro de ella germinando, multiplicándose en su sangre.
Apaciguada, sin poder dormir, evocaba la sensación animal, el instinto posesionándose, imperativo, de la razón, construyendo la imagen de aquel niño -lo vio tan claramente- aparecido de pronto en su imaginación. ¿Por qué se le habría ocurrido?, se preguntó. Para ella la maternidad había sido una noción postergada para un futuro sin diseño preciso. Con el rumbo que tomaba ahora su vida, aquello era aún más impreciso. Su existencia, día a día, parecía confundirse en acontecimientos impredecibles. La mañana y la noche eran territorios inciertos; la desaparición, la muerte, una posibilidad cotidiana. En esa situación, no quedaba más alternativa que renunciar al deseo de prolongarse. Un hijo no cabía en semejante inseguridad. Era un pensamiento disparatado. Mientras amara a Felipe no sería posible. No debía ni pensarlo. Tendría que renunciar. Renunciar como tantos desde antes y después, renunciar mientras Felipe fuera esa figura apareciendo y desapareciendo, esa luz intermitente.
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