Aislada dentro del vehículo, pensaba en su tranquilidad, la calma después de la tempestad, el punto final de las dudas, la aceptación de su propia decisión, el resultado de haber trascendido, por fin, las semanas de incertidumbre. Más adelante, si no se sentía capaz, no le quedaría más que reconocerlo; decir que se había equivocado. Todas las personas tenían derecho a errores.
¿Cómo cambiaría su vida ahora?, se preguntaba, qué sucedería. Era tan difícil imaginarlo. Con nadie de sus conocidos podía compartir las especulaciones sobre lo que sobrevendría. Estaba sola. No podía abrumar a Flor con sus interrogantes. Tampoco podía hacerlo con Sebastián. No podía abusar de ellos, o darles la impresión de ingenua y vacilante. Era el tipo de incógnitas que debían esperar su tiempo para revelarse; incógnitas que debía atravesar sin compañía. ¿Resistiría la tentación de decírselo a Felipe?, se preguntó. Le gustaría que lo supiera, hacerlo sentir mal por no haber sido él quien la incorporara, por no haber pensado que ella era capaz. "No lo vayas a convertir en una especie de venganza", había dicho Flor y ella negó que fuera ese el motivo de no decirle nada a Felipe. Pero algo de eso había. No podía engañarse a sí misma. Incluso, en el fondo, deseaba que Flor y Sebastián se lo dijeran; que lo hicieran sentirse avergonzado.
En su opinión, los hombres ocupados en el oficio de ser revolucionarios no debían actuar así. ¿Habría actuado así el Che Guevara? Flor decía que el Che había escrito que las mujeres eran ideales para cocineras y correos de la guerrilla; aunque después anduvo en Bolivia con una guerrillera llamada Tania. Cambió, decía Flor. ¿Quién sería Tania? ¿La amaría el Che?, se preguntó, mientras doblaba la esquina cruzando el aguacero, las calles que, de súbito, arrastraban correntadas de lodo. Había que ir despacio para no levantar grandes olas en las esquinas a riesgo de mojar el motor y que el coche quedara embancado.
Felipe reconocería a su tiempo haberse equivocado con ella; haber actuado de manera egoísta. Ella admiraba su inteligencia, su honestidad. No podía negar sus esfuerzos por superar la resistencia masculina a darle su lugar al amor, aunque lo encasillara en la tradición. Tenía su aspecto de duende juguetón y feliz, su lado amable, iluminado, que ella amaba. Era triste verlo aprisionado en esquemas y comportamientos disonantes que contradecían el desarrollo adquirido en otras áreas de su vida. No le haría mal aprender la lección. Le complacía saberse poseedora de un secreto, algo en lo cual él no podría penetrar, a menos que ella se lo permitiera.
Pero no quería pensar más en él. No lo había hecho por Felipe, se repitió, viendo los robles de su barrio doblarse bajo la lluvia. No, no lo había hecho por Felipe. Este también era su país. También lo soñaba diferente. Amaba sus floraciones, las nubes blancas y rotundas, la lluvia desenfadada. Paguas merecía mejor suerte.
No, no era sólo por Felipe, volvió a repetirse, mientras llegaba, aparcaba el automóvil en el garaje y corría con el paraguas violeta, bajo la lluvia, hacia la puerta.
– ¿Por qué estás tan callada? -le decía Felipe, en el corredor del patio. El había llegado pocos minutos después que ella regresara, encontrándola silenciosa y pensativa en la hamaca. Ahora estaba sentado en la silla de mimbre blanca, frente a ella, observándola, jugando descuidado con las hojas cercanas del naranjo, que extendía su ramaje verde y plata, pesado de lluvia.
– No sé. Creo que estoy cansada. -Respondió ella. Estaba agotada, aún tensa. Veía a Felipe tras de una cúpula de cristal, lejano.
– De un tiempo para acá, te noto muy distraída -dijo él- parece que no estás aquí; tu mente está lejos. Al menos, debías decirme qué te pasa. Tal vez te puedo ayudar.
– No creo que se trate de "ayuda" -dijo ella, sintiendo que hubiera preferido estar sola, quedarse sola acostumbrándose a la idea de llamarse "Inés" y si habría acertado en su decisión.
– Siempre es bueno, cuando uno pasa por crisis, comunicarse con otro ser humano -dijo él.
– ¿Y por qué pensás que estoy pasando una crisis? -preguntó ella, a la defensiva, recostándose en la hamaca. Le molestaba la actitud suficiente y paternal de Felipe.
– Pareces un tigre -le dijo él-, no te estoy acusando de nada. Crisis tenemos todos.
– Me es difícil pensar que vos hayas tenido alguna. Da la impresión que sabías todo desde que naciste -dijo ella alcanzando una hoja del naranjo, mordiéndola hasta sentir la amargura de la hoja, el sabor cítrico, el olor arrancándose de las nervaduras.
– No seas injusta. Vos has estado conmigo en varias crisis… cuando lo de Sebastián, cuando mataron a los compañeros…
– Es precisamente a lo que me refiero -dijo ella- vos pasás por crisis cuando suceden cosas fuera de vos, pero con referencia a tus sentimientos, pareces tener todo bajo control.
– Lo que pasa es que soy bueno al disimular -dijo él, mirándola fijamente- pero puedo asegurarte que tengo mis luchas internas. Y con frecuencia, quisiera poder ser más comunicativo, poder compartirlas, pero estoy entrenado a pasar los diluvios solo, a aguantarme mis debilidades.
– Lo malo es que con ese entrenamiento, lo que emerge a la superficie es un aire de autosuficiencia que nos aleja -dijo Lavinia- es muy difícil relacionarse con seres perfectos… o que se proyectan como que lo fueran.
Felipe se aproximó, inclinándose hacia ella. Sonriendo, acarició su mano.
– Pero vos sabes que yo no soy perfecto, ¿verdad?
– Nadie lo es. Precisamente por eso me molesta. Me molesta esa pretensión tuya de estar siempre tan seguro de todo. Pareciera que nunca dudas. Siempre me estás dando consejos; nunca los pedís -dijo, hosca. Sentía necesidad de reclamarle, hostilizarlo. De algún modo tendría que salir el resentimiento, la rabia de no poder compartir con él el salto mortal.
– Puede ser. Quizás sea porque siempre me he tenido que valer por mí mismo. Quizás también sea una consecuencia de acostumbrarse a mantener tantas cosas en secreto -dijo Felipe.
– Uno no se vale por "sí mismo" en la vida, Felipe. Vos deberías saberlo mejor que yo. Los demás juegan un papel muy importante. Lo influencian a uno. Hay modelos que imitamos.
– Bueno, es verdad que uno tiene referencias. Después de todo, como bien señalas, somos seres sociales. Me refería más bien a que las "crisis" en mi vida han sido más de acciones que de reflexiones. No he tenido mucha oportunidad de meditar sobre la "existencia". He tenido que ir resolviendo, a mi manera, los problemas que han ido surgiendo… y son más bien problemas prácticos.
– ¿Pero nunca te has preguntado o has tenido inquietudes sobre vos mismo, sobre qué querés, quién sos, qué haces en el mundo?
Felipe se quedó en silencio. Lavinia lo veía hacer el esfuerzo por recordar, buscar las preguntas en su memoria.
– La verdad es que no -dijo él, finalmente-. La realidad ha ido imponiendo respuestas sin que tenga que interrogarla. Yo sabía quién era, sabía que quería estudiar y luego, con la influencia de Ute, tomé conciencia que debía regresar y luchar por mejorar la situación del país… y eso es lo que trato de hacer en el mundo. Nunca ha sido muy complicado para mí.
Puede ser que me suceda sólo a mí, pensó Lavinia, porque tengo opciones. Puedo escoger.
– Pero vos te podías haber quedado en Alemania -le dijo-. ¿No tuviste dudas sobre si valía la pena regresar, sobre lo factible de "luchar por mejorar la situación del país"? ¿No te pareció una idea romántica, utópica? -dijo provocadora.
– La vida en Alemania era infame para mí. Con todo y mis estudios de arquitectura, tenía que trabajar como jardinero. En esos países la competencia por el trabajo es muy dura. Lo único que me pudo haber retenido era la relación con Ute, pero ella estaba convencida que era más importante que regresara a mi país a trabajar y "hacer algo". Conocía compañeros del Movimiento allá. Transeúntes que viajaban pidiendo apoyo, dinero, contactos políticos para dar a conocer la lucha. Compartía sus puntos de vista. No fue difícil que me persuadiera. Yo sabía, por experiencia propia, lo mal que estaba el país. No se si te parecerá romántico, pero uno de los motivos más convincentes es una especie de fe que se enraíza en uno. Se lee la historia de lucha de Paguas y uno siente la energía que se viene acumulando, la capacidad de resistencia. Uno se convence de que existe, que es nada más un asunto de despertarlo, de conducirlo adecuadamente…
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