No le quedaría más remedio que guardarse sus dudas, pensó, mientras entraba en el olor a nuevo de su automóvil. Arrancó el motor sin saber qué rumbo tomar; pensando en ir a dar vueltas, subir por la carretera; disipar la sensación de abismo, de soledad, de quedarse en terreno de nadie, sin remedio.
Recorrió calles y avenidas, añorando a su tía Inés, añorando un ser humano que la entendiera, con quien poder hablar.
La imagen de Flor, el pelo ondulado, las facciones morenas, la empatía de una mujer a mujer sentida la única noche que estuvieron juntas, se le vino a la cabeza con el fulgor de un faro lejano.
Pero… ¿debía ir?, pensó. La noche que ella estuvo en su casa ni siquiera se despidieron. Flor no era una persona sin complicaciones de esas que uno conocía y podía visitar a voluntad, sin tener siquiera que llamar por teléfono. Pertenecía a otro mundo. Pero, ¿por qué no?, se decía, si ella considera que no es conveniente que la visite, me lo dirá sin duda, argumentaba consigo misma.
Decidida, Lavinia giró el timón a la derecha, alejándose de la carretera que estaba a punto de tomar, concentrando su atención en hacer memoria de la dirección de la casa.
Tomó el rumbo de los barrios orientales. Los viejos buses destartalados recogían gente en las paradas; hombres y mujeres con los rostros confundidos en la noche, se aglomeraban con aire de cansancio bajo las casetas de vibrantes colores con anuncios de jabón, café, ron, pasta de dientes.
"Pude haber sido cualquiera de ellos", pensó desde el mullido asiento de su carro; "de haber nacido en otra parte, de otros padres, yo podría estar allí, haciendo fila para el bus esta noche." Nacer era un azar tan terrible. Se hablaba del miedo a la muerte. Nadie pensaba en el miedo a la vida. El embrión ignorante toma forma en el vientre materno, sin saber qué le espera a la salida del túnel. Se crea la vida y sin más, se nace. "Menos mal que no somos conscientes, entonces" pensó. Porque uno podía nacer al amor o al desamor; al desamparo o la abundancia; aunque ciertamente la vida misma no era responsable, el principio vital hacía su trabajo de unir al óvulo y el espermatozoide; eran los seres humanos los que creaban las condiciones en los que la vida seguía su curso. Y los seres humanos parecían marcados por el destino de atropellarse unos a otros, hacerse difícil la vida, matarse.
"¿Por qué seremos así?", pensaba, cuando llegó a la esquina cercana al puente; una esquina donde se alojaba un establecimiento comercial, especie de pulpería grande, con el rótulo: "Almacén la Divina Providencia ". ¿Cómo no recordarlo?, sonrió.
Dobló a la izquierda y encontró el puente, la entrada a la calle de Flor.
De nuevo la asaltaron las dudas; dudas sobre el recibimiento que le dispensaría Flor. Pero ya estaba tan cerca, se dijo. No podía permitir que las dudas la poseyeran, congelaran todos sus actos. No podía permitirse perder la seguridad en sí misma de la que, desde adolescente, se sintió tan orgullosa.
Las ruedas entraron al camino sin asfaltar. Reconoció las viviendas de madera. Algunas tenían ahora las puertas abiertas. Mirando a través de ellas se divisaba toda la casa: la única habitación, el fogón al fondo, la familia sentada en sillas de madera, afuera, tomando el fresco de la noche. Niños jugando descalzos.
Aparcó el carro al lado del tosco muro de la casa de Flor. Vio que el carro de ella estaba en el garaje y había luz en la casa. El timbre dejó oír su chirrido y de nuevo Lavinia oyó el sonido de las chinelas aproximándose. Mentalmente rogó que Flor la pudiera recibir. Flor se acercó a la puerta y su rostro se mostró agradablemente sorprendido cuando la vio.
– Hola -le dijo, abriendo el candado de la cancela- ¡qué sorpresa!
– Hola -dijo Lavinia-. Antes de entrar, quería preguntarte si está bien que te visite… no sabía si hacerlo o no…
– Ya que estás aquí -dijo Flor- no seas tan ceremoniosa; pasa adelante.
Y le sonrió cálida.
Entraron en la sala; el afiche de Bob Dylan en la pared.
– ¿Querés café? -preguntó Flor-. Lo tengo listo.
– Bueno, gracias -dijo Lavinia.
Flor entró tras la cortina floreada. Lavinia se sentó en la mecedora, balanceándose y encendiendo un cigarrillo para dar tiempo al regreso de Flor con el café. Miró los estantes de libros: Madame Bovary, Los condenados de La tierra, Rajuela, La náusea, Mujer y vida sexual… títulos conocidos y desconocidos… Lecturas poco usuales en una enfermera. ¿Quién sería esta mujer?, se preguntó.
Esa que regresaba con dos pocilios esmaltados que puso sobre la mesa.
– ¿Y cómo es que se te ocurrió visitarme? -dijo Flor, revolviendo el azúcar en el café, mirándola con su mirada de árbol.
– Pues no sé cómo se me ocurrió -respondió Lavinia, ligeramente intimidada- tenía necesidad de hablar con alguien… Pensé que tal vez no era lo más indicado; aparecerme aquí sin más, pero también pensé que vos me lo dirías…
– Bueno, usualmente es mejor que no vengas así, sin avisar -dijo Flor- ¿Pero no tenías dónde avisarme, de todas formas, verdad? Así que no nos preocupemos de eso ahora. Ya estás aquí, y me da mucho gusto volver a verte.
¿Y qué diría ahora, pensó Lavinia, cómo empezar a hablar, qué era lo que necesitaba hablar?
– ¿Cómo está Sebastián? -preguntó, por decir algo. Flor dijo que estaba bien. Se había repuesto mejor de lo que ella esperaba. Podía mover bien su brazo. No se había infectado.
– La verdad -dijo Lavinia- es que no sé por qué vine. Me sentí sola. Pensé en vos, en que vos me entenderías.
Flor la miraba dulcemente, animándola con la mirada a seguir, pero sin ayudarle mucho en la conversación.
– Siento que estoy en terreno de nadie -dijo Lavinia-. Estoy confundida.
– ¿Y no hablas con Felipe?
– Últimamente lo veo poco. En las noches, no hago nada más que esperarlo, por si aparece. Me siento como Penélope. Flor rió.
– Debe andar ocupado, ¿no? -dijo.
– O sea -dijo Lavinia- que, ¿con cualquier hombre que uno esté, sea guerrillero o vendedor de refrigeradores, el papel de una mujer es esperarlo?
– No necesariamente -dijo Flor, sonriendo de nuevo-, depende de lo que uno, como mujer, decida para su vida.
– ¿Y vos cómo llegaste a decidir ser lo que sos? -preguntó Lavinia.
Entre sorbos de café, gestos expresivos y silencios de nostalgia, Flor le relató su historia. Ella también había tenido un tío definitorio, le dijo; pero no en el sentido positivo de la tía Inés de su historia. El tío de ella se la había llevado del rancho perdido en la montaña, donde vivía con su madre y sus hermanos analfabetos, a "educarla" en la ciudad. Era un hombre que hizo fortuna durante el apogeo del café, solterón y degenerado. La llevó en viajes al extranjero a conocer museos y gentes inquietas y estrafalarias. "Me adoptó, prácticamente", decía Flor, "pero no con buenas intenciones". Ya ella había notado cómo la miraba cuando, entrando en la adolescencia, la observaba bañarse en el río. "Esperó que yo creciera para convertirme en su amante. Aquí donde me ves, yo dejé en San Francisco la virginidad", dijo Flor, fumando y sorbiendo café con expresión inexpugnable.
Ella lo odiaba, siguió diciendo. Y para contrariar su lujuria, entró a la universidad y se dedicó a coquetear y acostarse con quien estuviera dispuesto a hacerlo ("nunca faltaban", añadió, mirando a Lavinia casi desafiante). El único que no había estado dispuesto fue Sebastián. Flor recordó cómo la había confrontado; cómo la zarandeó para lograr que ella viera el proceso de autodestrucción en que se había empeñado, confundiendo la rabia visceral contra el tío con el odio contra sí misma.
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