– Lavinia, podrías hervir un poco de agua, por favor -pidió. En el agua hirviente, esterilizaron las curvas agujas de suturar. Flor las sacó, cuidadosa.
– ¿Podes ayudarme? -dijo a Lavinia- en estas cosas me entiendo mejor con las mujeres. Los hombres se ponen nerviosos.
Asintió con la cabeza. Cuando decidió su carrera, la medicina fue otra de sus posibilidades. De adolescente devoraba las novelas sobre médicos y hospitales. Pero la oposición del padre fue rotunda. Demasiados años de estudio, argumentó. Se quedaría solterona, decía, o, en el mejor de los casos, el marido la abandonaría ante las salidas a atender emergencias a medianoche.
Ayudó a Flor a disponer sobre la cama lo que iba a necesitar, extendiendo una toalla limpia. Las manos finas y pulcras de la enfermera trabajaban eficientemente pasando el hilo negro de un lado al otro de la herida, juntando la piel. Debía dolerle, pensó Lavinia, pero Sebastián apenas si contraía la cara. Sólo su cuello dejaba ver la tensión; los finos haces de las venas resaltando cual delgados cables en la nuca.
Felipe observaba en silencio la operación. De vez en cuando hacía bromas para distraer a Sebastián.
Sosteniendo la toalla con los instrumentos, Lavinia tenía la sensación de vivir una vida que no le pertenecía. "Es irreal", se decía; le era inconcebible el hecho de encontrarse en su propia habitación (los discos, el colchón en el suelo, las mantas de colores ovilladas en la esquina) y ver las manos de Flor atravesando y volviendo a atravesar la piel de Sebastián con el hilo de suturar.
A excepción de Felipe, estas personas le eran totalmente desconocidas. Podrían haberse cruzado por la calle y ella no los hubiera mirado; quizá sólo habría compartido el instante transeúnte, efímero, en que uno encuentra los ojos de otro ser humano en la multitud y las miradas se cruzan como barcos lejanos en la niebla, y los rostros desaparecen sin dejar rastro, perdidos para siempre al llegar a la esquina y distraerse los ojos en los dulces colores de la batea apoyada sobre las piernas de la mujer vendedora de cajetas.
Jamás hubiera imaginado esta noche con ellos, pensó, el calor espeso de marzo, el silencio de camaradería, de preocupación por el brazo de Sebastián, por el sufrimiento de Sebastián. Algo se había creado entre ellos; intimidad, como si los conociera desde hacía mucho tiempo. El tejido del peligro, la muerte rondando afuera en las avenidas quietas y oscuras, agazapada, los hacía una familia, un grupo humano necesitándose para la sobrevivencia; los hombres de las cavernas adivinándose en la oscuridad, sintiendo afuera la respiración de los bisontes. Levantó la cabeza, alerta al ruido proveniente de la calle. Era sólo un automóvil. Se miraron los cuatro y continuaron en silencio observando a Flor. No necesitaban saber mucho los uno de los otros, pensó Lavinia. La preocupación se encargaba de las convenciones; los ojos sintonizaban la misma frecuencia; la vulnerabilidad y la fuerza convivían lado a lado, alternándose en flujos y reflujos, marea de un mar en el que nadaban juntos, náufragos de este instante, esta pompa de jabón.
Flor concluyó. Sebastián miró su brazo, el diseño negro de crucetas de las puntadas. Felipe tomó a Lavinia suavemente por los hombros y timoneó su cuerpo fuera de la habitación.
– Deberías acostarte en el otro cuarto -dijo Felipe, cuando ya estaban afuera-. Ya no te preocupes más. Nosotros tenemos que hablar sobre el traslado de mañana. Se hará tarde. Es mejor que durmás un poco.
– Felipe -dijo Lavinia-, si es necesario, Sebastián puede quedarse. No quisiera que le pasara nada por sacarlo de aquí…
– Gracias -sonrió Felipe- pero no creo que sea conveniente. La movilidad es importante en situaciones como esta. No sabemos si realmente nadie delató a Sebastián, no sabemos si lo andan buscando. Tal vez no dijeron nada para que bajáramos la guardia y nos delatáramos…
Le dio un beso paternal en la frente y desapareció tras la puerta del dormitorio.
Ella se tendió sobre el colchón con olor a sueño viejo de la otra habitación de la casa.
Se tendió boca arriba, vestida, con la luz apagada. Las sombras de los objetos guardados en el cuarto la rodeaban como iconos silentes; las voces submarinas desde el otro cuarto se deslizaban ininteligibles, por la ranura de la luz debajo de la puerta del baño.
Pensó que debía dormirse, no pensar más en ellos; no pensar en la posibilidad de que Sebastián aceptara quedarse. No supo por qué lo ofreció, cómo salieron las palabras de su boca; quizás porque le daba pena que se fueran, verlos abandonar esta isla, la isla donde habían estado juntos como si se conocieran desde tiempo atrás. Por eso lo dijo, pensó, aunque no fuera razonable, aunque mañana, sin duda, se arrepentiría, le daría miedo otra vez. Pero no pensaría en nada, se dijo, se dormiría. Casi no había dormido.
Se sintió sola. Felipe estaba con ellos, les pertenecía; se pertenecían los tres. Sólo ella estaba en el cuarto vacío, inmerso en un vaho denso de imágenes y pensamientos que no la dejaban resbalarse hacia el sueño. Trató de borrarlos pensando en el mar. Cuando no podía dormir, pensaba en el mar.
Caminaba en la playa, escuchando las gaviotas, las olas soltaban su rizada cabellera blanca; ella andaba sobre la playa desierta con una leve túnica de gasa. Y el batir de alas, el vuelo. Volaba otra vez. Su abuelo le hacía gestos mientras la inmensidad del mar se empequeñecía en el ancho espacio.
Cuando abrió los ojos al día siguiente, la claridad entraba por la alta ventana. A su lado, totalmente vestido, Felipe fumaba un cigarrillo.
– Ya se fueron -dijo.
Lavinia se sentó en el colchón. Se frotó los ojos. "Ya se fueron", pensó. "Ya pasó el miedo" y sintió ganas de llorar.
– Ahora deberíamos bañarnos e irnos a trabajar -continuó Felipe-. Me encargaron que te diera las gracias. Dicen que fuiste muy valiente.
Ella no dijo nada. Se levantó y recogió las sábanas, doblándolas cuidadosamente sin saber por qué. Regresarían al trabajo. Sebastián y Flor se habían ido. Volvería la normalidad. No había pasado nada. Todos sanos y salvos. Respiró hondo para controlar las ganas de llorar.
Felipe la miraba expectante. "Pensará que ahora todo terminará entre nosotros", pensó, entrando sola en el baño de su habitación. Cerró los ojos bajo la ducha, dejando que el agua cayera en un chorro fuerte sobre su cabeza. Tenía la sensación de estar convaleciendo de una larga enfermedad.
Cuando salió, Felipe terminaba de arreglar el cuarto. Las sábanas ensangrentadas estaban nítidamente apiladas sobre la cama.
– Sería mejor botarlas -sugirió Lavinia, mientras se vestía. Felipe fumaba otro cigarrillo de pie al lado de la ventana.
– Es peligroso -dijo Felipe-. Las pueden encontrar y usarlas como pista. Es mejor dejarlas escondidas; en alguna parte y lavarlas cuando estés sola. Yo te puedo ayudar.
Las escondieron en lo alto del closet, detrás de las maletas viejas.
Antes de salir, Lavinia recorrió la casa cerrando puertas y ventanas.
– Espero que Sebastián no tenga más problemas -le dijo a Felipe antes de salir, asaltada de pronto por el remordimiento, la vehemencia con que había deseado que se fuera para recuperar la calma de su casa, los días intranscendentes, la bendita rutina.
– Esperemos que no. Gracias -y la abrazó. Lavinia lo abrazó fuerte. Le daba pena verlo preocupado, observándola, temiendo que ella le dijera que no quería volver a verlo.
– Te quiero -susurró. Y pensó que, a pesar de todo, no podría dejarlo.
Lavinia pasó el día envuelta en una rara y tranquila felicidad. La rutina de los planos, los dibujantes inclinados sobre sus mesas de dibujo, Mercedes contoneándose por la oficina, el café humeante sobre su escritorio, le semejaban acontecimientos. Experimentaba la sensación de haber retornado de un largo viaje. Durante el día recordó varias veces a Flor y Sebastián. Le parecieron tan lejanos que el recuerdo era ya nostalgia. Pensó en el discurso del zorro en El Principito, lo de los vínculos. En tan corto tiempo, les había tomado afecto. No quería que nada malo les sucediera. Si algo les llegara a suceder sentiría una profunda pena, se dijo. No la pena que se siente por dos personas casi desconocidas. Porque algo químico se había producido entre ellos; una cierta complicidad en las miradas, un sentirse cercanos. La solidaridad del peligro.
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