Gioconda Belli - La Mujer Habitada

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La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimentos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchado contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, joven arquitecta, moderna e independiente, que al terminar sus estudios en Europa ve su país con ojos diferentes. Mientras trabaja en un estudio de arquitectos, Lavinia conoce a Felipe, y la intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el desenlace final.

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El dolor tocándola tan cercano estimuló sentimientos de protección. ¿Qué podría hacer por ellos?, pensó. Poco. Casi nada. Recordó que no habían comido. Podía prepararles algo. Ella no tenía hambre. Comer no se le cruzó por la mente hasta ese momento. Se dirigió a la cocina, pensando qué cocinar para los tres. A pesar del dolor, Sebastián y Felipe debían comer, vivir, alimentarse.

En el lavatrastos, encontró una lata de sardinas vacía. ¡Pobres!, pensó, sintiendo vergüenza de su desprovista cocina.

Preparó lo único que sabía hacer decentemente: spaghetti con salsa.

Estaba acomodando los platos en la mesa, cuando Felipe apareció en el umbral de la cocina.

– ¿Cómo está Sebastián de su brazo? – preguntó Lavinia, fingiendo no haber oído nada, terminando de verter el agua de los spaghetti, hirviendo, sobre el lavatrastos, poniéndoles la mantequilla.

– Lo tiene inflamado -dijo Felipe.

– Debería ver un médico -dijo Lavinia, chorreando la salsa.

– Es lo que te queríamos pedir -dijo Sebastián apareciendo detrás de Felipe, mirándola servir los platos, ya compuesto; apenas roja la nariz.

– Queríamos que fueras a buscar a una compañera que es enfermera. Con ella vamos a arreglar también mi traslado para mañana.

– Por qué no me lo explicas mientras comemos algo -dijo Lavinia-. Ustedes deben comer.

Se alegró de ver a Sebastián esbozar una sonrisa mientras se sentaban a la mesa.

Flor -así se llamaba la "compañera" – tenía automóvil. Lavinia sólo tendría que tomar un taxi y regresar a la casa con ella. Solamente eso. Después podría quedar libre de ellos.

– Al menos de mí -dijo Sebastián, desplegando de nuevo su sonrisa maliciosa.

Comían en silencio. Sebastián y Felipe, parecían no tener apetito. Lavinia miró de reojo a Sebastián. Sin que ella pudiera negarse, con su voz suave y firme, su apariencia de árbol, él había logrado que ella hiciera cosas que jamás pensó hacer. Actuaba con una especie de profundo convicción de que ella estaría de acuerdo, no se negaría. La confianza de él era más imperativa que un mandato expreso.

Mañana su vida retornaría a la cotidiana seguridad, se dijo. Podría olvidarse del miedo, la zozobra, aquellos sentimientos confusos.

La perspectiva de atravesar la ciudad en taxi, de noche, no le atraía, pero estaba dispuesta a hacerlo; haría cualquier cosa por recuperar la normalidad de su casa.

– ¿Ya se te pasó el miedo? -preguntó Sebastián.

– Más o menos -respondió ella.

– Es normal -dijo él- a todos nos da miedo. Lo que importa no es sentirlo, sino superarlo. Y lo has superado muy bien; has sido valiente.

– No tenía más alternativa -dijo Lavinia, esbozando una sonrisa.

– Así nos pasa a nosotros -dijo Sebastián con expresión triste-. No tenemos más alternativa.

– No es lo mismo -dijo ella, ligeramente incómoda ante la comparación-. Ustedes saben por qué lo hacen. Es otra cosa. Siento mucho lo de sus compañeros.

– Ellos murieron como héroes -dijo Sebastián, mirándola serio y dulcemente- pero eran personas como vos o como yo.

– Creo que es mejor que Lavinia se vaya a buscar a Flor -interrumpió Felipe- se está haciendo tarde.

Capítulo 7

LAS NUEVE DE LA NOCHE. El cielo limpio de marzo alardeaba su luna amarilla. El taxi corría veloz, sorteando el escaso tráfico. Las calles, más vacías que de costumbre a esa hora, eran la única señal visible del efecto de los recientes sucesos.

Con la espalda recostada al lado de la puerta del vehículo, Lavinia miraba hacia atrás, según le indicara Sebastián, para cerciorarse de que ningún automóvil inoportuno le seguía la pista. Tomaban el rumbo de los barrios orientales. Los barrios, pobremente iluminados, aparecían en la ventana en una sucesión de viviendas rosas, verdes, amarillas; casas humildes e iguales, adornadas únicamente por el color chillante de sus paredes y alguno que otro jardín.

Dentro del vehículo, el chófer, fumando, escuchaba atento un programa deportivo.

Lavinia, alerta, no se reconocía en esta mujer vigilante. Con suerte, la pesadilla concluiría al día siguiente. Se mordió las uñas. Viajar en taxi de noche siempre le producía incomodidad, la sensación de riesgo. Sólo que esta vez no temía al taxista sino la oscuridad rodeándolos en las avenidas mal iluminadas, la posibilidad de que la siguieran… Rezó calladamente porque nada le pasara, por encontrar a aquella "Flor" y regresar a su casa sana y salva.

Pasando un puente, a la izquierda, entraron en una calle sin asfaltar. A ambos lados, casas de tablones irregulares, precariamente acomodados unos sobre los otros, separándose aquí y allá para formar puertas y ventanas flanqueaban la calle. Al fondo, vio unas cuantas casas de concreto. La de Flor era una de las últimas. Observó desde el taxi el techo de tejas, la estructura de pequeña hacienda de la construcción y el tosco muro que describiera Felipe.

Al entrar a la calle, miró atentamente a todos los lados. Sebastián y Felipe la alertaron sobre aparentes transeúntes inocentes, borrachos durmiendo en las aceras, vehículos estacionados con parejas romanceando: cualquiera de esas señales podía significar peligro, vigilancia de agentes de seguridad. No vio nada. (Felipe tampoco vio nada, pensaba, rogando que nada anormal sucediera.)

– Aquí es -dijo al taxista.

Pagó y bajó del carro.

El timbre dejó oír un chirrido estridente. Poco después se oyeron pasos, sonido de chinelas aproximándose.

La mujer al otro lado de la cancela de hierro, la miró. Lavinia vio sus ojos seguir al taxi que levantando polvo salía de la calle hacia la avenida asfaltada.

– ¿Sí? ¿A quién busca? -preguntó la mujer, aproximándose a ella.

– A Flor -dijo Lavinia.

– Soy yo -dijo la mujer-. ¿Qué se le ofrece?

Lavinia extendió el papel que Felipe redactara sobre la mesa del comedor y luego doblara en forma curiosa.

Él había dicho que, con sólo ver la forma del doblaje, Flor entendería. Sin embargo, la mujer lo abrió y leyó antes de abrirle la puerta. La débil luz de la bujía en el alero de la casa, permitió a Lavinia observarla; tenía el pelo oscuro ondulado, hasta los hombros; sus facciones eran morenas y finas, debía andar cerca de los treinta años; fisonomía de enfermera adusta.

Aún conservaba el uniforme blanco. Sólo se había despojado de las medias y los zapatos, calzaba chinelas plásticas.

– Pasa -dijo, iniciando una sonrisa que suavizó sus facciones casi módicamente.

La cancela se abrió con un ruido de sarro, de goznes clamando por aceite.

– Perdona que te hiciera esperar -dijo Flor- En estos días, hay que redoblar las precauciones.

Cruzaron un corredor de abundantes maceteros. Plantas de grandes hojas, helechos, violetas, begonias, prestaban gracia y calor a la casa vieja y decrépita. Flor la hizo pasar a una sala acogedora y juvenil, que hizo pensar a Lavinia en posibles equívocos con la primera impresión de persona adusta que se había formado de ella. Había discos, libros, mecedoras, más plantas, pinturas y un afiche de Bob Dylan en la pared. Sobre la ventana que daba al corredor, se derramaba una enredadera de huele noche.

Sólo algunos gruesos libros de medicina en uno de los anaqueles y el modelo anatómico de mujer, indicaban la profesión de la dueña de la casa.

– Espérame un momento -dijo Flor-. Sólo me pongo los zapatos, recojo mis cosas y nos vamos.

Le indicó a Lavinia que se sentara y desapareció detrás de una cortina floreada. Meciéndose, tamborileando sobre el brazo de la butaca, Lavinia esperó. Le dolía la cabeza.

Flor salió al poco rato, vestida con un traje holgado y sencillo, celeste, y un maletín de médico en la mano. Se notaba preocupada.

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