Gioconda Belli - La Mujer Habitada

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La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimentos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchado contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, joven arquitecta, moderna e independiente, que al terminar sus estudios en Europa ve su país con ojos diferentes. Mientras trabaja en un estudio de arquitectos, Lavinia conoce a Felipe, y la intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el desenlace final.

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Ella, en silencio, no sabía qué hacer, si quedarse allí a su lado o retirarse discretamente, como hacen los amigos en los funerales, cuando llega la hora de mirar la ventanita del féretro por última vez.

– ¡Asesinos! ¡Hijos de puta! -dijo por fin Felipe, en un callado grito lanzado para dentro de sí mismo. Lavinia imaginó el grito proyectado en sus pulmones, dispersándose por su pecho, los brazos, las piernas.

Ella lo abrazó por detrás, sin decir, nada, pensando en lo pobre que era el lenguaje ante la muerte.

Sebastián apareció en la puerta de la habitación. Esta vez no la saludó. Lucía recuperado. Con vendaje limpio y vestido con una de las camisas de hombre que ella usaba. Fue hacia Felipe, se situó a su lado mirando las páginas extendidas del periódico.

– No mencionan que alguien escapó -dijo Felipe, al pasarle el diario, soltándolo, entregándole aquellas páginas con las fotos de los compañeros muertos. En silencio fue a la cocina de donde regresó con un vaso de agua que tomaba a grandes sorbos, mientras Sebastián seguía leyendo callado.

Lavinia se apartó respetuosa, sintiendo que estaba de más. Se deslizó callada hacia la puerta del jardín, asomándose a ver la noche, el patio, el ambiente sereno y pacífico de las plantas, el naranjo exhalando su olor cítrico. "Dichoso el árbol que es apenas sensitivo", recordó. Le hubiera gustado ser vegetal en ese momento.

Sintió a Felipe acercándose.

– ¿No pasó nada anormal en la oficina, no llegaron a preguntar por mí, no oíste nada extraño? -hablaba bajo, para no perturbar a Sebastián.

– No. No pasó nada anormal. Todos sabían de lo sucedido, pero no hablaron mucho. Comentaron sobre el despliegue que hizo la guardia contra sólo tres personas. Doña Nico me comentó que fue en su barrio, pero no quiso decir nada más. Sólo dijo "pobres muchachos" cuando vio las fotos, pero parecía que tenía miedo de hablar. Yo informé a Mercedes que vos estabas enfermo del estómago -dijo Lavinia, susurrando.

Él no respondió nada. La dejó y volvió al lado de Sebastián.

Hablaron algo entre ellos. Sebastián dijo "con permiso, compañera" y entraron los dos a la habitación cerrando la puerta.

Por supuesto que los hombres no lloraban, pensó Lavinia apoyándose en el dintel, mirando fijamente el tronco del árbol de naranja. Ella sentía las lágrimas arderle en los ojos. ¡Ella que ni había conocido a los muertos! ¡A fin de cuentas, era mujer!, se dijo irónicamente. Los dos hombres, podían mirar al periódico con los ojos secos y fijos; leerlo atentamente a pesar de las fotos.

Felipe parecía repuesto de su momento de dolor la noche anterior. "Uno nunca se acostumbra a la muerte", había dicho en la vulnerabilidad del cansancio. Ahora ella los veía tomar la muerte sin dramatismo, sin aspavientos; con rabia. Evidentemente, para ellos, lo que contaba era cómo debía precederse ahora, ahora que sabían que nadie mencionó al "otro", al que saltó las tapias, herido, huyendo.

No le dejaba de dar escalofríos verlos con esa entereza, acorazados, tal como si la muerte o la tristeza les rebotara en la piel, sin poder penetrarlos. Recordó una conversación con Natalia, una amiga española, sobre la justicia de las acciones de los vascos contra el franquismo: ambas facciones mataban a sangre fría. ¿En qué se diferenciaban? ¿En la guerra, cómo se diferenciaban los hombres? ¿Qué diferencia de fondo había entre dos hombres con un fusil cada uno, dispuestos a matarse en defensa de razones que ambos consideraban justas?

Natalia se había enfurecido ante sus preguntas "filosóficas, metafísicas". Pero ella no podía dejar de hacérselas aun cuando estuviera consciente de las diferencias entre agresores y agredidos; entre los "maquis" franceses y los nazis, por ejemplo. En la sociedad, también existía, como a nivel individual, la llamada "defensa propia" como justificación a la violencia; existían calidades humanas diferentes, gente que mataba por la muerte y gente que mataba por la vida, en defensa y preservación de lo humano frente a la bestialidad de la fuerza bruta. Pero era terrible, de todas formas tener que recurrir a balas y armas; unos contra otros. Tantos siglos no lograban cambiar la manera brutal en que se enfrentaban los seres humanos.

En Paguas, era fácil justificar a los muchachos; demasiado evidente la injusticia, la diferencia de fondo, lo que defendían unos y otros; la realidad de la ausencia de alternativas frente al Gran General. Con sólo ver el periódico de hoy, por ejemplo, uno podía tomar partido entre la fuerza bruta y el idealismo. Optar, aunque fuera a nivel de abstracción, por los muertos.

Pero no podía apartar las dudas. Viendo a Sebastián y Felipe pensó en los peligros del endurecimiento.

Aunque si se hubieran echado a llorar, quizás los hubiera considerado débiles. Pero no, se dijo, ¿por qué? Ella siempre pensó que era terrible y absurdo considerar como una debilidad el llanto de los hombres. Pero en la práctica nunca vio llorar a ninguno. Quizás no lo soportaría en este caso. Aumentaría la sensación de desamparo. No era tal vez necesario que lloraran, sólo que hicieran algo. Algo para evitar la dureza. Esa dureza que le producía aprensión, la noción de un delicado equilibrio, que, de romperse, devolvería el mundo a las fieras.

Fue entonces cuando escuchó, desde la ventana entreabierta de su habitación, aquel sonido terrible que siempre recordaría; la voz ronca de Sebastián, interrumpiéndose, quebrándose en sollozos secos, densos, produciendo el sonido de un dolor por ella jamás conocido.

La veo mirándome. La siento pensando. Allí está en medio de la noche como una luciérnaga perdida, flota entre nosotros sin poder encontrar el sitio al que pertenece. Dentro de la casa, los hombres discuten. Oigo los murmullos de sus voces, como tantas veces escuché desde la oscuridad, los consejos que Yarince hacía con sus guerreros. Aquellos en los que a mí no me era permitido participar aun cuando me llevaran al combate.

Después de la batalla de Maribios -la de los Desollados-, como le llamaron los invasores, hubo momentos en que sentí mi sexo como una maldición. Se pasaron días discutiendo cómo debían proceder, mientras yo tenía que vagar por los alrededores, encargada de cazarles y cocinarles la comida.

Cuando bajaba al río de aguas quietas, a traerles agua, esperaba con los piernas abiertas, que la superficie estuviera lisa, inmóvil, para mirar mi sexo: misteriosa se me hacía la hendidura entre los piernas, se parecía a algunas frutas; los labios carnosos y el centro, una delicada semilla rosada. Por allí penetraba Yarince y cuando estaba en mí, componíamos un solo dibujo, un solo cuerpo: juntos éramos completos.

Yo era fuerte y mis intuiciones, más de una vez, nos salvaron de una emboscada. Era dulce y a menudo los guerreros me consultaban sus sentimientos. Tenía un cuerpo capaz de dar vida en nueve lunas y soportar el dolor del parto. Yo podía combatir, ser tan diestra como cualquiera con el arco y la flecha y además, podía cocinar y bailarles en las noches plácidas. Pero ellos no parecían apreciar estas cosas. Me dejaban de lado cuando había que pensar en el futuro o tomar decisiones de vida o muerte. Y todo por aquella hendidura, esa flor palpitante, color de níspero que tenía entre las piernas.

Lavinia estuvo un rato más mirando los sombras del jardín balancearse con el viento. Los sollozos se habían extinguido en el murmullo de una conversación acuática, el sonido de los hombres conversando, la conversación de dos peces, un murmullo apenas de burbujas.

El rugido del llanto le produjo opresión en el pecho. Se arrepintió de dudar de los sentimientos de aquellos seres extraños, invasores de la paz de su casa, soñadores activos, "valientes" como decía Adrián.

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