Os aseguro que fue impresionante: parecía un cuadro de Bacon. Hace siglos que en el cuarto de baño de mis padres hay un cuadro de Bacon enmarcado en el que sale una persona en el cuarto de baño, justamente, pero a lo Bacon, o sea, en plan torturado y no muy atractivo. Siempre pensé que debía de tener cierto efecto sobre la serenidad de los actos pero bueno, aquí en casa todo el mundo disfruta de su propio cuarto de baño, así que nunca me he quejado. Pero cuando Diane Badoise se desarticuló por completo al torcerse el tobillo, formando con las rodillas, los brazos y la cabeza unos ángulos extraños, todo ello coronado por la cola de caballo, dispuesta en horizontal sobre el resto, enseguida pensé en el cuadro de Bacon. Durante un brevísimo instante, pareció una marioneta desarticulada, se oyó un gran crac corporal y, durante varias milésimas de segundo (porque todo ocurrió muy deprisa pero, como ahora presto atención a los movimientos del cuerpo, lo vi como a cámara lenta), Diane Badoise se asemejó a un personaje de Bacon. De ahí a que yo me diga que ese chisme lleva todos estos años en el cuarto de baño de mis padres sólo para que yo pudiera apreciar bien ese movimiento extraño, no hay más que un paso. Después Diane se cayó sobre los perros y con ello resolvió el problema, pues Athéna, al aplastarse contra el suelo, se zafó de Neptune. A ello siguió una coreografía complicada, porque Anne-Hélène quería ayudar a Diane a la vez que pugnaba por mantener a su perra a distancia del lúbrico monstruo, y Neptune, del todo indiferente a los gritos y al dolor de su ama, seguía tirando de la correa en dirección al chuletón con aroma de rosas. Pero en ese preciso instante la señora Michel salió de la portería, y yo cogí la correa de Neptune y lo alejé de allí.
Qué chasco se llevó el pobre. De repente se sentó y se puso a lamerse sus partes haciendo mucho ruido, lo cual no hizo sino agravar la desesperación de la pobre Diane. La señora Michel llamó a una ambulancia porque su tobillo empezaba a parecer una sandía y llevó a Neptune de vuelta a casa de sus amos, mientras Anne-Hélène se quedaba con Diane. En cuanto a mí, volví a mi casa preguntándome: y bien, por un Bacon al natural, ¿vale la pena seguir viviendo?
Decidí que no: porque no sólo Neptune no consiguió su golosina sino que, además, se quedó sin paseo.
Profeta de las élites modernas
Esta mañana, mientras escuchaba la emisora France Inter, me he llevado la sorpresa de descubrir que no soy quien creía ser. Hasta entonces había atribuido a mi condición de autodidacta proletaria las razones de mi eclecticismo cultural. Como ya he mencionado, he dedicado cada segundo de mi existencia que podía sustraer al trabajo a leer, ver películas y escuchar música. Pero ese frenesí en devorar objetos culturales adolecía a mi juicio de una falta de gusto total, la de la mezcla brutal de obras respetables con otras que lo eran mucho menos.
Sin duda es en el campo de la lectura donde mi eclecticismo es menos acusado, si bien mi diversidad de intereses es en dicho ámbito la más extrema. He leído obras de historia, de filosofía, de economía política, de sociología, de psicología, de pedagogía, de psicoanálisis y, por supuesto y ante todo, de literatura. Las primeras me han interesado; la última constituye toda mi vida. Mi gato, León, debe su nombre a Tolstoi. El anterior se llamaba Dongo por Fabrice del. Al primero lo bauticé Karenina por Ana, nombre que yo acortaba en Kare, por miedo a que me desenmascarasen. Exceptuando la infidelidad stendhaliana, mis gustos se sitúan de manera muy nítida en la Rusia anterior a 1910, pero me vanaglorio de haber devorado una parte bastante apreciable de la literatura mundial, teniendo en cuenta que soy una persona de origen campesino cuyas esperanzas de hacer carrera alcanzaron hasta la portería del número 7 de la calle de Grenelle, cuando habría podido pensarse que un destino como el mío me abocara al culto eterno de las novelitas rosas de Barbara Cartland. Bien es cierto que soy -y me siento- culpable de cierta inclinación por las novelas policíacas, pero las que yo leo las considero literatura de altísima categoría. Me resulta especialmente difícil, algunos días, sustraerme a la lectura de alguna novela de Connelly o de Mankell para contestar al timbrazo de Bernard Grelier o de Sabine Pallières, cuyas preocupaciones no son congruentes con las meditaciones de Harry Bosch, el agente amante del jazz del LAPD [1][Departamento de Policía de Los Ángeles], sobre todo cuando me preguntan:
– ¿A qué se debe que el olor de la basura llega hasta el patio?
Que Bernard Grelier y la heredera de una antigua familia de la Banca puedan preocuparse por las mismas trivialidades e ignorar ambos que la construcción sintáctica encabezada por «a qué se debe» rige el empleo del subjuntivo arroja nueva luz sobre la humanidad.
En el capítulo cinematográfico, por el contrario, mi eclecticismo alcanza cotas insospechadas. Me gustan las blockbusters [2] [películas comerciales] americanas y las obras del cine de autor. De hecho, durante mucho tiempo consumí preferentemente cine de entretenimiento americano o inglés, con excepción de algunas obras serias que yo consideraba con mi mirada pronta a pasarlo todo por el tamiz de la estética, esa mirada pasional y empática que sólo se codea con el entretenimiento. Greenaway suscita en mí admiración, interés y bostezos, mientras que lloro cual magdalena esponjosa cada vez que Melly y Mammy suben la escalera de los Butler tras la muerte de Bonnie Blue, y considero Blade Runner una obra maestra de la distracción de primera categoría. Durante mucho tiempo, he estimado una fatalidad que el séptimo arte fuera bello, poderoso y soporífero y que el cine de entretenimiento fuera fútil, divertido y abrumador.
Miren, hoy por ejemplo bullo de impaciencia ante la perspectiva del regalo que me he hecho a mí misma. Es el fruto de una paciencia ejemplar, el cumplimiento del deseo, largo tiempo diferido, de ver de nuevo una película que vi por vez primera la Navidad de 1989.
Octubre rojo
La Navidad de 1989 Lucien estaba muy enfermo. Si bien no sabíamos todavía cuándo llegaría la muerte, ya sentíamos el nudo de la certeza de su inminencia, un nudo doble, el que cada uno sentía en su fuero interno y el de ese vínculo invisible que nos unía el uno al otro. Cuando la enfermedad entra en un hogar, no se apodera sólo de un cuerpo, sino que teje entre los corazones una tela oscura que entierra toda esperanza. Como el hilo de una telaraña que se enredara alrededor de nuestros proyectos y de nuestro aliento, la enfermedad, día tras día, devoraba nuestra vida. Cuando volvía a entrar a casa desde el exterior, tenía la impresión de penetrar en una tumba y sentía frío todo el rato, un frío que nada aliviaba hasta el punto de que, los últimos tiempos, cuando dormía junto a Lucien me parecía que su cuerpo aspiraba todo el calor que el mío hubiera podido robar en otro sitio.
La enfermedad, diagnosticada en la primavera de 1988, lo carcomió durante diecisiete meses y se lo llevó en la Nochebuena de 1989. La señora de Meurisse, la madre, organizó una colecta entre los residentes del palacete, y dejaron ante mi puerta una bonita corona de flores, ceñida por una cinta que no llevaba ninguna mención. Ella fue la única que asistió al funeral. Era una mujer piadosa, fría y rígida, pero había cierta sinceridad en sus modales austeros y un poco bruscos, y cuando murió, un año después de Lucien, me hice la reflexión de que era una mujer de bien y que la echaría de menos, aunque durante quince años apenas hubiéramos intercambiado alguna que otra palabra.
– Le amargó la vida a su nuera hasta el final. Descanse en paz, era una santa mujer -había añadido Manuela (que profesaba por la señora de Meurisse, la nuera, un odio raciniano) a guisa de oración fúnebre.
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