Muriel Barbery - La elegancia del erizo

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En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.

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Esta mañana precisamente, me encuentro, perpleja, en la cocina, con un librito ante mí. Estoy en uno de esos momentos en que me arrebata el delirio de mi empresa solitaria y, a un paso de tirar la toalla, temo haber dado por fin con mi amo.

Que lleva por nombre Husserl, un nombre que rara vez se otorga a los animales de compañía o a las marcas de chocolate, debido a que evoca algo serio, árido y vagamente prusiano. Pero ello no me consuela. Considero que el destino me ha enseñado, mejor que a nadie, a resistir a las sugestiones negativas del pensamiento mundial. Déjenme que les diga algo: si hasta el momento se habían imaginado que, a fuerza de fealdad, vejez, viudez y reclusión en una portería, me había convertido en un ser miserable resignado a la bajeza de su suerte, es que carecen de imaginación. Me he replegado, es cierto, y he rechazado el combate. Pero, en la seguridad de mi espíritu, no existe desafío que yo no sea capaz de afrontar. Indigente de nombre, posición y apariencia, soy en mi entendimiento una diosa invicta.

Por ello, Edmund Husserl, que, a mi juicio, es un nombre para aspiradores sin bolsa, amenaza la perennidad de mi Olimpo privado.

– Bueno, bueno, bueno, bueno -digo, respirando bien hondo-, todo problema tiene solución, ¿no? -y le lanzo una mirada a mi gato, buscando algo de aliento por su parte.

El ingrato no responde. Acaba de tragarse una monstruosa loncha de paté y, animado desde ese momento por una gran benevolencia, coloniza el sillón.

– Bueno, bueno, bueno, bueno -repito tontamente y, perpleja, contemplo una vez más el ridículo librito.

Meditaciones cartesianas – Introducción a la fenomenología . Uno se da cuenta enseguida, por el título de la obra y al leer las primeras páginas, que no es posible abordar a Husserl, filósofo fenomenólogo, sin haber leído antes a Descartes y a Kant. Pero resulta también patente, con la misma prontitud, que dominar a Descartes y a Kant no basta para que a uno se le abran las puertas de acceso a la fenomenología trascendental.

Es una lástima; pues siento por Kant una sólida admiración, por los dispares motivos de que su pensamiento es un concentrado glorioso de genio, rigor y locura y porque, por espartana que pueda ser su prosa, apenas he tenido dificultad en descifrar su sentido. Los textos de Kant son grandes textos, y así lo atestigua su aptitud para superar la prueba de la ciruela Claudia. La prueba de la ciruela claudia asombra por su evidencia; tan evidente es, como digo, que lo deja a uno desarmado. Su fuerza estriba en una constatación universal: al morder la fruta, el hombre comprende al fin. ¿Qué es lo que comprende? Todo. Comprende la lenta maduración de una especie humana abocada a la supervivencia que, un buen día, llega a la intuición del placer, la vanidad de todos los apetitos ficticios que distraen de la aspiración primera a las virtudes de las cosas sencillas y sublimes, la inutilidad de los discursos, la lenta y terrible degradación de los mundos a la cual nadie podrá sustraerse y, pese a ello, la maravillosa voluptuosidad de los sentidos cuando conspiran a enseñar a los hombres el placer y la aterradora belleza del Arte. La prueba de la ciruela claudia se efectúa en mi cocina. Sobre la mesa de fórmica dispongo la fruta y el libro, y, atacando la primera, me lanzo también sobre el segundo. Si resisten mutuamente a sus cargas poderosas, si la ciruela Claudia no logra hacer que dude del texto y si éste no acierta a arruinarme la fruta, entonces sé que me hallo en presencia de una empresa de envergadura y, atrevámonos a decirlo, de excepción, tan escasas son las obras que no se ven disueltas, ridiculas y fatuas, en la extraordinaria suculencia de los pequeños frutos dorados.

– Pues estoy apañada -le digo a León, porque mis competencias en materia de kantismo son muy poquita cosa frente al abismo de la fenomenología.

No se puede decir que tenga mucha alternativa. No me queda más remedio que ir a la biblioteca y tratar de dar con una introducción al asunto. Por lo general desconfío de esas glosas o atajos que aprisionan al lector en un pensamiento escolástico. Pero la situación es demasiado grave como para que pueda otorgarme el lujo de tergiversar. La fenomenología se me escapa y ello me resulta insoportable.

Idea profunda n°3

Los más fuertes

entre los hombres

no hacen nada

hablan y hablan

sin parar

Ésta es una idea profunda mía, pero nació a su vez de otro idea profunda. Lo dijo un invitado de papá que vino ayer a cenar: «Los que saben hacer las cosas, las hacen; los que no saben, enseñan a hacerlas; los que no saben enseñar, enseñan a los que enseñan, y los que no saben enseñar a los que enseñan, se meten en política.» Todo el mundo pareció encontrar aquello muy inspirado, pero no por los motivos adecuados. «Cuánta razón tiene», dijo Colombe, que es especialista en falsa autocrítica. Forma parte de aquellos que piensan que el saber vale por el poder y el perdón. Si sé que formo parte de una élite autosatisfecha que sacrifica el bien común por exceso de arrogancia, me libro de la crítica y consigo con ello el doble de prestigio. Papá también tiende a pensar así, aunque es menos cretino que mi hermana. Él todavía cree que existe algo llamado «deber» y, aunque sea a mi juicio quimérico, ello lo protege de la idiotez del cinismo. Me explico: no hay mayor frivolidad que ser cínico. Si adopta la actitud contraria es porque todavía cree a pies juntillas que el mundo tiene sentido y porque no acierta a renunciar a las pamplinas de la infancia. «La vida es una golfa, ya no creo en nada y gozaré hasta la náusea» es el lema del ingenuo contrariado. O sea, mi hermana, vamos. Por mucho que estudie en una de las universidades más prestigiosas de Francia, todavía cree en Papa Noel, no porque tenga buen corazón, sino porque es totalmente pueril. Se reía como una tonta cuando el colega de papá soltó su ingeniosa frase, como si pensara «qué lista soy, domino la meta-referencia», y eso me confirmó lo que opino desde hace tiempo: Colombe es un cero a la izquierda.

Pero yo en cambio pienso que esta frase es una auténtica idea profunda, precisamente porque no es verdad, por lo menos no del todo. No significa lo que uno cree que significa. Si uno ascendiera en la escala social de manera proporcional a su incompetencia, os puedo asegurar que el mundo no marcharía como marcha. Pero el problema no es ése. Lo que esta frase quiere decir no es que los incompetentes tengan un lugar bajo el sol, sino que no hay nada más difícil e injusto que la realidad humana: los hombres viven en un mundo donde lo que tiene poder son las palabras y no los actos, donde la competencia esencial es el dominio del lenguaje. Eso es terrible porque, en el fondo, somos primates programados para comer, dormir, reproducirnos, conquistar y asegurar nuestro territorio, y aquellos más hábiles para todas esas tareas, aquellos entre nosotros que son más animales, ésos siempre se dejan engañar por los otros, los que tienen labia pero serían incapaces de defender su huerto, de traer un conejo para la cena y de procrear como es debido. Es un terrible agravio a nuestra naturaleza animal, una suerte de perversión, de contradicción profunda.

5

Triste condición

Después de un mes de lectura frenética, decido con inmenso alivio que la fenomenología es una tomadura de pelo. De la misma manera que las catedrales siempre han despertado en mí ese sentimiento próximo al síncope que se experimenta ante la manifestación de lo que los hombres pueden construir para rendir homenaje a algo que no existe, la fenomenología acosa mi incredulidad ante la perspectiva de que tanta inteligencia haya podido servir una causa tan vana. Como estamos en noviembre, por desgracia no tengo ciruelas Claudias a mano. En tal caso, once meses al año a decir verdad, recurro al chocolate negro (70% de cacao). Pero conozco de antemano el resultado de la demostración. Si tuviera la posibilidad de saborear el patrón de prueba, seguro que me partiría de risa leyendo, y un bonito capítulo como «Revelación del sentido final de la ciencia en el empeño de "vivirla" como fenómeno noemático» o «Los problemas constitutivos del ego trascendental» podría incluso matarme de risa; caería fulminada en mi mullida poltrona, con zumo de ciruela Claudia o hilillos de chocolate rodando por las comisuras de mis labios.

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