Muriel Barbery - La elegancia del erizo

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En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.

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Los anuncios se terminaron por fin y, después de unos letreros sobre una imagen de un montón de tíos cachas tumbados en la hierba, la cámara enfocó el estadio con la voz en off de los comentaristas, y luego un primer plano de los mismos (adictos al cassoulef) para después volver al estadio. Los jugadores hicieron su aparición en el terreno, y desde ese momento ya empecé a sentir una suerte de fascinación. Al principio no lo entendía del todo, eran las mismas imágenes que de costumbre pero producían en mí un efecto nuevo, como un cosquilleo, una tensión, un «estoy conteniendo el aliento». A mi lado, papá ya se había pimplado su primera birra y se preparaba a proseguir en esa misma vena gala, pidiéndole a mamá, que acababa de despegarse del reposabrazos, que le trajera otra. Yo, como digo, contenía el aliento. «¿Qué ocurre?», me preguntaba mirando la pantalla, y no acertaba a saber qué era lo que me estaba produciendo ese cosquilleo.

Se me hizo la luz cuando los del equipo neozelandés empezaron su haka. Entre ellos había un jugador maorí muy alto y muy joven. Era éste el que había atraído mi atención desde el principio, sin duda por su estatura primero, y luego también por su manera de moverse. Un tipo de movimiento muy curioso, muy fluido pero sobre todo muy concentrado, quiero decir muy concentrado en sí mismo. La mayoría de la gente cuando se mueve lo hace en función de lo que tiene alrededor. Justo en este momento, mientras escribo, Constitución pasa por delante de mí arrastrando la tripa sobre el suelo. Esta gata no tiene ningún proyecto en la vida y sin embargo se dirige hacia algo, probablemente un sillón. Y eso se ve en su manera de moverse: va hacia algo, y recalco el «hacia». Mamá acaba de pasar en dirección a la puerta principal, se va a hacer la compra y de hecho, ya está fuera, su movimiento se anticipa a sí mismo. No sé muy bien cómo explicarlo, pero cuando te desplazas, de alguna manera ese movimiento hacia algo te desestructura: estás ahí y a la vez ya no estás porque ya estás yendo a otra parte, no sé si me explico. Para dejar de desestructurarse, habría que dejar de moverse por completo. O te mueves y ya no estás entero, o estás entero y no te puedes mover. Pero ese jugador en cambio, en cuanto salió al terreno de juego sentí con respecto a él una cosa distinta. La impresión de verlo moverse, sí, pero a la vez seguía ahí. Absurdo, ¿verdad?

Cuando empezó el haka, yo sobre todo lo miraba a él. Saltaba a la vista que no era como los demás. De hecho, Cassoulet n° 1 dijo: «Y Somu, el temible zaguero neozelandés, sigue impresionándonos con sus hechuras de coloso; dos metros siete, ciento dieciocho kilos, once segundos en los cien metros, ¡una monada de criatura, sí, señor!» Tenía hipnotizado a todo el mundo, pero nadie sabía exactamente por qué. Sin embargo, el motivo se hizo patente durante el haka: se movía, hacía los mismos gestos que los demás (darse palmadas en los muslos, aporrear el suelo rítmicamente, tocarse los codos, todo ello clavando los ojos en los del adversario con aire de guerrero nervioso) pero, mientras que los gestos de los demás se dirigían hacia sus adversarios y hacia todo el estadio que los estaba mirando, los gestos de este jugador permanecían en él, estaban concentrados en él mismo, y ello le confería una presencia y una intensidad increíbles. Y como consecuencia de ello, el haka, que es un canto guerrero, adquiría toda su fuerza. Lo que hace la fuerza del soldado no es la energía que emplea en intimidar a su adversario enviándole un montón de señales, sino la fuerza que es capaz de concentrar en sí mismo, centrándose en sí, sin salir de sí mismo. El jugador maorí se convertía en un árbol, un gran roble indestructible con raíces profundas, que irradiaba una fuerza poderosa, de la que todo el mundo era consciente. Y sin embargo, uno tenía la certeza de que ese gran roble también podía echar a volar, que iba a ser tan rápido como el viento, a pesar de o gracias a sus grandes raíces.

Entonces, a partir de ese momento me puse a seguir el partido con atención buscando siempre lo mismo: esos momentos compactos en que un jugador se convertía en su propio movimiento sin la necesidad de fragmentarse dirigiéndose hacia algo. ¡Y vi montones de ellos! En todas las fases del juego: en las melés, con un punto de equilibrio evidente, un jugador que encontraba sus raíces, convirtiéndose así en una pequeña ancla bien sólida que le daba su fuerza al grupo; en las fases de despliegue, con un jugador que encontraba la velocidad precisa al dejar de pensar en anotar, al concentrarse en su propio movimiento, y que corría como si estuviera en estado de gracia, con el balón pegado al cuerpo; en la exaltación de los pateadores, que se aislaban del resto del mundo para encontrar el movimiento perfecto del pie. Pero ninguno llegaba a la perfección del gran jugador maorí. Cuando marcó el primer ensayo para Nueva Zelanda, papá se quedó como atontado, con la boca abierta, sin acordarse de beberse su cerveza. Debería haberse disgustado porque él iba con el equipo francés, pero en lugar de eso, dijo: «¡Vaya jugador!», pasándose la mano por la frente. Los comentaristas eran un poco reacios a prodigarse en alabanzas, pero con todo tampoco lograban ocultar que acabábamos de presenciar algo verdaderamente bello: un jugador que corría sin moverse dejando a todo el mundo atrás. Eran los otros los que parecían hacer movimientos frenéticos y torpes, incapaces de alcanzarlo.

Entonces me dije: ya está, he podido encontrar en el mundo movimientos inmóviles; ¿vale la pena seguir viviendo por esto? En ese momento, un jugador francés perdió el calzón corto en un maul, y, de golpe, me sentí súper deprimida porque todo el mundo se desternillaba de risa, incluido papá, que se tomó otra cervecita para celebrarlo, a pesar de los dos siglos de protestantismo que han regido nuestra familia. Yo me sentía como si todo fuera una profanación.

Así que, no, esto no basta. Para convencerme serán necesarios otros movimientos. Pero, al menos, habré acariciado la idea de que sí valía la pena vivir.

2

De guerras y colonias

No tengo estudios, decía en el preámbulo de mi discurso. No es del todo exacto; pero mi juventud escolar llegó hasta el certificado de estudios, antes del cual me había cuidado muy mucho de no llamar la atención -asustada por las sospechas que sabía que en el señor Servant, el maestro, había levantado el descubrirme devorando con avidez su diario, que no hablaba más que de guerras y de colonias, cuando apenas contaba yo diez años.

¿Por qué? No lo sé. ¿Creen ustedes realmente que habría podido? Es una pregunta para los adivinos de antaño. Digamos que la idea de luchar en un mundo de pudientes, yo, la hija de un don nadie, sin belleza ni encanto, sin pasado ni ambición, sin don de gentes ni esplendor, me fatigó antes incluso de, intentarlo. Yo sólo deseaba una cosa: que me dejaran en paz, sin exigirme demasiado, y poder disfrutar, unos instantes al día, de la libertad de saciar mi hambre.

Para quien no conoce el apetito, la primera punzada de hambre es a la vez un sufrimiento y una iluminación. Yo era una niña apática y casi minusválida, tan cargada de espaldas que casi parecía jorobada, que si se mantenía en la existencia no era sino porque desconocía que pudiera haber otra vía. La ausencia de gusto en mí rayaba en la nada; nada me decía nada, nada despertaba nada en mí y, cual débil brizna de paja empujada aquí y allá al capricho de enigmáticas ráfagas de viento, ignoraba incluso hasta el mismo deseo de poner fin a mi vida.

En mi casa apenas se hablaba. Los niños chillaban y los adultos se afanaban en sus tareas como lo hubieran hecho de haber estado solos. Teníamos suficiente para comer, aunque frugalmente, no se nos maltrataba y nuestra ropa de pobres estaba limpia, de modo que aunque podía causarnos vergüenza, al menos no sufríamos el frío. Pero no nos hablábamos.

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