Si se quiere abordar la fenomenología, hay que ser consciente del hecho de que se resume a una doble interrogación: ¿de qué naturaleza es la conciencia humana? ¿Qué conocemos del mundo?
Empecemos por la primera.
Hace milenios que, desde el «conócete a ti mismo» hasta el «pienso luego existo», no se deja de glosar esta irrisoria prerrogativa del hombre que constituye la conciencia que éste tiene de su propia existencia y, sobre todo, la capacidad que tiene esta conciencia de tomarse a sí misma como objeto. Cuando algo le pica, el hombre se rasca y tiene conciencia de estar rascándose. Si se le pregunta: ¿qué haces? Responde: me rasco. Si se lleva más lejos la investigación (¿eres consciente del hecho de que eres consciente de que te rascas?), responde otra vez que sí, y así con todos los «eres consciente» que se puedan añadir. ¿Alivia en algo su sensación de picor el saber que se rasca y que es consciente de ello? ¿Influye acaso de manera beneficiosa la conciencia reflexiva en la intensidad del picor? Quia. Saber que a uno le pica y ser consciente del hecho de que se es consciente de saberlo no cambia estrictamente nada el hecho de que a uno le pique. Y desventaja añadida, hay que soportar la lucidez que resulta de esta triste condición, y apuesto diez libras de ciruelas Claudias a que ello acrecienta una molestia que, en el caso de mi gato, un simple movimiento de la pata anterior basta para aliviar. Pero resulta para los hombres tan extraordinario, porque ningún otro animal lo puede y porque así escapamos a la bestialidad, que un ser pueda saberse sabiendo que se está rascando, que esta prelación de la conciencia humana parece para muchos la manifestación de algo divino, algo que en nosotros escapa al frío determinismo al que están sometidas todas las cosas físicas.
Toda la fenomenología se asienta sobre esta certeza: nuestra conciencia reflexiva, marca de nuestra conciencia ontológica, es la única entidad en nosotros que vale la pena estudiarse pues nos salva del determinismo biológico.
Nadie parece consciente del hecho de que, puesto que somos animales sometidos al frío determinismo de las cosas físicas, ello anula todo lo anterior.
Sotanas de tela basta
Consideremos la segunda pregunta: ¿qué conocemos del mundo?
A esta pregunta, los idealistas como Kant responden.
¿Qué responden?
Responden: poca cosa.
El idealismo es la postura que considera que sólo podemos conocer aquello que nuestra conciencia, esa entidad semidivina que nos salva de la bestialidad, aprehende. Conocemos del mundo lo que nuestra conciencia puede decir de éste porque lo aprehende, y nada más.
Consideremos un ejemplo, casualmente un simpático gato llamado León. ¿Por qué? Porque encuentro que es más fácil con un gato. Y yo les pregunto: ¿cómo pueden estar seguros de que se trata de verdad de un gato, e incluso saber lo que es un gato? Una respuesta sana sería argüir que nuestra percepción del animal, completada por algunos mecanismos conceptuales y lingüísticos, nos lleva a formar ese conocimiento. Pero la respuesta idealista consiste en alegar la imposibilidad de saber si lo que percibimos y concebimos del gato, si lo que nuestra conciencia aprehende como gato, concuerda con lo que es el gato en su intimidad profunda. Quizá mi gato, que, en el momento en el que hablamos, yo aprehendo como un cuadrúpedo obeso con bigotes trémulos y que guardo en mi mente en un cajón etiquetado como «gato», sea en realidad y en su misma esencia una bola de liga verde que no hace miau. Pero mis sentidos están constituidos de tal manera que no lo percibo así, y el inmundo montón de cola verde, engañando mi repulsión y mi candida confianza, se presenta a mi conciencia bajo la apariencia de un animal doméstico glotón y sedoso.
He ahí el idealismo kantiano. No conocemos del mundo más que la idea que nuestra conciencia forma del mismo. Pero existe una teoría más deprimente que ésta, una teoría que abre perspectivas más aterradoras todavía que la de acariciar sin darse cuenta de ello un pedazo de baba verde o, por las mañanas, hundir en una cueva pustulosa las rebanadas de pan que uno creía destinadas al tostador.
Existe el idealismo de Edmund Husserl, que ahora ya evoca para mí una marca de sotanas de tela basta para sacerdotes seducidos por un oscuro cisma de la Iglesia baptista.
En esta última teoría sólo existe la aprehensión del gato. ¿Y el gato? Pues bien, el gato no le importa a nadie. El gato no es necesario en absoluto. ¿Para qué? ¿Qué gato? A partir de ahora, la filosofía se permite complacerse sólo con la lujuria de la mente nada más. El mundo es una realidad inaccesible que sería vano tratar de conocer. ¿Qué conocemos del mundo? Nada. Puesto que todo conocimiento no es más que la autoexploración por sí misma de la conciencia reflexiva, se puede mandar el mundo a paseo.
Tal es la fenomenología: la «ciencia de lo que aparece a la conciencia». ¿Cómo es un día normal de un fenomenólogo? Se levanta, tiene conciencia de enjabonar bajo la ducha un cuerpo cuya existencia carece de fundamento, de tomarse unas tostadas reducidas a la nada, de vestir una ropa que es como unos paréntesis vacíos, de ir al trabajo y de asir un gato.
Poco le importa que el gato exista o no y lo que el gato sea en su esencia misma. Lo que no se puede decidir no le interesa. En cambio, es innegable que a su conciencia se le aparece un gato y es ese aparecer lo que preocupa a nuestro hombre.
Un aparecer por lo demás bastante complejo. Es desde luego notable que se pueda detallar hasta ese punto el funcionamiento de la aprehensión por parte de la conciencia de algo cuya existencia en sí es indiferente. ¿Saben ustedes que nuestra conciencia no aprehende nada de una sentada, sino que efectúa complicadas series de síntesis que, mediante perfilados sucesivos, consiguen que nuestros sentidos perciban objetos diversos como, por ejemplo, un gato, una escoba o un matamoscas? (No me negarán que no resulta útil este mecanismo.) Realicen el ejercicio de mirar a su gato y de preguntarse cómo es que saben ustedes qué aspecto tiene por delante, por detrás, por arriba y por abajo cuando en ese momento sólo lo están viendo de frente. Ha sido necesario que su conciencia, sintetizando sin que ustedes se dieran cuenta siquiera las múltiples percepciones de su gato desde todos los ángulos posibles, termine creando esa imagen completa del gato que su visión actual no le proporciona jamás. Lo mismo ocurre con el matamoscas, que no perciben nunca ustedes más que por un lado, si bien pueden visualizarlo entero en sus mentes y, milagro, saben sin tener siquiera que darle la vuelta qué aspecto tiene por el otro lado.
Estaremos de acuerdo en que ese saber resulta muy útil. Resulta difícil imaginar a Manuela utilizando un matamoscas sin echar mano inmediatamente del saber que tiene de los distintos perfilados necesarios para su aprehensión. Por otra parte, resulta difícil imaginar a Manuela utilizando un matamoscas por la sencilla razón de que en las casas de los ricos nunca hay moscas. Ni moscas, ni viruela, ni malos olores, ni secretos de familia. En casa de los ricos todo es limpio, sin aristas, sano y por consiguiente preservado de la tiranía de los matamoscas y del oprobio público.
He aquí pues lo que es la fenomenología: un monólogo solitario y sin fin de la conciencia consigo misma, un autismo puro y duro que ningún gato real y verdadero importuna jamás.
En el Sur conferederado
– ¿Qué está leyendo? -me pregunta Manuela, que viene, jadeando, de casa de cierta señora de Broglie a quien la cena que organiza esa noche ha vuelto tísica. Al recibir de manos del mozo de supermercado siete cajas de caviar Petrossian, respiraba como Dark Vader.
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