Péter Nádas - Libro del recuerdo
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“El libro que usted estaba esperando desde que leyó ‘En busca del tiempo perdido’ o ‘La montaña mágica’ – The New Republic
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Era una rosa color violeta.
Pero yo no quería tocarla, también esta imagen tenía que ahuyentar: sería hermoso descansar en un vacío sosegado y luminoso; mi prometida se desliza suavemente hasta lo más hondo de mi ser, y en el instante en que, con gesto arrogante, se arranca de la cabeza el sombrero con el velo, su melena roja le resbala sobre los hombros, y ella me acerca la cara, anhelante, pero, en lugar de su aliento, siento una vaharada fétida y repugnante.
Sonó un portazo muy cerca.
Me senté en la cama completamente despierto, sobresaltado, sin duda.
La puerta del dormitorio estaba abierta y los blancos muebles del salón refulgían a un resplandor azulado.
Y no había ventana alguna por la que hubiera podido ver balancearse las cimas de los abetos, la cortina estaba echada, el viento no silbaba, se oía el rumor del mar, pero lejano, porque mis habitaciones daban al parque.
Era como si el portazo del urinario fuera el último sonido de mi sueño, que me había seguido hasta mi vigilia. Pero en el pasillo sonaban pasos presurosos que se alejaban, en la habitación de al lado sollozaba o gritaba alguien, violentamente, al parecer, o quizá era muy delgado el tabique, y entonces se oyó un golpe sordo, como si hubiera caído al suelo un objeto, o un cuerpo.
Yo aguzaba el oído, pero no oía nada más.
No me atrevía a moverme; el chirriar de la cama, el roce de la sábana, hubieran roto el silencio, el brusco movimiento de apartar el edredón hubiera podido ahogar los sonidos de un asesinato, pero no se oía nada. De todos modos, yo no estaba seguro de no haberlo soñado; por un lado, porque a veces sueñas que te despiertas, y no haces sino sumirte en el sueño más profundamente; por otro, me parecía que aquel llanto, los gritos y el golpe del cuerpo en el suelo ya habían sonado en otro tiempo, y también esto me recordó a mi padre, y, a pesar de tener los ojos abiertos, lo veía estremecerse en sueños, incorporarse en el sofá y caer al suelo rayado de sol, y es que entonces, hace veinte años, cuando él dormía por la tarde en el sofá del salón en el que yo dormía por la noche, teníamos alquilada precisamente la suite en la que ahora yo creía oír tan extraños sonidos, y por ello surgía en mí la duda de si realmente había vivido aquello o sólo había vuelto a soñarlo, porque, cuando cerraba el balcón de la terraza antes de acostarme, me había venido a la memoria la forma en que habían terminado de una vez para siempre los hermosos días de Heiligendamm.
Entonces, en las noches cálidas, dejábamos abiertas no sólo las ventanas sino también la vidriera de la terraza, lo cual me producía gran alegría porque, cuando por fin mis padres cerraban la puerta de su dormitorio, yo esperaba un tiempo prudencial, me levantaba sigilosamente y, tratando de convencerme a mí mismo de que tenía dominados todos mis temores, salía a la terraza.
A aquella hora, en una soledad imponente, la amplia terraza de piedra parecía planear sobre el parque; yo tenía la sensación de flotar en el aire; cuando había luna, su resplandor se filtraba entre los árboles y dibujaba en el suelo las picudas sombras de los abetos, y contemplaba la escena tratando de aislarme del entorno, como si no estuviera allí, como si hubiera embarcado en una nave que surcara un mar en calma; pero, antes de salir, procuraba cerciorarme de que iba a estar solo, porque alguna vez no había reparado en la figura de la vecina de al lado, que estaba en un ángulo, apoyada en la balaustrada, una mancha clara o una silueta oscura, según la fase de la luna y, si ella estaba, yo no podía salir, porque, a pesar de que entre nosotros había una relación secreta, exclusivamente nocturna, que rehuía la luz del día, yo temía que ella pudiera delatarme a mis padres; y, aunque su compañía me parecía grata y hasta apetecible, aquellas escapadas nocturnas sólo me producían verdadero placer cuando podía estar solo, cuando podía imaginarme en un barco que me llevaba lejos de allí.
La primera vez que salí sin tomar precauciones me paré en medio de la terraza, petrificado por la sorpresa; lucía la luna tras unas nubes tenues e inmóviles y, a la pálida luz azulada, estaba ella, con la cara vuelta hacia la claridad; la tomé por un fantasma, de cuya existencia y andanzas me había hablado Hilde, la criada, que decía que eran «una maravilla, una maravilla de miedo», y el vaporoso echarpe, y la figura delicada, y el brillo plateado del pelo que le llegaba hasta la cadera parecían corroborarlo: era hermosa, daba la sensación de que no descansaba sobre el suelo, pero también tenía una profunda gravedad, una gravedad que imprimían en su cara unos ojos muy abiertos y sin pupila; en la noche cálida, sentí un aire frío, y comprendí que era su aliento, la respiración con que me sorbía hacia la caverna de su cuerpo.
No era miedo lo que me paralizaba, o, si lo era, había alcanzado esa intensidad en la que el miedo se sublima en placer, estado en el que el cuerpo parece liberarse de sí mismo; yo no sentía manos ni pies, por eso no podía moverme, pero al mismo tiempo, sin necesidad de hacer el menor esfuerzo por recordar, mis diez años de vida se me hicieron presentes, una vida de la que ahora tenía yo que separarme, para integrarme en una forma distinta, sensación que después sólo experimentaría en el amor, y ese estado excepcional me parecía tanto más natural por cuanto que no eran sólo los cuentos de Hilde, sino también mi propia inclinación lo que me había predispuesto para esta experiencia.
Naturalmente, ese pasmo reverente y ese deseo vehemente duraron sólo un momento, y enseguida comprendí que era sólo una ilusión óptica, por reales que fueran mis sentimientos, «vaya, es fräulein Wohlgast, nuestra vecina». A fräulein Wohlgast, de la que solíamos hablar durante nuestros paseos de la tarde, la había visto charlar con mi madre durante las comidas en la mesa redonda; por otro lado, aquella cuestión de los fantasmas había empezado a parecerme dudosa desde el día en que creía haber visto una aparición y mi padre me siguió la corriente con seriedad, casi con aire reflexivo, y también con la maliciosa condescendencia de las personas que poseen sentido del humor, naturalmente, el fantasma tenía que estar allí, en el cañaveral, y dónde si no, si allí lo había visto yo, a pesar de que él, por más que se esforzaba, no veía nada, aunque oír, quizá, pero no, no oía nada, lo cual, desde luego, no significaba que no pudiera haber estado allí, ya que los fantasmas andaban siempre de un lado a otro, así eran ellos, a veces se te aparecían, pero casi siempre permanecían invisibles, y, por si ello me interesaba, debía saber que esto era propio de su condición y que no se aparecían a cualquiera, sino sólo a personas muy especiales, por lo que yo debía sentirme muy honrado, más aún, privilegiado, y también él se alegraba de que un fantasma hubiera hecho a su hijo el honor de aparecérsele, porque a él, desgraciadamente, hacía ya mucho tiempo que no le era dado gozar de esos escalofriantes placeres, sus fantasmas se habían desvanecido, habían desaparecido, simplemente, lo cual él lamentaba, pues su ausencia le había dejado un vacío, ya casi había olvidado su existencia y su seducción, pero a fin de poder comparar sus experiencias de antaño con las mías de ahora, me agradecería que le describiera detalladamente el aspecto de mi fantasma.
Aquel día dimos un paseo más largo, lo cual, aun sin tomar en consideración la aparición del fantasma, era ya algo excepcional, puesto que, habitualmente, durante el paseo de la tarde, no nos alejábamos del balneario, no pasábamos del parque propiamente dicho, más allá del cual se extendía la tierra agreste, la costa negra y pedregosa, las inaccesibles alturas y simas del acantilado y, en la otra dirección, el páramo, con su turbio estanque en el centro, el Jardín de los Caracoles y, más hacia el interior, el bosque de hayas con su nombre fabuloso y un poco siniestro de «la Selva».
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