Péter Nádas - Libro del recuerdo
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“El libro que usted estaba esperando desde que leyó ‘En busca del tiempo perdido’ o ‘La montaña mágica’ – The New Republic
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Yo estuve toda la mañana en casa, esperando que llamara Melchior, porque ya nos quedaban pocos días, pero ni llamó él, ni vinieron los electricistas.
Si hubiera llamado… fuera, un cielo sin nubes, sol y silencio; por las mañanas sólo se calentaba la sala de estar, que estaba situada en el centro de la casa, las noches eran frías, ya helaba a veces, sí, y también mi habitación se calentaba; desde el recibidor se pasaba al comedor y, de ahí, a la sala de estar, mi habitación se encontraba en el ala opuesta de la casa, en un pasillo largo y oscuro que iba de la cocina al recibidor y al que daban los dos dormitorios; yo, aunque hubiera podido ahorrarme la precaución, había dejado abiertas todas las puertas menos las de la sala y la de mi cuarto, para oír el teléfono, por si llamaba Melchior; el tiempo convidaba a salir de excursión o a dar un buen paseo, y si yo hubiera podido hablar por teléfono desde la sala, le hubiera propuesto ir hasta el lago Müggel, «hace un día espléndido» le hubiera dicho, mirando el frío sol desde la caldeada sala, pero también le hubiera dicho que no quería ir con él a casa de su madre, porque él sólo quería llevarme para hacerse más fácil la despedida, porque tenía que despedirse -quizá fuera la última vez que la veía- sin que ella lo notara, y yo no podía ni imaginar que ya no volveríamos a compartir su cama en la habitación fría de su infancia, me parecía inconcebible que aquello tuviera que acabar para siempre.
– ¿De verdad dormías aquí? ¿Y aquí tenías la cama? ¿Y esa mancha del techo, ya estaba? Esa mancha de ahí.
El se reía de mis preguntas, como si no fuera capaz de imaginar que aquí pudiera llegar a cambiar algo y que esta inmutabilidad pudiera causar asombro a alguien, no, las cosas no eran tan inconsistentes, y su madre, a la que, en recuerdo de la abuela de Melchior, huerta de parto, habían puesto el nombre de Helene, se encargaba de que aquí no cambiara nada y guardaba este último refugio para su hijo; aunque, por otra parte, tampoco faltaban razones a Melchior para mantener esta convicción, porque, según me contó no sin cierta vanidad, antes de conocerme a mí, le era casi indiferente con quién se relacionaba, no le preocupaba la seguridad, no era exigente, al contrario, incluso afirmaba que las relaciones más intrascendentes eran las más satisfactorias, y que, para dar consistencia a alguna cosa en su azarosa vida, él depuraba su estilo hasta alcanzar una estética sublime, y en sus versos, de un hermetismo inhóspito, se imponía rigurosa ascesis, frugalidad y disciplina; pero aquí, pasara lo que pasara, él podía volver cada fin de semana, con la maleta de la ropa sucia -su madre se empeñaba también en lavarle la ropa-, seguro de que todo seguía igual: «sólo la mancha, esa mancha, no apareció hasta después», decía riendo, pero su risa nunca significaba mucho, se reía sin motivo, porque sí, y nada extinguía la risa de sus ojos, salvo cuando creía que nadie le veía. Y yo tampoco podía imaginar que un domingo por la mañana ya no me despertaría el sonido de las campanas que entraba por las pequeñas ventanas de la casa de sus padres, que ya no percibiría cómo se mezclaba en el aire frío de la habitación el olor de su piel con el fuerte perfume de las manzanas y el aroma dulzón del pastel preparado para el café del domingo; las manzanas, alineadas encima del armario, el pastel, bañado en azúcar, en el mármol de la cómoda, todo dispuesto para la tarde, y la ventana, siempre abierta, pero su expresión se nubló y él me miró los labios y la frente cuando, sin pensar, le confesé que me gustaba el olor de su sudor, mi nariz, la palma de mis manos y mi lengua adoraban este olor, y, como si con ello le hubiera causado un dolor, me abrazó y exhaló unos sonidos extraños: «te huelo, te toco y te saboreo», dijo, yo pensé que aquello era risa, pero fue un sollozo corto y seco que se quebró en un suspiro ahogado y trémulo, allí, en la cama quejumbrosa de la casa de la Worther Platz.
Entonces imaginé el camino que rodea el lago Müggel, cubierto de hojas de los colores del otoño, la tersa quietud del lago, el rumor de nuestros pasos sobre la hojarasca humedecida por la bruma matinal, y yo le hubiera pedido que fuera allí conmigo, si más no, porque tal vez allí él hubiera podido al fin conciliarse plenamente conmigo, o yo con él, pero sabiendo al mismo tiempo que esto era imposible, ¡oh, fabuloso otoño!, o también hubiéramos podido ir al zoo, si el paseo por la orilla del Müggel le parecía demasiado apartado o problemático, porque, a juzgar por las vistas que vislumbraba distraídamente en mis viajes en el S-Bahn, también el zoo era un jardín con senderos discretos y sombreados, además, aún no habíamos estado en el zoo, a pesar de que nos lo habíamos propuesto muchas veces, pero también imaginaba que me llevaba un cuchillo de la cocina de los Kühnert y lo asesinaba durante el paseo.
En la última casa en que viví en Berlín me levantaba tarde, es decir, me despertaba dos o tres veces pero no conseguía levantarme hasta casi mediodía. La primera vez me despertaba bruscamente el doctor Kühnert, que salía de su dormitorio y pasaba por delante de mi puerta, camino del cuarto de baño, haciendo chirriar las tablas del suelo, y yo me tapaba la cabeza con la almohada para no oír lo que venía a continuación; él entraba en el cuarto de baño y primero orinaba, yo oía claramente -el tabique era delgado- el breve y agudo gorgoteo que precedía a un murmullo que se apagaba paulatinamente, y yo sabía que el doctor había apuntado al fondo de la taza, allí donde queda el agua estancada después de la descarga, también yo lo hacía, de niño, y no dejaba de admirarme que un hombre de cincuenta años y profesor de universidad se divirtiera con eso; pero si sólo oía un golpecito suave y el líquido caía en la porcelana con un rumor sordo, entonces sabía que iba a evacuar.
Las ventosidades en sí nada demostraban, pero cuando orinaba de pie sonaban de un modo muy distinto de cuando estaba sentado y la taza hacía de caja de resonancia, eran sonidos muy elocuentes, y de nada servía que me tapara la cabeza con la almohada, porque a través del tabique se oía claramente el gemido, el suspiro, el papel que se arrugaba y frotaba; de nada servía la almohada, porque yo escuchaba como si disfrutara con ello, como si quisiera demostrarme a mí mismo, con un ejercicio de masoquismo, que los oídos no pueden cerrarse como se cierran los ojos o la boca; pero faltaba la segunda parte, dejaba de correr el agua, se hacía un momentáneo silencio y, si yo no hubiera sabido lo que venía ahora, tal vez hubiera podido dar media vuelta y dormirme otra vez, porque, en aquel agitado duermevela matinal, no controlaba la transición entre el sueño y la vigilia, a veces las pálidas imágenes del sueño no se disipaban ni a la luz de la lamparilla, tenían rostro, tenían manos, se alejaban sólo lo justo para que no pudiera alcanzarlas, brincando entre los libros de la estantería, o el contorno de la habitación se diluía en el sueño, aún veía la ventana, pero ya era una ventana soñada, el árbol y el hueco de la pared en el que vivían los gorriones se convertían en imágenes de sueño, y yo me sobresaltaba, porque ahora Kühnert se había situado delante del espejo, se inclinaba sobre el lavabo, mismamente al lado de mi cabeza, se sonaba con los dedos, el agua volvía a murmurar y, entre toses y broncos carraspeos, se arrancaba esforzadamente los esputos y los escupía al lavabo, directamente a mi oído.
Después, a las siete, me despertaban los golpecitos en la puerta, «sí, pase», decía yo en voz alta, una voz que, a aquella hora del día, siempre sonaba a extranjera, señal de que había querido decir en húngaro lo que al instante había comprendido que tenía que decir en alemán, y entraba frau Kühnert, canturreando, a encender la estufa.
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