Péter Nádas - Libro del recuerdo
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“El libro que usted estaba esperando desde que leyó ‘En busca del tiempo perdido’ o ‘La montaña mágica’ – The New Republic
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La situación no era nueva para mí, aunque de esto, por supuesto, no tenían ellos la culpa.
Y Melchior se reía a nuestras espaldas: debían de resultar muy cómicos aquella pareja de escritores aquejados de sequía mental, y yo, molesto como estaba, y quizá hasta furioso, en aquel momento pensé que si se permitía a Arno vajar por todo el mundo sería porque trabajaba para la policía, porque era un espía, un delator; es perfectamente posible, pensé entonces, que él imagine de mí algo parecido, pero no importa lo que yo pueda pensar de él, porque él ya sabe de mí lo que yo deseaba ocultar; y es que, delante de Thea, Melchior no había reprimido sus miradas, delatando lo que queríamos mantener en secreto, es decir, que él y yo no éramos simplemente amigos, sino amantes.
Por otra parte, yo debía a Arno cierta deferencia: no sólo era mayor que yo, andaba por los cincuenta, sino que no había leído nada de lo que él había escrito, sólo sabía que eran libros de viajes que se editaban en cientos de miles de ejemplares, lo cual no significaba necesariamente que no pudieran ser obras maestras, y por qué no; así pues, debía ocultar mi prevención tras una respetuosa cortesía, pero esta recíproca cautela nos violentaba a los dos, mientras Thea ponía la mesa para el café como una funcionaria en domingo por la tarde y Melchior le hablaba de mí cuchicheando.
A pesar de todo, Amo hacía cuanto podía para desempeñar dignamente el papel que se le había asignado, y en sus preguntas por la marcha de mis estudios teatrales y los relatos que escribía advertía yo cierta deferencia, la timidez del fuerte y hasta me pareció que me ofrecía caballerosamente una vía de escape, al darme a entender que en modo alguno pretendía que le hablara del tema en profundidad, «ni mucho menos, sólo a grandes rasgos, de otro modo no se pueden tratar estas cosas, nada de pormenores, un esbozo», dijo sonriendo, y las arruguitas que le surcaban los labios indicaban que sus pensamientos raramente se resolvían en una sonrisa, que lo natural en él era la cavilación, y por eso no miraba al interlocutor a los ojos, como si tuviera reparos, como si ocultara algo, quizá.
Pero mientras le respondía me miró de pronto a los ojos, y su interés, aunque no estaba en lo que yo trataba de decir, era sincero, esto hubiera tenido yo que reconocerlo, porque, cuando una mirada trata de descubrir lo que hay detrás de nuestras palabras, por ejemplo, en qué medida influía en mi trabajo literario la circunstancia de que estuviera enamorado de un hombre, de otro hombre, porque esto era lo que le interesaba, imagino, mientras yo le hablaba, cuando la atención se suelta del hilo de la conversación para sondear en los sentimientos del interlocutor, deberíamos dar a este momento toda la importancia que merece.
Yo sabía que ya había estado en otra habitación en estas mismas circunstancias, totalmente a merced de un hombre, pero Arno, que, por lo demás, transigía con todas las locuras de Thea, ahora parecía no aceptar el papel que ella nos había asignado y que a los dos nos repelía, eso se veía en sus bellos ojos castaños, pero yo tenía otras preocupaciones y prestaba más atención a lo que Melchior susurraba a Thea acerca de mi persona que a lo que yo contaba a Arno sobre mi propio trabajo de escritor, y por eso no advertí que por fin ahora hubiéramos podido sentirnos libres, que su mirada era infantil, curiosa, ávida, abierta y que, con palabras bien meditadas, o incluso sin palabras, nuestra conversación hubiera podido ser no ya grata sino estimulante, no me di cuenta, no reaccioné a la mirada; al llegar al final de mi exposición perdí la ocasión de hacer la pregunta correcta, yo quería ser cortés, pero por comodidad le pregunté lo mismo que él a mí, y no reparé en la ruda indiferencia que denotaba esta mera repetición hasta que él desvió la mirada y, con gesto despectivo, se llevó las manos a las sienes como poniéndose a sí mismo orejas de burro.
Era un ademán con el que no pretendía expresar ni pasión ni menosprecio por su trabajo, sino más bien asombro, turbación, incluso agravio y la renuncia a ser comprendido, «¡oh!, yo soy un simple excursionista», quería decir, y en realidad, era uno de esos gestos de excursionista con los que acostumbra uno a zafarse de las preguntas de qué tal la excursión y el tiempo, porque qué va a decir uno de la excursión y del tiempo.
Él contestó, naturalmente, porque al fin y al cabo se había beneficiado de esa buena educación burguesa que te enseña a salvar los momentos de distracción, de confusión y hasta de irritación con una charla intrascendente, él hablaba como suelen hablar los berlineses, que dan la impresión de enjuagar las palabras en la boca; pero aun en el caso de que yo hubiera sido capaz de prestar atención -Melchior estaba susurrando a Thea qué había cocinado yo para el almuerzo- y hubiera entendido lo que Arno decía, con el lenguaje corporal, con su espalda encorvada, expresaba inequívocamente que aquello nada tenía de interesante, que hablaba por puro formulismo, pero hasta su voz se me escapaba, en parte porque yo estaba furioso con Melchior por sus indiscreciones y quería hacerle comprender como fuera que tenía que callar la boca de una vez, y en parte porque había descubierto, o creía haber descubierto, de qué conocía yo aquella cara parlante, marcada por nítidos pliegues: hubiera podido ser la cara de mi abuelo, si mi abuelo hubiera nacido alemán, una cara toda formalidad, paciencia y sesuda autosuficiencia, cara de demócrata donde las haya, y por eso se me escapaba no sólo el significado de sus palabras, sino hasta el timbre de su voz, me parecía tener delante una carcasa vacía y no era capaz de advertir sino que seguía observándome atentamente mientras procuraba no decir nada interesante, para no ponerme en un aprieto obligándome a prestar atención, y, antes de que Thea acabara de poner la mesa, él se disculpó y se fue rápidamente a su habitación, dejándome de pie, medio apoyado en el sillón y balanceando el cuerpo ligeramente.
Con qué facilidad se encadenan las imágenes del otoño.
Nunca he conocido experiencias de mayor soledad.
Experiencias que tenían ecos de mi pasado, pero el pasado era sólo una señal lejana, una señal que aludía a mis propios insignificantes sufrimientos que flotaban, como todos los momentos vividos, en el aire de lo que yo llamo presente, perfumes de la memoria, efluvios de un mundo al que ya no pertenecía, al que también hubiera podido llamar patria perdida, la patria que había abandonado por nada, sí, por nada, porque nada ni nadie me ataba tampoco aquí, porque también aquí me sentía extranjero, y el único ser humano al que amo, Melchior, también estaba aquí por nada, tampoco él podía hacerme echar raíces, yo estaba perdido, no existía, todos mis huesos y mis músculos eran como gelatina y, a pesar de que tenía la sensación de estar desligado de todo y no pertenecer a ningún sitio, aún me parecía ser algo, un sapo que apretaba el cuerpo contra la tierra, un caracol viscoso que observaba inmóvil mi propia nada, lo que me ocurría no era nada, pero esta nada contenía ya mi futuro y algo también de mi pasado, que había viajado con la sucesión de los otoños.
Y esto hubiera tenido yo no sólo que intuirlo, sino también que comprenderlo aquel otoño, en la habitación de atrás de la casa de la Steffelbauerstrasse, cuando los dos arces que estaban delante de la ventana aún conservaban sus hojas verdes y susurrantes y los gorriones anidaban en el hueco del ladrillo que faltaba encima del marco, pero yo no desistía y seguía esperando descubrir un significado especial, singular, personal; esperando algo, una situación nueva, un estado de ánimo, quizá incluso una tragedia, gracias a la cual yo, sumido en esta vaguedad de la nada, pudiera llegar a descifrarme a mí mismo, porque algo debería poder salvarse, algo que revelara un significado y que me salvara también a mí, que me liberara de esta existencia animal, pero ese algo no podía estar en mi pasado, que era mortalmente aburrido, porque los recuerdos importunos dejan mal sabor de boca, y tampoco en el futuro, porque yo le tenía miedo y hacía tiempo que me había acostumbrado a no planear ni el instante siguiente; no, yo esperaba una revelación, una redención ahora, y es que entonces aún no sabía que basta con conocer la nada, pero hay que conocerla a fondo.
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