Péter Nádas - Libro del recuerdo
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“El libro que usted estaba esperando desde que leyó ‘En busca del tiempo perdido’ o ‘La montaña mágica’ – The New Republic
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Por la noche, pisando una alfombra de viscosas hojas de plátano, que no tardaban en empapar las suelas de mis zapatos de charol, iba al teatro.
Para entonces Melchior ya había desaparecido. Me había dejado Berlín, húmedo y gris.
Después de la función subía al piso de la Worther Platz; estaba frío y, a la luz de la lámpara, el púrpura de la cortina parecía descolorido, pero no encendía las velas.
Estaba lloviendo.
De un momento a otro podía llegar la policía y reventar la puerta.
En la cocina zumbaba el frigorífico.
Al día siguiente también yo me marché.
En Heiligendamm lucía el sol, pero lo que allí me pasó no puedo explicármelo.
Si yo manejara las palabras a la ligera podría decir que allí fui feliz y en esta sensación de felicidad influían sin duda el mar, el viaje y todo lo que lo había precedido inmediatamente, pero también el hermoso lugar, la llamada «Ciudad Blanca del Mar», aunque lo de ciudad no deja de ser una pequeña exageración, porque a uno y otro lado del elegante balneario no habrá más de una docena de chalets de dos plantas, todos iguales, dispuestos en semicírculo, cara al mar sí, y blancos, allí todo es blanco, los postigos, ahora cerrados, los bancos diseminados por el suave césped, las columnas del porche y las sillas de la orquesta de verano, apiladas en un rincón, blancas siluetas entre el verde intenso de los setos de boj recortados en figuras geométricas y de los corpulentos abetos negros, pero creo que más que cualquier otra cosa influyeron en mi sensación de bienestar el engañoso buen tiempo y la calma.
Digo engañoso porque el viento aullaba y unas olas grandes, duras como el acero, reventaban en surtidores de espuma al chocar contra el malecón; digo calma porque, en el intervalo entre los estampidos, el oído se hundía en la sima de la ola, expectante, y era una liberación percibir el estruendo de una fuerza que se convertía en peso; pero al anochecer, cuando salí a dar un paseo, todo se había sosegado, y la luna, llena y baja, relucía sobre mar abierto.
Iba por el dique en dirección a Nienhagen, la población vecina; a un lado, el agua clamorosa que refulgía como vidrio hecho astillas, al otro lado, el páramo mudo, y yo, el único ser viviente entre los elementos; por la tarde se me habían terminado los cigarrillos, y Nienhagen, protegido por los vientos del oeste por el llamado «Gespensterwald», o Bosque de los Fantasmas, no podía quedar muy lejos, a juzgar por el mapa -había medido la distancia trasladando la escala con un fósforo doblado por la mitad, y parecía asequible: a veces mis ojos, cegados por el viento, creían percibir el parpadeo del faro-, por lo que había decidido comprar allí los cigarrillos y tomar un buen té caliente antes de regresar; imaginaba a unos pescadores plácidamente sentados a una mesa, a la luz de las velas, y me veía a mí mismo, el forastero, en el momento de entrar, veía las caras que se volvían hacia mí y veía mi propia cara.
Me veía a mí mismo caminar delante de mí, claro y transparente, y me seguía con paso rápido pero torpe. Como si mi cuerpo no pudiera soportar la tortura de la separación.
El viento se me colaba en el ancho abrigo, me sacudía, me empujaba y yo, a pesar de que me había puesto toda la ropa que traía, estaba helado; no es que sintiera realmente el frío, pero tenía miedo de él, sabía que esta insensibilidad era una piadosa ilusión de los sentidos y que en realidad estaba aterido; en otro momento, probablemente, hubiera dado media vuelta, claudicando ante el miedo, y hubiera podido justificar fácilmente el regreso aduciendo que hacía mucho frío, que un resfriado era un precio muy alto por un insensato paseo nocturno, pero esta vez no me dejé engañar por mí mismo: era como si esa imagen, que con tanto esfuerzo, con monstruosa autodisciplina, traza uno de sí mismo para que los demás lo vean de esa manera, y que considera propia y verdadera a pesar de que no es más que una caricatura, se hubiera borrado, porque este otro era realmente yo, mis sentidos seguían actuando como de costumbre, pero había un desfase, una fisura, quizá más de una, desplazamientos, grietas a través de las cuales me parecía ver a otro, a un desconocido.
A uno que hacía mucho tiempo, y también ese mismo día, había llegado a Heiligendamm y que por la noche había salido camino de Nienhagen.
Como si lo ocurrido aquel día hubiera pasado hacía cincuenta, setenta o cien años, a pesar de que no ocurrió nada en absoluto.
Era emocionante, era nuevo, era una dicha inefable contemplar esa disociación, y no obstante yo asumía el proceso con la calma de un hombre de experiencia, como si tuviera cincuenta, setenta o cien años más, un amable anciano que rememora su juventud; pero nada prodigioso ni místico había en ello, y tampoco ahora tenía valor para tomarme las tabletas de somnífero que llevaba en una cajita redonda, a pesar de que no hubiera podido imaginar para mi muerte circunstancias más poéticas; pero, como algo había que hacer, opté por separarme de mí mismo por un acto de imaginación, con lo que pretendía liberarme de mis confusos sentimientos, porque lo que yo sentía como el futuro de aquella mi otra existencia no era sino mi pasado y mi presente, todo lo acontecido o por acontecer.
La situación era extraña sólo porque yo no me identificaba ni con el uno ni con el otro y, en mi sobreexcitación, me sentía como el actor que se mueve por un escenario romántico, como si mi pasado fuera una representación de mí mismo como lo sería mi futuro, con todos mis sufrimientos, como si todo pudiera proyectarse, como en un juego, hacia el futuro o hacia el pasado, como si nada hubiera ocurrido, o como si hubiera ocurrido mucho tiempo atrás; todo podía cambiarse, sólo en mi imaginación existía confusión y conflicto entre los distintos segmentos de mi vida, confusión que debía atribuirse a una actitud determinada por el peso de lo cotidiano, a la que podía llamarse Yo, que yo exhibía como mi Yo, pero que no era yo. Soy libre, pensé entonces.
Pero mi imaginación elige al azar y con torpeza sólo algunas posibilidades de mi ilimitada libertad, para formar con ellas un rostro que pueda ser amado por los demás y en el que al fin yo mismo crea reconocerme, pensaba yo entonces.
Hoy ya no lo creo así, pero entonces me asaltó la idea con tanta fuerza e intensidad, vi con tanta claridad a aquella criatura que había permanecido incólume y libre frente a las diversas posibilidades de realización, él iba conmigo y yo con él, él temblaba y yo sentía su miedo, que tuve que pararme, pero no era bastante, tuve que arrodillarme, para dar gracias por el momento, a pesar de que mis rodillas no querían doblarse con humildad, por más que mantenía bajos los ojos, y sentía que hubiera preferido permanecer indiferente, como una piedra, no, ni eso, como unos jirones al viento.
La luna estaba baja y amarilla, como al alcance de la mano, y se reflejaba cerca del horizonte con un resplandor pálido que no revelaba la ondulación trémula de las olas, el agua parecía lisa allá lejos; ilusión óptica, pensé, una más, porque, al otro lado del dique, en el páramo, la luz no encontraba perfil, superficie ni cresta en la que reflejarse, y se perdía y apagaba, y como la mirada inquieta no descubría contorno en el que posarse, aquello no parecía oscuridad ni negrura, sino la pura nada.
Había llegado a Heiligendamm al atardecer y me había puesto en camino ya oscurecido, con la luna en el cielo.
Yo no adivinaba qué había realmente allí, donde el mapa indicaba un pantano, y la guía, un páramo; estaba muy hondo. Y callado.
Como si también el viento se contuviera, como si más allá del dique desistiera de soplar.
¿Estaba la tierra baja cubierta de juncos y cañas o se embozaba en hierba fingiéndose pradera?
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