Lan Chang - Herencia

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Herencia narra el rastro de una traición a lo largo de generaciones. Sólo una mirada mestiza como la de la escritora norteamericana de origen chino Lang Samantha Chang podía percibir así los matices universales de la pasión, sólo una pluma prodigiosa puede trasladarnos la huidiza naturaleza de la confianza.

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Su voz, sin embargo, era fluida y cálida.

– Xiao Hong -dijo-, ¡muchas gracias por venir a vernos!

Ayi -dije yo.

Me apretó las manos y pude detectar en su mirada un rastro de aquella incandescencia que relumbrara en la casa amortajada de mi madre.

Mi padre llevaba su abrigo de lana echado por los hombros. El tiempo y las tribulaciones habían consumido sus fuerzas, descarnándole el cuerpo y borrándole el color de la cara. Sólo le quedaba la silueta, que titilaba levemente por los bordes.

– Hong -dijo-. Tienes buen aspecto.

– Tú también.

– ¡Ja! No me tomes el pelo.

Su voz sonó suave y feliz. Me llenó de alegría percibir su viejo optimismo y ver que atrás quedaban las penas del pasado. Habíamos sobrevivido a nuestras separaciones, traiciones y elecciones. Habíamos vivido para volver a encontrarnos, y todo estaba perdonado.

Saludaron calurosamente a Tom. Yinan se dirigió a él en inglés.

– ¿Cogemos un taxi? -pregunté.

– En un minuto. -Mi padre me miró sonriente y me dio una sorpresa-. Yao viene en el próximo tren. Estaba tan emocionado con vuestra visita que se ha venido desde Tianjin, sólo por esta noche. No tardará en llegar.

Ambos sonreían encantados.

Yao fue el primer pasajero en apearse. Aunque venía cargado de paquetes, según corría a nuestro encuentro percibí en sus andares algo de la vieja gallardía de mi padre. Sonreía de oreja a oreja, y era la misma sonrisa que yo recordaba del día en que mi madre le hiciera desfilar con su uniforme nuevo. Pero cuando se acercó, vi cómo lo habían trabajado los años. Tenía la piel más áspera, arrugas y ojeras en el rostro, y le faltaba un diente. Había un punto de ansiedad en su modo de andar, en la forma de saludarnos y dejar los paquetes en el suelo para abrazarme.

Jiejie -dijo.

Le olía la chaqueta a tabaco y a algún producto químico acre y penetrante.

Didi -contesté.

La palabra me supo extraña en la lengua.

Le presenté a Tom.

– Encantado de conocerte -dijo Yao en inglés-. Hace mucho que no lo practico -añadió.

Me acordé de que había estudiado en el colegio de los misioneros. Entonces volvió al mandarín. Mencionó a su esposa y a su hijo, que estaban en Tianjin. No habían podido venir, pero nos enviaban saludos. Los paquetes que estaban a sus pies contenían pequeños regalos para mí, Tom, Evita y Mudan. También había algo para Hwa, sus hijos y mi madre.

Pasamos una tarde muy agradable en el salón del ruinoso pisito de mi padre y de Yinan. Yinan preparó un guiso típico. Después de cenar, mientras bebíamos cerveza y picábamos cacahuetes, nos dedicamos a intercambiar detalles de nuestras respectivas vidas. Mi padre y Yao fumaban cigarrillos. Nadie mencionó los acontecimientos ni los rencores que nos habían separado; enseguida me pareció que sólo había pasado unos años fuera y que había vuelto a mi casa. Lo único que me recordaba mi vida americana era la presencia de Tom, que, repantigado en una silla de tijera cerveza en mano, trataba de descifrar lo que le decían en inglés y se reía con frecuencia. Mi padre y Yinan estaban radiantes a la luz de la lámpara. Nuestra presencia los había rejuvenecido. Viéndolos hablar y gesticular con las manos, me acordé de aquellas tardes de antaño que pasaban sentados en el patio comiendo pipas de sandía saladas.

Mi padre se alegró de que Hwa se hubiese casado con el hijo de su viejo amigo Pu Sijian. Escuchó con interés la historia de Pu Taitai y su inquebrantable fe en el viejo gobierno. Y me pidió que le confirmase lo que había oído acerca del general Sun Li-jen y la suerte tan adversa que había corrido. Ya exiliado en Taiwán, pasó muchos años bajo arresto domiciliario acusado de tomar parte en una conspiración contra el Generalísimo.

Nos contaron que Li Bing había muerto de cáncer en 1965. Les hablé de Hu Ran y, gracias a su empatía, sentí que mis palabras cobraban dignidad.

Yao sacó unas fotos. Xiu, su esposa, era una mujer delgada de ojos grandes y expresión inteligente y algo apesadumbrada. Pero Cai, su hijo, era una versión juvenil de mi padre. Tenía un rostro franco y curioso, y miraba con avidez a la cámara.

– Quiere ser astronauta -dijo Yao-. Le decimos que ya es mayorcito para soñar despierto, pero la verdad es que se le dan muy bien tanto la física como los deportes.

Tom y yo les fuimos pasando las fotos que habíamos llevado de Hwa y de su familia, de mi hija Mudan y de su familia, y de Evita. También había llevado una de mis hijas con Hu Mudan. En la instantánea aparecían dos mujeres sonrientes y llenas de energía que descollaban sobre una figura diminuta con el rostro apacible y surcado de arrugas de un viejo bodhisattva.

– De repente nos llega una carta suya de los Estados Unidos, como caída del cielo -dijo Yinan entre risas-. Al llegar a Hong Kong se colocó en casa de una anciana muy rica. La cuidaba igual que cuidaba a la vieja Mma: la sentaba en el inodoro y le preparaba sus platos favoritos. Pero esta mujer era más agradecida y, cuando murió, le dejó algún dinero, así que Hu Mudan decidió ir a buscarte.

– ¿Cómo llegó a los Estados Unidos? -preguntó Tom-. No tiene familia. No sabe leer ni escribir.

– Se compró una familia falsa. El nombre es Lu. Sabía que si conocía a un número suficiente de personas, terminaría encontrando a Hong o a Hwa y, mira, así ha sido.

Más tarde tuvimos que discutir porque insistían en que Tom y yo durmiésemos en su cama. Tom zanjó la discusión diciendo que los tres «jóvenes» queríamos seguir hablando y que nos vendría bien que nos sacasen más cosas de picar. Al final accedieron a que pasásemos la noche en el suelo del salón. Entonces mi padre se levantó y ayudó a Yinan a ponerse en pie. Viéndola incorporarse, volví a sentir cómo había pasado el tiempo. Encorvados y frágiles, desaparecieron tras la puerta de su dormitorio.

La cerveza nos había soltado la lengua y charlábamos distendidamente, bajando la voz para no molestar a los durmientes. Yao preguntó si queríamos beber algo más. Fumaba, reía y empinaba el codo con la misma ansiedad que le había notado en la estación. No sabía qué pensar de él: más cercano que un primo, pero sin ser del todo un hermano; un desconocido y a la vez un ser tan próximo. También intentaba armonizar su imagen con la del niño que yo recordaba. Aquel niño prometía mucho -despierto y rebosante de vitalidad-, pero el Yao de ahora parecía agotado y roto por dentro. Me enteré de que trabajaba en una fábrica de papel -de ahí el olor a sustancias químicas de su ropa- y de que no tenía muchas oportunidades de dejar a su familia para venir a ver a sus padres.

Tom escuchaba con atención, cambiando de postura de vez en cuando para acomodar su espigado cuerpo en la silla. Por regla general solía mantenerse al margen en presencia de desconocidos, pero con Yao parecía haber conectado. Cuando éste le ofreció un cigarrillo, Tom, que no fumaba desde la universidad, lo aceptó. Después de dar unas caladas, le preguntó si no echaba de menos a sus padres.

– Sí. Sobre todo a mi madre. Mi padre y yo no siempre nos llevamos bien. Tiene un carácter complicado. -Hizo una pausa-. Distante. A veces es como si no estuviese presente. Mi madre sabe entenderlo.

No supe qué decir.

– Supongo que nunca lo viste durante la guerra civil -dijo Tom.

– No me conoció hasta 1949, pero yo pensaba en él a todas horas. Era mi padre, un general y un héroe. Me forjé una imagen grandiosa de él. Cuando por fin nos reunimos, no tenía nada que ver.

Se calló de repente. Tom volvió a la carga.

– ¿Te resultó violento conocerlo cuando cambió el gobierno?

Yao frunció el ceño y se inclinó hacia delante para encenderse el cigarrillo. El resplandor de la cerilla dejó ver la pureza de líneas de sus huesos -los mismos huesos de mi madre- bajo sus ásperas facciones.

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