Lan Chang - Herencia
Здесь есть возможность читать онлайн «Lan Chang - Herencia» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:Herencia
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:3 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 60
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
Herencia: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Herencia»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
Herencia — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Herencia», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
– Junan me pidió que colaborase.
La chica seguía mirando al suelo.
– Lo que no querrá tu hermana es que hagas ningún esfuerzo.
– Me dijo que si yo estaba aquí, cenarías en casa.
– Qué tontería -dijo él-. Casi nunca ceno en casa.
Se enfadó con Junan, que no tenía ningún derecho, desde tan lejos, a decidir dónde cenaba o dejaba de cenar. Miró la mesa con recelo. Había un cuenco con pegotes de arroz -estaba claro que su cuñada no había conseguido cocer el arroz de forma uniforme- y unas cuantas judías verdes chamuscadas que se caían en pedazos. Cerca del fogón había otro cuenco con carne cruda de irreconocible procedencia.
– Se me ha olvidado que tenía que tenerlo todo listo para comerlo a la vez -dijo ella.
– No te preocupes. No tienes que hacer nada -respondió él-. Tu hermana se preocupa con la mejor intención, pero está equivocada. Estoy feliz aquí y me agrada tu compañía, pero no hace ninguna falta que te ocupes de las labores domésticas.
Sentado en la mesa, mientras trataba de engullir sin dar arcadas lo que ella le ofrecía, pensó en lo absurda que era la pretensión de Junan de que alguien quisiese comer nada de lo que guisaba su hermana. Yinan no había hecho otra cosa en toda su vida más que encerrarse en su habitación a leer, fabricar pajaritos de papel o pintarrajear con sus tintas y sus temples.
La mañana siguiente Li Ang le dijo a Mary que le preparase algo de cenar a Yinan pero a él no. Siguió alternando la mayoría de las noches en casa de los Hsiao, y los tres se adaptaron a una rutina. Yinan y Mary eran como dos mujeres que estuviesen cuidando de un soltero. Las veces en que Li Ang, movido por un sentimiento incómodo de culpa y responsabilidad, hizo por trabar conversación con Yinan, las charlas naufragaron en el silencio.
Yinan se levantaba muy temprano y preparaba el desayuno, y él, al bajar y encontrarse la mesa puesta, se sentía con la obligación de sentarse a comer. Sus creaciones siempre lo desconcertaban. Hasta entonces Li Ang nunca había reparado en que la comida buena -la comida casera, y bien preparada-, por sí sola, no llamaba la atención, mientras que la comida mala, por el contrario, no había forma humana de pasarla por alto. Los desayunos de Yinan siempre estaban algo chamuscados y a la vez algo crudos: la chica se las veía y se las deseaba hasta para calentar los panecillos que sobraban de la cena. Una buena compañera de mesa también brindaba compañía y entretenimiento sin llamar la atención; Yinan no proporcionaba ni lo uno ni lo otro. Hablaba poco y se quedaba mirando fijamente un punto de la mesa como si fuese una oración budista para alcanzar la iluminación. Y cuando él dejaba los palillos en el plato, levantaba los ojos con cara de susto, como sorprendida de verlo allí.
Pasaron varias semanas antes de que Li Ang se percatase de que su cuñada tramaba algo. En Hangzhou se atareaba con sus libros y su caligrafía. Ahora se pasaba el día sentada sin hacer nada y su silencio espesaba el aire. Le compró a precio de risa unos cuantos pinceles y unos rollos de papel fino, blancos y suaves, y se los llevó a casa, pero ella se limitó a dejarlos encima de la mesa de su cuarto, y siempre que Li Ang pasaba por delante, veía que ni los había tocado. Le preguntó a Mary, pero la criada se encogió de hombros, torciendo la boca con desdén.
– ¿Cómo voy a saber yo lo que hace, si se pasa el día metida en su cuarto con la puerta cerrada?
Al llegar el verano, cuando empezaron los bombardeos, le pagó a Mary para que se quedase a dormir en el apartamento y así garantizar que hubiese alguien para llevar a Yinan al refugio antiaéreo si él no estaba en casa. Seguía sintiéndose culpable por salir hasta las tantas. Las bombas asustaban a su huésped. A Yinan le dio por pasearse por el apartamento las noches de cielo encapotado, cuando no había peligro. La oía pasar cerca de su puerta. Una noche en que volvió tarde alcanzó a verle la cola del camisón antes de que se esfumase tras el umbral de su cuarto.
Li Ang descubrió que echaba de menos a su esposa. Si Junan estuviese allí, le mandaría a Yinan que hiciese algo, o por lo menos lograría contentarla. Pero el caso es que no estaba, y Li Ang tampoco tenía la menor intención de contarle lo poco que había contribuido a la adaptación de su hermana.
Apenas recordaba con claridad las escasas ocasiones en que Junan le había hablado de su hermana, a la que trataba quizá como se trataría a un niño cariñoso pero retrasado. Al poco de casarse, Junan le contó que Yinan había presagiado su llegada en un sueño, que soñó una vez con un soldado asomado a la ventana. Él se lo tomó a guasa.
– Caray con las mujeres -dijo, alargando el brazo para cogerle un mechón del pelo; con delicadeza, porque Junan no aguantaba que la chinchasen-. ¿Te has fijado en que siempre sois las mujeres quienes tenéis esos sueños mágicos?
– Yo no he dicho que pudiese prever el futuro. Pero es muy sensible. A veces me sorprende.
Empezó a sospechar que, en cierto modo, él tenía la culpa de que Yinan estuviese en su casa. Para empezar, cuando le mencionó a Hsiao Taitai que había llegado su cuñada, la mujer sonrió levemente y dijo algo así como que Junan le mandaba alguien para vigilarlo. La idea, por supuesto, era absurda, pero las semanas posteriores a la llegada de Yinan, Li Ang sentía la necesidad de esconderse. Esa chica tenía los ojos más claros de lo normal. Era como si su cuñada, aun enclaustrada en su cuarto, tuviese la capacidad de ver a través de las paredes. A Li Ang no le preocupaba que ella hablase con alguien sobre sus andanzas. Le daba más miedo lo que pudiese ver dentro de él. Percibiría la trama de su día y día y vería que carecía de sentido. Vería lo perdido que estaba.
Una noche Li Ang no salió a cenar sino que volvió directo a casa. ¿Qué le diría a Yinan? Se sentía obligado a sonsacarle alguna información. No pensaba obligarla a que le contase nada contra su voluntad, pero de alguna manera tenía que enterarse de cómo hacer para mejorar la situación.
Hacía un calor sofocante en el apartamento; se quedó más de un minuto frente la puerta cerrada del cuarto de Yinan. Así no iba a adelantar nada. Llamó.
– Adelante.
Estaba sentada junto a la ventana, donde había más posibilidades de recibir la brisa, recortando lentamente un pedazo de papel blanco con unas tijeras. La luz clara acentuaba su delicado perfil. Li Ang tomó conciencia de su propia estampa, grotesca de tan grande y sudorosa. Reculó hacia la puerta.
– Meimei, estás triste, ¿qué te pasa?
– Estoy bien.
– ¿Hay algo que pueda hacer? ¿Te gustaría salir conmigo a conocer alguna gente de por aquí?
– No, gege, por favor. Prefiero quedarme aquí sentada, pensando.
– Estoy seguro de que lo último que quiere tu hermana es que sigas sentada y pensando.
Yinan giró el rostro hacia la ventana.
– ¿Y qué crees tú que quiere mi hermana?
– Bueno -titubeó-, estoy seguro de que quiere que te relajes y estés a gusto.
– Ella no lo entiende.
– Le contaré a Junan que quieres volver a casa.
Le contestó con dulzura, como si fuera él quien necesitase palabras de consuelo:
– No te preocupes, gege. Estoy bien aquí.
– No quiero que estés triste.
Yinan dejó las tijeras. Durante un largo instante Li Ang se temió que su cuñada fuese a decirle realmente lo que pensaba. Entonces ella miró el papel blanco que tenía en las manos.
– Toma -le dijo, tendiéndole el pedazo de papel con agresividad-. Vete, por favor.
Se fue sumido en el desconcierto. Estaba claro que Yinan echaba de menos a su esposa, pero había algo entre nostálgico y emotivo en su forma de mirar por la ventana: otra emoción en su rostro que Li Ang casi acertaba a definir. También él la había sentido al separarse de Junan; una sensación parecida a la soledad, pero también a la libertad.
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «Herencia»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Herencia» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «Herencia» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.