Los dos decidimos trasladarnos a la ciudad sin consultarnos, con la misma sincronización de la infancia, yo para tratar de someter mi vida a mis designios, Javi para seguir huyendo de los designios de la vida. Por mi parte, elegí un apartamento precario de lámparas y nada más instalarme telefoneé a Julio, un tipo algo plomo que conocía de los veranos, encomendándole la misión de ensanchar mis horizontes pueblerinos. Julio se lo tomó como una especie de reto. La primera noche amanecí en el banco de una plaza, donde recordaba vagamente haberme visto obligado a recalar de madrugada tras varios intentos fallidos de encontrar mi apartamento a través de una espesa niebla etílica. Gracias a las indicaciones del tipo que dormía a mi lado, cubierto por cartones, logré arrastrar mis huesos al lugar adecuado. La segunda noche me llevó al Insomnio, donde me presentó a su amiga Cristina, que estudiaba Derecho y que iba acompañada de un musculitos llamado Ricardo, hermano de Lourdes, que había estado enrollada con un tal César, que estaba escribiendo una novela sobre los esquimales y que ahora parecía que iba en serio con Rosi, cuya prima se llamaba Olga, que solía salir con un tal Berto que a nadie le caía bien pero que había dado cobradas muestras de que la quería al rechazar liarse con Luisa en la fiesta de Paco, quien había estado a punto de morir al estrellar su coche con el de Julián, que sí que había muerto, pero que tenía una vecina llamada Alba que era lesbiana, según decía Lucas, hermano de Sara, que en aquel instante entraba por la puerta acompañada de su amiga Artemisa. Decidí plantarme en aquel rostro simpático, enmarcado de rizos rubios, cansado de seguir desgranando aquel interminable rosario de nombres. Me pregunté, mientras aquella chica y yo iniciábamos una conversación a través del bullicio, qué recóndita fibra de la piel de la noche debía estar acariciando Javi, cuyo nombre vagaba libre, inapresable, lejos de aquellos circuitos complejos por donde circulábamos los demás, conectándonos unos con otros de cualquier forma posible para no quedar sueltos.
Un intenso malestar en la garganta me arrancó de los recuerdos. Tosí un par de veces, medio ahogado. Abstraído en los recuerdos me había atragantado con la maldita magdalena.
Necesité todo el vaso de leche para liberarme del grillete que me aprisionaba la garganta. Arrojé la magdalena sobre las cajas de pizzas vacías amontonadas en un rincón de la cocina, colocadas allí con una provisionalidad que los meses empezaban a desmentir. Sin leche donde remojarlas, las magdalenas son un dulce inútil.
Localicé el sofá en la oscuridad del apartamento -me pregunté vagamente si sería de noche o de día, o si la Tierra seguiría perteneciendo todavía a la raza humana…- y me acosté. No sé exactamente cuánto dormí, si horas o minutos, antes de que Javi me despertara. Sólo recuerdo que soñé con mi primer amor: una sirena.
Cuando desperté, no me encontré convertido en un monstruoso insecto, porque eso hubiese sido ya el colmo, pero sí hecho una braga. Al parecer, era de día, y durante mi encierro no se había producido ninguna invasión extraterrestre. No era yo el que intimidaba a los marcianos. Javi había descorrido todas las persianas y la claridad inundaba el apartamento en una especie de revival. Debía de ser mediodía: el sol reventaba con furia contra las paredes, como catapultado desde el exterior. Y joder, bajo toda esa luz, el estado de mi apartamento daba realmente asco: cuatro paredes aquejadas por una carcoma de cajas de pizzas, latas de Pepsi, ropa sucia y ¿pajaritas de papel hechas con hojas de periódico?
Javi se había sentado en el brazo de uno de los sillones y miraba a su alrededor con desaprobación, pero sin poder evitar que una sonrisa divertida empezara a socavarle los labios. Recordé vagamente haberle dado una copia de la llave.
– ¿La causa de todo esto es una mujer? -preguntó con sorna.
Asentí, señalando vagamente la foto que reposaba en mi mesilla. Había sido tomada a las dos o tres semanas de salir juntos, en la entrada de un multicines. En ella Artemisa me sonreía, sin dar la impresión de querer dejarlo. Pero era una sonrisa a la que ya no podía acogerme, una sonrisa que ya no tenía validez.
Javi dejó escapar una especie de gruñido indescifrable. Tenía un cigarrillo a medio consumir en una de sus manos, largas y estrechas como las de un pianista, pero apenas se lo llevaba a la boca. Javi tenía una curiosa forma de fumar: solía dejar que el cigarrillo se fuese consumiendo por sí solo, propinándole alguna que otra calada para reforzar las pausas que seguían a sus sentenciosos comentarios. A veces pensaba que los cigarrillos eran parte de su indumentaria, que al vestirse por las mañanas, tras los vaqueros y la camisa, se colocaba también un cigarrillo encendido entre los dedos, y es que a veces pensaba que Javi era todo pose y que en realidad vendía seguros de puerta en puerta, mundano como cualquiera. Pero en el fondo sabía que aquello no era más que una forma un tanto ruin de entablillar mi amor propio, pues Javi era de pies a cabeza aquél que yo quería ser, aquél que nunca tendría arrestos para ser.
En mi época de instituto tropecé con esta cita de Baudelaire: Il me semble que je serai toujours bien là où je ne suis pas . Que más o menos quiere decir: creo que siempre seré feliz allí donde no estoy. Aquella frase me cortocircuito por varias semanas. Durante días fui incapaz de tomar ninguna decisión, pues cualquiera que tomase sería con absoluta seguridad la errónea. Me convertí en un vegetal que no se levantaba del sofá para nada, ya que nada podía hacerle feliz, hasta que comprendí que era Javi quien vivía lo que yo desechaba. Supe con certeza que sólo sería feliz haciendo las cosas que Javi hacía, y que por lo tanto sería desgraciado el resto de mi vida. Fue entonces cuando empecé a admirar secretamente a Javi, a considerarle una especie de alter ego necesario para sobrellevar cada día mi insulsa existencia.
Y es que Javi lo tenía todo a su favor. Empezando por el físico y terminando por la mirada. Su cuerpo poseía la delgadez justa del rebelde, era flexible y nervudo como ala de murciélago, uno de esos cuerpos a los que le sienta bien cualquier talla, y exhalaba seguridad por todos sus poros. Luego estaba su rostro, ovalado y de una llamativa sencillez, con aquella boca remisa, díscola, y aquellos ojos alacranados e insondables, aliados ambos en una expresión de sagacidad oscura, de sabiduría peligrosa y callejera. Y aquellas manos delgadas y ágiles, como de estrangulador de novicias o ginecólogo de espectros. Para colmo, el pelo, siempre revuelto, le otorgaba cierto desaliño seductor. Javi era uno de esos tipos que podían ir solos al cine o a las fiestas sin despertar piedad, sin que nadie se aventurara a tacharles de solitarios. Con un físico así, pensé una vez más, podía hacerse cualquier cosa.
– ¿Has traído uno? -le pregunté de inmediato, obviando el protocolo.
– ¿Tú qué crees? -sonrió-. Siempre me acuerdo de coger uno cuando vengo a visitar a Álex, el gran mártir del siglo XX. Por si las moscas.
Javi traía consigo una gran bolsa de plástico azul. Rebuscó en ella y me mostró el bote. Era uno de esos botes de aceitunas tamaño familiar. La anguila se encontraba en su interior, ovillada en su fondo, emitiendo a su pesar un lechoso resplandor púrpura.
– Estupendo -celebré, levantándome del sofá y dirigiéndome con paso tambaleante hacia el baño-. Voy a llenar la bañera.
Despejé el interior de la bañera de cajas de pizzas, puse el tapón y abrí al máximo el grifo. Javi y yo la contemplamos llenarse en una especie de silencio reverencial. Una vez llena lo justo para que al albergar mi cuerpo no se derramase una sola gota, me desnudé lentamente y me metí dentro. Javi abrió el bote de aceitunas, echó la anguila al agua y abandonó el baño, pues sabía que con el tiempo yo había llegado a preferir gozar de intimidad durante el transcurso de la ceremonia.
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