Aquellos voluntariosos abasíes, con arraigo desde los orígenes en la historia islámica, dirimían cuestiones de poder y de fe con el filo de la espada. Enfrentándose para ello en sañudas batallas que requerían fibra de héroes. Forma por la cual este linaje, del que descendía el Califa actual, se había preservado contra los ismaelitas, de tendencia herética y amenazadora. Una secta que, según la leyenda, había fundado Abdullah, hijo de Fátima, cerca de los ríos del Golfo Pérsico. Y que, habiendo manifestado de pronto clara discordancia con el califato de Bagdad, provocó la ira de los califas, disconformes con un cisma considerado perjudicial para el mundo islámico.
Estos ismaelitas, debido a su vocación mística, eran inicialmente austeros y parecían convencidos de que las palabras del Corán, de origen divino, guardaban un sentido sagrado, sólo al alcance de iniciados como ellos. Con tal carácter dogmático, la secta se había propagado por el Islam, gracias a que sus adeptos disimulaban, bajo la práctica de oficios modestos, una intensa actividad religiosa, mientras conspiraban contra los poderes constituidos.
Lo cierto es que Abdullah y su horda de heréticos, condenados al nomadismo, surgieron en el escenario islámico con la designación de fatimíes. Creadores, sin duda, de una prodigiosa civilización que los propios abasíes absorbieron en la vida cotidiana.
El Visir no desfallece. Su índole persuasiva retorna a los persas y a los demás adversarios que el Califa había ahuyentado con negligencia. Además de estos pueblos, abarca otros, igualmente amenazadores para la grandeza de Bagdad, que, entre tantos centros, posee una notable escuela de traductores, responsable de la diseminación del saber clásico, venido de los griegos, entre los habitantes de la lejana Europa.
Es difícil convencer al Califa. Hacerlo admitir que había llegado el momento de deplorar la conducta de tribus que en el desierto, en acción aislada, vienen hostigando desde hace mucho a las caravanas que, camino de Bagdad, transportan mercancías esenciales para el comercio de la región.
Concentrado primero en Scherezade y ahora en los acordes del arpa con la que lo entretiene el instrumentista, el soberano se abstrae de la realidad que el Visir se esfuerza en presentarle por medio de una monótona argumentación. El músico, con un gorro africano en la cabeza, que afina el instrumento según las cuerdas de su propio corazón, sugiere al soberano abandonar la cimitarra que el Visir, no obstante, lo impulsa a empuñar, aventurándose por parajes ignotos y perturbadores.
El Visir se irrita con los ruidos del instrumento, que le suenan como una provocación, impidiéndole atender los asuntos del califato. Controlando su ira contra el músico, insiste en los desgarrados persas que, en incursiones por el desierto, roban el agua de los pozos beduinos.
De tal forma se entusiasma con el diagnóstico favorable a la guerra, con el deterioro del marco político de los vecinos, que toda su atención se concentra en las maniobras guerreras, olvidado de defender a su hija.
Entretenido con la magnitud de los salones del palacio, el Califa se fija en un tapiz colgado de la pared, en el cual los artesanos del reino, contrariando la norma de no reproducir rostros humanos, han registrado la célebre batalla entablada por un furioso antepasado abasí. La consigna artística de los rostros convulsos de los guerreros al borde de la muerte despierta en el pecho del Califa el fragor de la lucha. La mirada complaciente del soberano con sus guerreros da pie a que el Visir, con visible orgullo de su administración, afirme encontrarse el tesoro real abarrotado de monedas. Con inocultable codicia, enumera los bienes del reino, inventariando cada detalle como si se tratase del tesoro de los cuarenta ladrones que el joven Alí Babá acaba de descubrir, sin mencionar, no obstante, ante esta evocación, el nombre de su hija.
Al oír hablar de Alí Babá, citado por el Visir como quien apunta un dato curioso, el Califa atiende a la descripción que le hace del tesoro real, coincidente en muchos puntos con la historia de Scherezade. Los detalles realzados por el ministro, relativos al oro, a la plata, al rubí, atraen su atención. Se pregunta si Scherezade, antes de trasladarse al palacio, le había hablado a su padre de la figura de Alí Babá, o si había recibido de él las mismas descripciones que el Visir a veces le transmite, cuando pretende realzar el poder de la moneda.
La preocupación por bienes y joyas expresa sin duda una obsesión familiar, aunque con resultados dispares. Pues si el Visir carece de encanto verbal, la hija, bajo el impulso de su poderosa imaginación, transforma en refinada sustancia cualquier materia rústica. Sin hablar de que el Visir, en el oficio de gobernar, da repetidas muestras de mezquindad, mientras que su hija, contando historias, se desdobla en abundancia y quimeras.
Antes de sumergirse en los acordes suaves de la música que lo dejara relajado, el Califa consideró desmesurada la insistencia del Visir. Le agobia la propuesta de montar su corcel blanco, animal tan tenso como el arco del laúd, y empuñar dagas y cimitarras. Entregarse otra vez a la rutina bélica, celebrada por cortesanos y poetas, no le causa, como antaño, la misma animación que hoy le inspiran los relatos de Scherezade.
Después de la venida de la joven al palacio, el Califa se había indispuesto con la corte, sólo ahorrando críticas para el Visir en consideración a su devoción por el reino. Pero qué hacer con un servidor que, al retenerlo en el salón de audiencias fuera de tiempo, lo priva de seguir las recomendaciones de Scherezade de, a cualquier hora del día, incluso en medio de una audiencia, indiferente a las circunstancias externas, cerrar los ojos, en el simple afán de sorprender la nave de Simbad, bajo la tempestad, estrellándose contra las rocas. Mientras que cierta soberana, elevada en el promontorio de la isla sobre la cual reina, ávidamente observaba los despojos del naufragio que llegaban a la playa. Esperanzada en convertir, esa misma noche, a los marineros en bestias y amantes, a su servicio.
Bajo la doble custodia del hechizo de Scherezade y de la cruel reina, el Califa se distrae, como si ya estuviese, después de dejar al Visir, camino de los aposentos.
El amor es teatral, intuye Scherezade, que, a merced del Califa, jamás se ha enamorado. El espectáculo amoroso, como lo concibe ahora, junto al lecho del Califa, requiere ilusión, artificio, máscaras pegadas a los rostros de los amantes mientras copulan. Y que, modeladas como cera, se derriten y se renuevan durante la noche, a medida que ellos sustraen y añaden gestos y palabras a la convivencia.
Scherezade se desliza con babuchas doradas sobre el mármol refrescante de los amplios aposentos, yendo al encuentro del águila real de casi dos metros de envergadura, que le traen al amanecer, por orden del Califa, una vez que éste le ha perdonado la vida. Se alboroza con el ave de procedencia altanera que, después de reinar en las alturas y anidar en los acantilados inaccesibles de los mares del califato, había llegado a posarse en los jardines, donde el Califa la mantiene encadenada.
Scherezade se mortifica con su presencia. La imagen del ave realza la libertad que ha perdido. La deja a su lado, no obstante, tan sólo el tiempo de disfrutar del sentido de grandeza que el animal difunde con su indiferencia. La libera, entonces, con la misma brevedad con que, habiéndose acomodado junto al soberano en el lecho, quiere enseguida abandonarlo. Por otra parte, es común, durante el propio coito, que ella se ausente, sin importarle que otro hombre ocupe el lugar del Califa. Lo mismo, por cierto, ocurre con el soberano, que se sirve de ella para alcanzar el orgasmo que una extraña podría concederle y del cual emerge vacío y melancólico.
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