Nélida Piñon - Voces del desierto

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Scherezade no teme a la muerte. No cree que el poder del mundo, representado por el Califa, consiga el exterminio de su imaginación.
Hace mil años Scherezade atravesó mil y una noches contando historias al Califa para salvar su vida y la de las mujeres de su reino.
Voces del desierto recrea los días de Scherezade y nos revela los sentimientos de una mujer entregada al arte de enhebrar historias cuyo hilo no puede perderse sin perder la vida.
En esta novela, Nélida Piñon reinventa la fascinación de Las mil y una noches y nos hace vivir las voces del desierto, de donde vienen y hacia donde van los sueños.

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Se había establecido entre las hermanas que, frente a la manifestación del interludio amoroso, Dinazarda se refugiaría detrás del biombo o se iría a visitar los jardines, donde, en medio de granados en flor, setos de mirtos, palmerales, naranjales, jazmines, limoneros, mil otras especies de flores, todas merecedoras de riego, se sentiría a salvo. Pudiendo observar desde el mirador, en noche de luna, las murallas redondas que protegían la ciudad, los cuatro portones gigantescos, las piedras del palacio traídas de las ruinas de Ctesifonte, la tumba del Imán Abu Hanifa. Al pasear por los jardines diseñados por el abuelo del Califa, cuyas alamedas estrechas y circulares, a guisa de laberinto, confundían a los caminantes, induciéndolos a perderse, evocaría al soberano. Con la intención tal vez de imprimir a los jardines la marca de su desesperación, y de obligar a los visitantes a conocer, aunque por breve tiempo, los tormentos derivados de la incertidumbre y del extravío, forzaban a los servidores a salir en busca de los afligidos forasteros. Una inconveniencia enseguida compensada por la visión de la fuente, a cuyas proezas técnicas se debía que los chorros, formados por aguas multicolores entrelazadas en el aire, alcanzasen una altura que prácticamente refrescaba las cercanías del palacio.

Scherezade tenía fe en que su hermana no traicionaría su confianza. No concebía que sorprendiese su cuerpo devorado por el falo del Califa, repitiendo con ella los mismos actos practicados con sus favoritas, sin dejarle margen a la ilusión de representar para el soberano un ideal amoroso al que él finalmente se habría rendido.

Bajo el peso del corpachón del Califa, que la oprime sin reparos, Scherezade se vigila para no emitir un grito involuntario de placer. Al fin y al cabo, siendo la carne una materia ingrata, que no responde a un dictado moral, bien podía gozar de repente, disfrutar de las regalías de un cuerpo enemigo.

Al privarse, sin embargo, de tal goce, explora en sus relatos las prácticas sexuales inspiradas vagamente en el Califa y, sobre todo, con ejemplos suministrados por tratadistas árabes. Enfrentada con personajes que prevarican, Scherezade describe con minucioso sabor el paisaje laxo que adviene después del coito, la prisa con la que las criadas borran las evidencias del sexo dejadas en las sábanas revueltas o en el suelo de Bagdad.

Aborda estos temas como si, habiendo frecuentado el burdel de uso exclusivo de los subalternos del reino, pudiese discurrir al respecto. La verdad, sin embargo, es que poco entiende del tejido carnal que, en la fricción con la piel ajena, tiende a rasgarse bajo el impacto de continuos estremecimientos. La inquieta notar los estragos que produce el amor. Nada puede hacer frente a los delirios del cuerpo, simplemente apartarse del drama amoroso, incapaz de deslindar la conducta de los seres que, bajo el régimen de la pasión, gotean salitre, plata, secreciones. Teme participar de un espectáculo constituido por espasmos falsamente simétricos y de cuerpos fundidos y desesperados.

No por ello Scherezade se libra del bien y del mal, que giran en torno a ella y a sus personajes. No obstante, la agota el contagio humano que sus historias le imponen. Tal oficio, a juzgar por lo que sabe, tiene reglas inciertas y cualquier descuido hará que el Califa la conduzca a la muerte.

12.

Mastica despacio. Acoge el alimento con la ayuda del pan. Se apoya en el hueco de la mano mientras piensa. Ya en la primera refección, Scherezade es dueña de la palabra que pronuncia. En medio de las abluciones, con el cuerpo impregnado de esencias, define a su gusto la pauta de la historia. Y aunque reverenciada como reina por las esclavas que integran el conjunto bajo la dirección de Jasmine, Scherezade no es señora de lo cotidiano. Menos aún del futuro inmediato.

En su afán de librarse de la sentencia de muerte que se cierne sobre ella, es menester suspender la narración con el primer destello de luz. Teniendo antes el cuidado de dejar a la vista la espuma difusa de la pasión narrativa. Lanzando para ello el anzuelo que fisgue el corazón del Califa con la intriga latente del enredo, de modo que la garganta del soberano, en medio de la asfixia, sufra la agonía de una verdad que sólo le será revelada la noche siguiente.

Al servicio de su oficio, el tiempo de los hombres, marcado por una ampolleta hipotética, es frágil. Los minutos que prevé, antes del amanecer, se fundan en el equívoco. Apenas Scherezade determina el rumbo y las oscilaciones de la historia, teme que la vida escape a su control. Sus noches, siempre mal dormidas, le ponen difícil la percepción inmediata del destino. Bajo una amenaza cuya gravedad supera su ingenio, le corresponde prolongar un proyecto sujeto a tantas interrupciones estratégicas.

Jasmine le trae infusiones, tes, líquidos que mitigan la ansiedad. Se desliza sobre el mármol, vertebrada como la serpiente blanca que resbala por las arenas del desierto, dejando marcas sinuosas. Pero, a despecho de sus cuidados y de la vigilia de Dinazarda, vacila en decretar el epílogo del relato. De marcar con rigor la extensión de una historia, cuando sólo cuenta con escasos minutos, que preceden al alba, para conocer de cerca el ápice de su creación.

La apresurada realidad del tiempo la amedrenta. Su eficacia, tensando a los personajes, le insinúa, no obstante, que la línea del horizonte es huidiza. Hasta el punto de verse forzada a dotar a los héroes de recursos excedentes, filigranas, volutas, sólo para mantenerlos en escena, visibles para el Califa. Pero si de un lado tales arabescos indican pericia, ¿qué ocurrirá si no alcanzan el efecto deseado?

El pavor de la muerte le causa escalofríos. Avanza indómita, tiene aún mucho que contar. Su imaginación, sujeta al flujo y reflujo de la marea, la amonesta sin cesar. En su mar interior nadan aventureros y bandoleros sobre la cresta de las olas que se encrespan. Subyugada por el carácter huraño del Califa, dobla y multiplica las mallas del enredo, cubre a sus criaturas con la túnica de la humanidad, tejida en las callejas sofocantes de Bagdad.

El Califa no se conmueve. Con mínimos gestos, expone un desaliento nacido de una mirada inmersa en sí mismo y que le ocasiona un extraño disfrute. Contando con estos goces íntimos, emite a la joven señales de peligro. Al menor descuido, como errar en la sucesión de las palabras y de las peripecias, o romper el encanto del habla, él tiene el poder de condenarla a muerte.

Libre de nuevo en la reluciente mañana, Scherezade se niega a celebrar la vida que le es otorgada con semejante indiferencia. Acepta los manjares, tiene hambre. La cabeza del cordero, sobre la bandeja, servida con una guirnalda de hierbas alrededor, se asemeja a la suya propia, en la inminencia de ser decapitada por el verdugo. Su vida, a veces, lejos del fausto de la nobleza, le parece miserable. Las aceitunas saladas, venidas de olivos que casi presenciaron el comienzo del imperio islámico, son bienvenidas. Su pulpa y el aceite alimentan a los pobres del califato. En su condición de princesa, Scherezade es una ardorosa hija del desierto, heredera de la medina. ¿Por qué no probar antes de la muerte los cuernos de la gacela, los bizcochos que enriquecen las tardes de las jóvenes?

Scherezade resiste. Desamparada frente al soberano, con quien comparte simplemente el lecho, anhela que sus palabras despierten en él la noción de la aventura, vecina del acto de vivir. Reconoce que su proyecto fracasa en las manos del Califa. Piensa en su padre, que circula por el reino y por los salones del palacio, siempre armando emboscadas, buscando culpables. A los ojos del pueblo, una figura contradictoria, en rencorosa defensa del califato.

Hace años mantiene el puesto de Visir a costa de un talento probado con frecuencia y que le ha acarreado humillaciones sin fin. En algún lugar, que la hija ignora, él aguarda la confirmación de aquella muerte. Silenciosa aflicción que acelera su vejez y lo deshonra. Esté donde esté ahora, ¿quién oirá el ruido de su respiración desacompasada? En la soledad del palacio, a salvo del Califa, el padre jadea, un animal acosado en busca del aire que se le escapa. Disconforme con la tragedia a punto de abatirse sobre su casa.

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