– Señor, es mi deber advertirle que no toleraré un comportamiento violento y ofensivo por su parte; también es mi deber…
– ¿Qué? -La voz de Luc subió de tono hasta convertirse casi en un grito-. ¿Qué comportamiento? ¡Has sido tú quien me ha golpeado a mí! No puedes…
Louis le dirigió una mirada de educada reprobación.
– Tengo razones para creer que dado su errático comportamiento es posible que esté bajo la influencia del alcohol o de otras sustancias estupefacientes y por su propia seguridad considero mi deber mantenerlo bajo vigilancia hasta…
– ¿Me estás arrestando? -preguntó Luc incrédulo-. ¿Tú me estás acusando a mí?
– No a menos que me vea obligado señor -respondió Louis en tono de reproche-. Pero estoy convencido de que estos dos testigos corroborarán su comportamiento ofensivo y amenazador, un lenguaje violento y una conducta indisciplinada… -hizo un gesto de asentimiento en mi dirección-. Tendré que pedirle que me acompañe a la comisaría, señor.
– No hay ninguna jodida comisaría -gritó Luc.
– Louis utiliza el sótano de su casa para los borrachos y alborotadores -aclaró Paul tranquilamente-. Claro está que no habíamos tenido ninguno desde hace tiempo, no desde que Auguste Tinon pilló aquella borrachera hace cinco años…
– Pero yo tengo un sótano que está enteramente a tu disposición, Louis, por si crees que existe el peligro de que se desmaye de camino al pueblo en este estado -propuse suavemente-. Hay una buena cerradura y no hay forma de que pueda lastimarse…
Louis pareció considerar la idea.
– Gracias, veuve Simon -dijo por fin-. Creo que quizá será lo mejor. Al menos hasta que resuelva cuál va a ser el siguiente paso.
Lanzó una mirada crítica a Dessanges que ahora estaba pálido por algo más que por la rabia.
– Estáis locos. Los tres -dijo despacio.
– Por supuesto habrá que registrarle primero -anunció Louis con calma-. No podemos arriesgarnos a que le prenda fuego al lugar o algo así. ¿Podría vaciarse los bolsillos, por favor?
– No puedo creerlo -dijo Luc meneando la cabeza.
– Lo lamento, señor -persistió Louis-. Pero tengo que pedirle que se vacíe los bolsillos.
– Pide lo que quieras -replicó Luc ácidamente-. No sé qué es lo que esperas sacar de todo esto, pero cuando mis abogados se enteren…
– Yo lo haré -sugirió Paul-. De todos modos, no creo que pueda llevarse las manos a los bolsillos con las esposas puestas.
Se movió con rapidez a pesar de su aparente torpeza, sus manos de cazador furtivo cacheando las ropas de Luc y sacando su contenido: un mechero, algunos papeles enrollados, las llaves del coche, una cartera, un paquete de cigarrillos. Luc forcejeó en vano, profiriendo insultos. Miraba a su alrededor como si esperara ver a alguien a quien poder pedir ayuda, pero la calle estaba desierta.
– Una cartera -Louis miró su contenido-, un encendedor. De plata. Un teléfono móvil -abrió el paquete de cigarrillos para sacar el contenido en la palma. En aquel momento vi algo en la mano de Louis que no reconocí. Un bloque pequeño e irregular de color marrón negruzco como un viejo caramelo de melaza.
– Me pregunto qué será esto -inquirió Louis con suavidad.
– ¡Vete a la mierda! -le espetó Luc bruscamente-. ¡Eso no es mío! Me lo has puesto tú, viejo bastardo… -Esto iba dirigido a Paul, que lo miraba con una expresión de sorpresa medio alelada-. Nunca conseguirás que se acepte…
– Quizá no -dijo Louis con aire de indiferencia-, pero podemos intentarlo. ¿No te parece?
Louis dejó a Dessanges en la bodega como había prometido. Podía tenerlo encerrado veinticuatro horas, nos dijo, antes de hacer una acusación formal. Con una curiosa mirada a los dos y una estudiada falta de inflexión en la voz nos informó de que disponíamos de ese tiempo para poner fin a nuestros asuntos. Un buen chico, Louis Ramondin, a pesar de ser algo lento. Aunque demasiado parecido a su tío abuelo Guilherm para hacerme sentir cómoda; supongo que fue eso lo que no me dejó ver su bondad esencial. Sólo espero que no tenga motivos para arrepentirse de lo que ha hecho.
Al principio Dessanges despotricó y aulló en la bodega. Exigía hablar con su abogado, pedía su teléfono, a su hermana Laure, sus cigarrillos. Se quejaba de que le dolía la nariz, de que estaba rota y de que estaba seguro de que los fragmentos de huesos iban de camino a su cerebro. Golpeó la puerta, rogó, amenazó y blasfemó. No le hicimos caso y al final los ruidos cesaron. A las doce y media le llevé un poco de café y algo de pan con charcuterie; estaba malhumorado pero tranquilo, la mirada de cálculo otra vez en sus ojos.
– Sólo estás retrasando el momento, Mamie -me dijo mientras le cortaba el pan a rebanadas-. Veinticuatro horas es todo lo que tienes porque, como bien sabes, tan pronto como haga esa llamada telefónica…
– ¿De verdad quieres comer? -le espeté bruscamente-. Porque no te vendría nada mal pasar un poco de hambre y de ese modo no tendría que escuchar más tus desagradables palabras. ¿Estamos?
Me lanzó una mirada emponzoñada pero no dijo nada más sobre el asunto.
– Bien -concluí.
Paul y yo hicimos ver que trabajamos el resto de la tarde. Era domingo y el restaurante estaba cerrado pero aún seguía habiendo trabajo en el huerto. Azadoné, podé y escardé hasta que mis riñones parecían vidrio caliente y el sudor me empapaba las axilas. Paul me miraba desde la casa sin saber que yo también lo estaba mirando a él.
Aquellas veinticuatro horas me escocieron e irritaron como un ataque agudo de urticaria. Sabía que tenía que hacer algo, pero el qué, era algo que superaba mi capacidad de decisión. Había frustrado a un Dessanges, temporalmente al menos, pero los otros seguían en libertad y más llenos de malicia que nunca. Y el tiempo se agotaba. Varias veces llegué a ir a la cabina de teléfonos que había enfrente de correos, inventándome recados para pasar por ahí cerca; una vez llegué incluso a marcar el número pero colgué antes de que nadie respondiera pues me di cuenta de que no tenía ni la menor idea de lo que iba a decir. Parecía que, mirara donde mirara, veía la misma verdad terrible con su vista fija en mí, las mismas alternativas terribles. La Gran Madre, con la boca abierta y llena de anzuelos, con sus ojos vidriosos mirándome fijamente, y yo resistiéndome a esa espantosa presión, mordisqueándola como un pececillo haría con el sedal, como si el lucio fuera una parte de mí y yo estuviese luchando por liberarme, una parte oscura de mi propio corazón debatiéndose y agitándose en el sedal, una presa terrible y secreta…
Todo se reducía a la elección entre dos opciones. Mi mente podía jugar con otras posibilidades, que Laure Dessanges me prometiera dejarme al margen a cambio de poner en libertad a su hermano menor, pero en el fondo práctico de mi mente sabía que aquello no podía funcionar. Hasta el momento sólo habíamos ganado una cosa con nuestros actos: tiempo, y sentía cómo el premio se me iba escurriendo segundo a segundo mientras me estrujaba el cerebro para decidir cómo podía utilizarlo. En caso contrario, al día siguiente, la predicción de Luc; «Mañana tu pobre y miserable secreto aparecerá en cada revista, en cada periódico» surgiría delante de nuestras narices impresa en papel en blanco y negro y yo lo perdería todo: la granja, el restaurante, mi sitio en Les Laveuses… La única alternativa, lo sabía, era utilizar la verdad como arma. Pero aunque eso podía hacer que recuperara mi casa y mi negocio ¿quién podía saber el efecto que tendría sobre Pistache, sobre Noisette, sobre Paul?
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