Paul y yo fuimos abajo, no creo que hubiésemos podido permanecer en casa ni un minuto más, y salimos a presenciar la diversión. Luc se había puesto en pie, ya no estaba tan guapo, con la sangre goleándole de la nariz y los ojos humedecidos. Vi que tenía una mierda de perro fresca incrustada en una de sus caras botas de París. Le di mi pañuelo. Luc me dirigió una mirada desconfiada y lo cogió. Empezó a secarse la nariz. Me di cuenta de que todavía no había comprendido nada; estaba pálido pero conservaba en el rostro una mirada combativa llena de tozudez, la mirada de un hombre que tiene abogados, consejeros y amigos en altos puestos a quienes poder recurrir.
– Visteis lo que me hizo ¿no? Visteis lo que me hizo ese hijo de puta, ¿verdad? -Se miró el pañuelo manchado de sangre con una especie de incredulidad. La nariz se le estaba poniendo bien hinchada y los ojos también-. Los dos visteis cómo me pegó ¿verdad? -insistió Luc-. En pleno día. Podría demandarle por cada… jodido… céntimo…
Paul se encogió de hombros.
– Yo no he visto mucho -dijo con su voz pausada-. Nosotros, los viejos, ya no vemos tan bien como antes, ni tampoco oímos igual de bien…
– Pero estabais mirando -insistió Luc-. Por fuerza habréis tenido que ver… -me pilló sonriendo y entornó los ojos-. ¡Oh, ya entiendo! -dijo en tono desagradable-. De eso es de lo que se trata, ¿eh? Creísteis que podíais hacer que vuestro gendarme domesticado me intimidase, ¿no? -Se quedó observando a Louis-. Si eso es lo mejor que sabes hacer… -se sujetó los orificios para detener la hemorragia.
– No creo que haya que ir lanzando calumnias por ahí -dijo Louis impasible.
– ¿Ah, no? -replicó Luc-. Cuando mi abogado vea…
– Es muy natural que estuviera molesto -lo interrumpió Louis-. El viento derribando de ese modo su café. Puedo entender que no supiera usted lo que estaba haciendo.
Luc lo miró con incredulidad.
– Una noche terrible la pasada -añadió Paul amablemente-. La primera de las tormentas de octubre. Estoy seguro de que podrá reclamar a la compañía de seguros.
– Naturalmente, se veía venir -dije yo-. Un vehículo tan alto como ése a un lado de la carretera… Me sorprende que no haya sucedido antes.
Luc asintió.
– Ya veo -dijo suavemente-. No está mal, Framboise. No está nada mal. Veo que has estado muy ocupada. -Su tono era casi halagador-. Pero sin el remolque aún hay muchas cosas que puedo hacer, que podemos hacer. -Intentó sonreír, luego hizo una mueca de dolor y volvió a frotarse ligeramente la nariz-. Será mejor que les des lo que quieren, ¿eh, Mamie? -continuó en el mismo tono casi seductor-. ¿Qué me dices?
No estoy segura de lo que le habría respondido. Al mirarlo me sentí vieja. Habría esperado que se diera por vencido, pero parecía menos derrotado que nunca, su rostro anguloso lleno de expectación. Había hecho mi mejor jugada, nuestra mejor jugada, Paul y yo, y aun así Luc parecía invencible. Como niños intentando contener el río. Habíamos tenido nuestro momento de triunfo: aquella mirada en su cara, casi compensaba todo aquello, pero al final, por muy valeroso que fuese el intento, el río siempre acaba ganando. Louis también había pasado su infancia junto al Loira, me dije. Debía de saberlo. Lo único que había conseguido era meterse en líos él también. Imaginé un ejército de abogados, asesores, policía urbana: nuestros nombres en el periódico, nuestro secreto revelado… Me sentí cansada. Muy cansada.
Entonces vi la cara de Paul. Estaba sonriendo con aquella sonrisa suya, dulce y pausada, que le daba un aspecto de bobo a no ser por la indolente diversión en sus ojos. Se caló la boina sobre la frente en un gesto que era a la vez terminante, cómico y heroico, como si fuese el último caballero del mundo bajándose la visera para la última justa contra el enemigo. Sentí unas repentinas y absurdas ganas de reír.
– Creo que… ejem… podemos resolverlo -anunció Paul-. Quizá Louis se ha dejado llevar un poco. Todos los Ramondin son un poco… prestos a ofenderse. Lo lleva en la sangre. -Sonrió, apologético, luego se volvió para dirigirse a Louis-. Hubo aquella historia con Guilherm, quién era, el hermano de tu abuela, ¿no? -Dessanges escuchaba con creciente irritación y desdén.
– De mi abuelo -corrigió Louis.
– Sí -asintió Paul-. Sangre caliente, los Ramondin. Tos ellos. -Estaba volviendo al dialecto otra vez. Era una de las cosas que madre le recriminaba más, eso y su tartamudez… y su acento era más denso de lo que recordaba cuando éramos pequeños-. Recuerdo cómo dirigieron a la chusma aquella noche contra la granja, el viejo Guilherm al frente con su pierna de madera, y todo por aquella historia en La Mauvaise Réputation… parece que ha mantenido la misma mala reputación durante todo este tiempo…
Luc se encogió de hombros.
– Mire, me encantaría oír el cuento de hoy de «Las encantadoras y curiosas historias de los Viejos Tiempos», pero lo que de verdad querría…
– Fue un hombre joven quien lo empezó todo -continuó Paul inexorablemente-. No era muy distinto a ti, diría yo. Un hombre de la ciudad, hein , del extranjero, que creía que podía engatusar a la pobre y estúpida gente del Loira.
Me dirigió una rápida mirada como si quisiera comprobar mi barómetro emocional por la expresión de mi cara.
– Tuvo mal final. ¿No es verdad?
– El peor -dije con aspereza-. El peor de todos.
Luc nos miraba a los dos, sus ojos cautos.
– ¡Oh! -exclamó.
– A él también le gustaban las jovencitas -dije en una voz que a mis oídos sonaba tenue y distante-. Jugaba con ellas. Las utilizaba para descubrir cosas. Hoy en día lo llaman corrupción.
– Claro, en aquella época la mayoría de aquellas chicas no tenía padres -dijo Paul suavemente-. Por la guerra.
Vi cómo los ojos de Luc se iluminaban por el entendimiento. Dio un leve asentimiento como si anotara algo mentalmente.
– Esto tiene algo que ver con la noche pasada, ¿no?
– Tú eres un hombre casado, ¿no? -le pregunté, sin hacer caso de su pregunta.
Volvió a asentir.
– Sería una pena si tu mujer se viera envuelta en todo esto -proseguí-. Corrupción de menores, un asunto muy feo, pero no veo cómo habría forma de evitar que se viera implicada.
– Nunca conseguiréis llevar esto a buen puerto -se apresuró a decir Luc-. La chica no…
– La chica es mi hija -dijo Louis sencillamente-. Diría… lo que le pareciera que es lo correcto.
De nuevo aquel asentimiento. Tenía temple, sí, tengo que admitirlo.
– Bien -dijo por fin. Incluso consiguió esbozar una sonrisa-. Bien, he captado el mensaje. -Parecía relajado a pesar de todo; su palidez era más a causa de la ira que del miedo. Me miró directamente, con una mueca irónica en la boca-. Espero que la victoria mereciese la pena, Mamie -dijo con énfasis-. Porque cuando llegue mañana necesitarás algún consuelo, por pequeño que sea, del que poder echar mano. Mañana tu pobre y miserable secreto aparecerá en cada revista, en cada periódico del país. Tengo el tiempo justo para un par de llamadas telefónicas antes de seguir la ruta… después de todo ha sido muy aburrido, y si nuestro amigo aquí piensa que la pequeña zorra de su hija empezaba a hacer que mereciese la pena… -se interrumpió para sonreír cruelmente a Louis y se quedó boquiabierto cuando las esposas del policía se cerraron bruscamente primero sobre una muñeca y luego sobre la otra.
– ¿Qué? -Parecía incrédulo, cercano a la risa-. ¿Qué coño te has creído que estás haciendo ahora? ¿Añadiendo secuestro a la lista? ¿Dónde te crees que estás? ¿En el jodido salvaje Oeste?
Louis lo miró imperturbable.
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