Pero Nina Negg no se preocupaba solo de declarar oficialmente la muerte de todo y de todos: ella también era capaz de participar en la lucha por la vida. Era amiga de una de las figuras preeminentes del movimiento provie, si es que puede hablarse de líderes y bases en relación con este fenómeno. De ser así, Leo habría estado probablemente entre las bases.
El conocido de Nina había recorrido toda Europa en autoestop. Se llamaba Stene Forman y era hijo de un barón de la prensa, aunque en un grado menor si se compara con los magnates de los grandes periódicos. Stene tenía una risa con la que ninguna otra podía competir. Cuando soltaba una carcajada, la gente que la oyera podría llamar a la ambulancia, al cuerpo de bomberos o a quien fuera, porque sonaba realmente peligrosa. Su risa parecía estar poseída, y llevaba a pensar en una fuerza de la naturaleza o un deseo salvaje y reprimido. Pero en el fondo Stene Forman era una persona muy positiva, y posiblemente por eso el movimiento recibió en Suecia el nombre de «Pro Vie».
En Holanda se llamaba «Provo», de provocación, y en Amsterdam sus integrantes habían desencadenado casi una guerra civil al unirse con los trabajadores en huelga. La versión sueca era mucho más moderada, modesta y positiva, y no tan desesperada o desilusionada como en el resto del continente.
Probablemente fue Stene Forman quien logró persuadir a Nina Negg de que era jodidamente crucial realizar happenings, y Leo empezó a sospechar que Nina se había enamorado de aquel tipo: no había otra explicación. No es que se estuviera celoso; se negaba a aceptar la existencia de los celos, porque habían sido erradicados de su mundo, como por una especie de peste negra de la propiedad.
Los provies llevaron a cabo una serie de happenings y manifestaciones: desalojaron un autobús arrojando botellas desechables delante del Riksdag, el edificio del Parlamento; cantaron en el túnel de Brunkeberg, e hicieron varias representaciones de teatro callejero. Sus acciones no dejaban de ser un tanto inocentes, pero fueron reprimidas brutalmente por parte de las fuerzas del orden. Los provies estaban expandiendo los límites de lo que estaba permitido, y esa fue una de las razones que atrajeron a Leo.
Se necesitaban bastantes participantes para una manifestación en contra de la bomba atómica que tendría lugar en la plaza Hö, y fue en esa ocasión cuando Leo se convirtió temporalmente en provie. Era un sábado por la tarde, y las calles del centro estaban llenas de gente haciendo compras. Dos procesiones de manifestantes, provistas de sendas bombas atómicas confeccionadas con papel de aluminio, iniciaron la marcha desde dos puntos opuestos hasta encontrarse en el centro de la plaza. Los transeúntes, curiosos, empezaron a congregarse a su alrededor. Los dos ejércitos se iban acercando hacia la confrontación final cada vez con mayor agresividad. Gente inocente que estaba haciendo sus compras se vio arrastrada a la batalla y, finalmente, las dos bombas estallaron, causando la muerte de ambos ejércitos.
A Leo se le había asignado el papel de un soldado que llevaba una máscara de gas. Mientras la policía intentaba averiguar de qué iba todo aquello, Leo permaneció allí tendido mirando los rostros estupefactos del gentío que contemplaba aquel mar de cuerpos dejados por la tremenda explosión, hasta que vio a Eva Eld. Estaba allí plantada con una bolsa llena de compras, mirando a los provies. Evidentemente no reconoció a Leo con la máscara de gas, pero imaginó que su amor por él no habría disminuido si lo hubiera reconocido. Por una vez en su vida había participado en algo. Había sido visto. En medio de aquel enjambre de cuerpos, Nina Negg no paraba de lanzar exabruptos porque ese día hacía un frío de la hostia para estar tirada muerta en el suelo.
Si se puede afirmar que Herbario constituyó la despedida de la infancia del poeta, podría asegurarse sin lugar a dudas que Vacas santurronas -presentado al público durante el otoño en que los suecos comenzamos a conducir por la derecha y los provies celebraron su propio funeral en la plaza de Kungsträdgården- representó el balance final de cuentas de su propia juventud. Aquella erupción volcánica, aquella explosión, tal vez adquiriera su monumental potencia del mismo modo en que lo hace una bomba atómica: un campo de fuerza, una onda expansiva creada por la fisión, un Big Bang que genera un nuevo universo basado en leyes completamente nuevas, en todo un código moral diferente.
Sin duda alguna, todo aquello tenía que ver con la imperiosa necesidad de establecer cierto sentido de unidad, equilibrio y -aunque resulte paradójico- orden en aquel caos. Tal vez la poesía fuera para Leo el único refugio en el que la incoherencia era la norma. Su hermano Henry, el aventurero, se había largado al extranjero, mientras que él empezaba su propio exilio interior. El mundo estaba a punto de destrozarle, y aun así no podía marcharse: aquí estaban Eva Eld, con su adoración maternal y asfixiante, y Nina Negg, con su seductora y adorable decadencia; aquí estaban el pacifismo no comprometido contra el mal y el amor justiciero hacia los movimientos de lucha armada y de liberación; aquí estaban su dedicación a la palabra escrita y su ansia desesperada de gracia sensual.
Era un mundo sediento de verdad. Leo debía permanecer en él un tiempo más, al menos para intentar acorralar y acabar con el mal. Pero se perdería en el camino.
(Henry Morgan, 1966-1968)
Cuando los grandes elefantes bailaban, solo podían hacerlo en las mejores pistas. París lo era, incluso para un citoyen du monde como Henry Morgan. Transcurrían los prodigiosos sesenta, y todavía quedaban elefantes grandes con ganas de bailar. Henri le boulevardier siempre estaba en el lugar y en el momento justo. Por ejemplo, en una gran manifestación en el bulevar Michel estuvo tan cerca de Jean-Paul Sartre que incluso llegó a hacerle al filósofo una pregunta que nunca obtuvo respuesta. Nadie sabe aún cuál pudo haber sido la pregunta. Henry no dominaba el arte de la retórica. Era un hombre de acción y de acciones.
Sartre, por su parte, era un hombre muy bajito. Lo pueden atestiguar todos los que lo conocieron. Minou también era bajito, considerablemente bajo sin llegar a ser enano o cretino. Simplemente, era muy pequeño. Minou trabajaba de camarero en el café Au Coin de la rue Gareau, donde Henry se pasaba el día. Se le podía ver allí sentado, saboreando un pastis y disfrutando con la contemplación de la vida callejera. Se trataba de Montmartre, y allí siempre estaba pasando algo, sobre todo a ojos de alguien como Henry, tan dado a alardear de los personajes que ha visto o conocido.
Un día de otoño de 1967 un Lincoln Continental negro avanzaba por la calle. Llovía y el pavimento estaba resbaladizo. El coloso yanqui circulaba demasiado rápido y chocó contra un diminuto y oxidado Citroën 2CV que, con un pequeño impacto, pasó de tener una forma ruinosa a otra más comprimida aún.
El francés del Citroën salió como pudo del coche destrozado y empezó a gritar y a vociferar, como era de esperar. Se dirigió como un loco hacia el flamante Lincoln Continental, aparentemente con la intención de destruir con sus propias manos aquel vehículo de cincuenta mil dólares. Pero se detuvo cuando vio salir del coche a dos personas: un hombre grande y gordo de piernas encorvadas y sombrero vaquero de ala ancha, en compañía del mundialmente famoso pintor Salvador Dalí.
Se hizo un silencio pesado y una quietud monumental. Un elefante grande se disponía a bailar y, por un instante, el mundo pareció quedar en suspenso. El francés, tan encolerizado hacía solo un momento, empezó a rascarse la cabeza. Estaba claro que había reconocido al famoso pintor. Este se retorció su célebre bigote y tocó distraídamente el Citroën con su bastón.
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