Klas Östergren - Caballeros
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¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?
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Henry había envejecido. Cuatro años de exilio habían dejado su huella. Su pelo seguía estando bien cortado, con raya en medio o al lado. En realidad parecía un chaval grande que se resistía con denuedo a crecer, que no quería ser adulto. Sus ojos eran de un azul atemporal. Aun así, había envejecido, y lo había hecho de una manera muy especial. Su cuerpo había ganado peso y solidez. Su caja torácica parecía más erguida y prominente, lo que confería a sus hombros un toque de dignidad del que carecía el joven cachorro. Había visto tanto, y había estado metido en tantas cosas, que resulta casi milagroso que hubiera escapado sano y salvo de todas ellas, aunque no siempre con su honor intacto.
Llega un momento en que todos los que han recorrido mundo se hacen por fin la pregunta: ¿dónde estoy? Te despiertas de pronto en una habitación extraña de algún lugar, en una cama en la que caíste muerto la noche anterior, y por nada del mundo puedes recordar dónde estás. Ciudad tras ciudad y habitación tras habitación van sucediéndose por tu mente hasta que finalmente consigues visualizarte soñoliento y con el cuerpo machacado en esa cama en particular. A esas alturas, Henry había dormido en casi todas partes: en estaciones de tren en Copenhague, en una granja en Jutlandia, en casas de conocidos ocasionales o de amigos que de pronto se convertían en enemigos, en pensiones baratas en Alemania y en prostíbulos en Roma. Sin embargo, rara vez lo asaltaba el pensamiento angustioso de sentir que iba un paso por detrás, que había perdido el tren y que veía su cuerpo alejarse mientras su alma se quedaba en el andén de la estación. Casi nunca se había hecho la pregunta: ¿dónde estoy?, porque sencillamente no le interesaba el asunto. Henry era una especie de soldado a la fuga, en excelentes relaciones con su propio nombre y con su cuerpo, que los demás -principalmente mujeres- admiraban, y otros -principalmente hombres- atacaban a bastonazos o con los puños. Ahora, en el suelo de una habitación barata de la rue Garreau, descansaba su maleta gastada, cubierta de restos de etiquetas y pegatinas que gritaban: ¡Copenhague! ¡Esbjerg! ¡Berlín! ¡Londres! ¡Munich! ¡Roma! ¡París! Y la lista podría haber continuado. Era algo que habría llenado de orgullo al abuelo Morgonstjärna, trotamundos y secretario permanente del club Muy viajado, Muy leído, Muy mundano.
Henry hacía del afeitado un gran Arte. Usaba jabón, brocha y navaja de afeitar como un auténtico barbero. Disponía de mucho tiempo para hacerlo: tenía tiempo suficiente para convertir cada ritual cotidiano en un acto artístico. Sus movimientos eran precisos, minuciosamente calculados. Cada pequeño gesto tenía su significado, como en el teatro Noh japonés, totalmente incomprensible para los no iniciados. El movimiento, el gesto, se habían convertido en su idioma. Había aprendido a describir las más sutiles emociones mediante el puro movimiento; era su forma de hacerse entender. El gesto en sí puede ser una forma de música; se mueve a través del aire como una onda, al igual que las palabras y el sonido. Henry había trabajado en una sala de billar cerca de Ponte Umberto en Roma, así como en incontables bares en Munich, y había adquirido un excepcional control de sus manos. Había aprendido a manejar con maestría cada grifo, botella, copa, trapo y cepillo, a conocer su textura y su ubicación, y podía hacer cualquier tipo de maniobra con los ojos vendados. Todo aquel que haya visto en acción a un barman -me refiero a un auténtico maestro, que se toma su trabajo en serio- sabrá de lo que estoy hablando. Sabía convertir en verdadero Arte incluso el más insignificante cóctel.
Henry, el Marcel Marceau de los licores, se sentía enormemente orgulloso de la destreza de sus dedos, de «sus flexibles manos», lo cual también beneficiaba a su técnica pianística. Había algo grande en todo aquello, y parecía como si se esforzara cada vez más por hallar una perspectiva fundamental del arte de vivir, una profunda ética cotidiana. Henry creía plenamente en todos esos rituales; se entregaba en cuerpo y alma a todo lo que era cotidiano, trivial y banal, tratando de convertirlo en gran Arte. Henry había llegado a una conclusión: su exilio no había sido tiempo perdido. O tal vez hacía todo aquello para superar la melancolía. El exilio puede ser terriblemente tedioso. Hamlet lo supo ya hace mucho tiempo, y Odiseo también.
Quienes saben cuidar de sí mismos, como Henry Morgan, no pasan nunca hambre. Con una lengua mendaz como la suya se puede llegar muy lejos. Consiguió sobrevivir gracias a trabajos esporádicos aquí y allá, en bares y hoteles, en la calle y en elegantes salones, y de vez en cuando utilizaba «sus flexibles manos»… eran muy rápidas y podían apropiarse de algún que otro objeto de valor cuando se presentaba la ocasión. Pero nunca las utilizó para robar a ningún pobre.
Henri le boulevardier era un bohemio, y multitud de bohemios pululaban bajo la bóveda medieval del Bop Sec. Era uno de los clubes de jazz con más solera de la Rive Gauche, y sus dueños mantenían una línea musical con un objetivo muy concreto: continuar con la tradición y ennoblecer el bop. El jazz festivo y el dixieland estaban vetados en el Bop Sec. Era un lugar para una clientela culta e introspectiva, que gustaba de escuchar sentada cabeceando suavemente tras sus oscuras gafas de sol mientras fumaban cigarrillos, saboreaban un demi y, tal vez, en un inesperado arranque de éxtasis, chasqueaban los dedos para seguir el ritmo. El Bop Sec era el último baluarte del jazz auténtico.
De vez en cuando, aquella introspección se veía interrumpida por la irrupción de algún poeta que, como un reloj de alarma, recitaba sus versos, como una especie de termómetro de la actualidad revolucionaria: comunicados sobre las revueltas en Berkeley, Berlín, Tokio, Madrid, Varsovia, Estocolmo… Los poetas solían terminar sus prédicas líricas con consignas que podían leerse en las paredes de París como «Sé realista, pide lo imposible», «El sueño es realidad», y frases por el estilo. Los poetas abandonaban el escenario entre calurosas ovaciones.
Henry se había hecho amigo de los dueños -un gordo enorme y su muy delgada esposa argelina-, y noche tras noche se quedaba allí, escuchando música. Quería demostrar su talento. A finales de mayo, durante aquella primavera convulsa en que toda Francia estaba paralizada por una huelga general y todos esperaban la caída de De Gaulle, el Bop Sec fue uno de los escasos lugares que se libraron de la conmoción. En otros locales la policía realizaba redadas constantes, pero de alguna forma misteriosa el propietario del Bop Sec disfrutaba de carta blanca y nadie le molestaba.
Henry por fin demostró su talento, y le ofrecieron unirse a un grupo de músicos para el mes de junio. En esa época tocaban con frecuencia artistas invitados, y aquella noche en concreto de finales de mayo se sentó como de costumbre en su taburete de la barra, pidió un demi, encendió un cigarrillo y escuchó un sonido de saxofón procedente de la sala contigua al bar. Sonaba extrañamente familiar.
Dio una profunda calada al cigarrillo y se concentró en el sonido de aquel instrumento. Era como si el saxo tenor hubiera ensayado con una almohada colocada en su garganta; el sonido tenía una fuerza inusual y explosiva, que bajaba por la médula espinal y se aferraba a ella firmemente, vibrando. La batería se acoplaba al ritmo que imprimía el saxo, el bajo se deslizaba a continuación y luego la guitarra, con su terso acompañamiento en staccato.
Era la gran ciudad, con todo su bullicio rugiente, lo que se escuchaba entre los compases con que el batería golpeaba literalmente su bombo. Era la gran ciudad, con sus ladrillos, sus edificios ruinosos con sus trifulcas en cada rincón y candidatos al suicidio en cada ventana; eran las candentes, trepidantes y destartaladas calles con sus cubos de basura, sus colillas y sus letreros luminosos, los coches y los rostros refulgiendo a la luz del neón rojo; era todo aquel gemido evocado por los riffs que se superponían y entrelazaban cada vez más hasta que el ritmo se intensificaba y se volvía insoportable, acercándose al umbral del dolor donde todo estalla con la lírica indulgencia de la piedad, que no solo pedía belleza sino que exigía belleza y hacía temblar y estremecerse al público, como una confirmación de que lo divino existía, allí, en ese mismo instante, totalmente tangible y aun así tan fugaz y efímero. Lo divino exigía lo imposible, el sueño era la realidad.
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