Klas Östergren - Caballeros
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¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?
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Si puede decirse que los años sesenta estuvieron imbuidos por cierta solidez en las creencias, Leo fue la excepción que confirmaba la regla. Simpatizaba con algunas ideas -lo más alejadas posible de su origen aristocrático-, pero fue como un predicador iracundo sin iglesia cuando su poesía alcanzó sus más altas cotas.
«Estaba tan oscuro que no había pruebas / ella era apátrida, y el sofá forrado de piel de gallina. / Nadie cree en un asesino si no hay cadáver…», decía Leo en Vacas santurronas . Habría que buscar durante mucho tiempo para encontrar una imagen más sombría de un encuentro amoroso. Es lo más remotamente alejado que se puede estar de la lírica clásica amorosa.
Ella se llamaba Nina, y había asistido a todos los conciertos que merecían la pena de verdad. Había visto a los Beatles en el Kungliga en el sesenta y cuatro, había escuchado a Bob Dylan y su guitarra en el Konserthuset, y había visto a los Rolling Stones. Algunos la llamaban Nina Negg porque era muy negativa. Hablaba como no lo hacía nadie, y maldecía con ardiente ferocidad.
Nina Negg era en cierto sentido la cabecilla de una pandilla que solía rondar por la plaza Hö. Era mod, y había incitado algunos tumultos porque odiaba todo lo que tuviera que ver con la ley y el orden. A la mierda con todo. Nadie decía aquello de manera más convincente que Nina Negg. Siempre llevaba consigo un aerosol de pintura roja para escribir al instante lo que le viniese a la mente, ya fuera sobre las paredes, las aceras o donde estuviera. Así fue como Leo y Nina se conocieron: como es bien sabido, al unirse dos cargas negativas se convierten en positivas.
Probablemente habrían estado en casa de Nina -sus padres siempre estaban fuera- escuchando el gran bombazo del año, «Satisfaction» de los Stones, un sencillo con un éxito sin precedentes en el mercado musical. La pandilla ya debía de estar bastante colocada, y decidieron salir a tomarle el pulso a la calle. Ya fuera, Nina dijo que se había olvidado el tubo de aerosol en casa. Le pidió a Leo que la esperara, y los demás siguieron adelante. Cuando Nina regresó, caminaron un par de manzanas y luego se detuvieron a hacer algunas pintadas en una pared. Nina sacudió el tubo, pero no se le ocurría qué escribir. Le pidió al jodido poeta que se inventara algo. Él no podía pensar en otra cosa que no fuera «Satisfaction». Perfecto, dijo Nina y comenzó a escribir con grandes letras en la pared «satisfact». Se disponía a escribir la “i” cuando un coche patrulla de la policía dobló la esquina de la calle. Dos mods de pelo largo con chaquetas de la armada de Estados Unidos, vaqueros y zapatillas deportivas eran un buen botín: dos gamberros pillados en pleno acto de vandalismo. Leo se percató de que se acercaban, agarró a Nina y echaron a correr. Corrieron como perros enloquecidos. Un policía trató de alcanzarlos, pero no hubo manera: las zapatillas deportivas de baloncesto eran demasiado rápidas. Leo conocía bien la zona y, sin pensarlo, entró en una portería y cerró la puerta detrás de Nina. Allí trataron de recuperar el aliento.
Qué hostia, hostia, joder, joder, joder: Nina Negg había perdido el aerosol rojo. Leo no tenía forma de consolarla. Se quedó mirándola mientras trataba de recuperarse tras la huida. No sabía qué pensar de ella. Nina Negg aparentaba más edad de la que tenía. Tenía unas ojeras muy profundas, pequeños pliegues bajo los ojos que eran de nacimiento, o eso aseguraba ella. Y su intenso estilo de vida tampoco ayudaba mucho. Le conferían a su rostro una expresión extrañamente suplicante, que desaparecía en cuanto abría la boca. Es imposible suplicarle a alguien cuando lo estás insultando y maldiciendo. Pero en medio de ese torrente de improperios, mostró por un instante una desesperada gravedad, como si en realidad fuera muy mayor.
Fue entonces cuando Leo se dio cuenta de dónde estaban. Se encontraban jadeando y resollando dentro de un edificio que él y Verner habían usado como uno de sus escondites preferidos de pequeños. Ambos conocían la ubicación de cada puerta en aquel ático. Habían abierto todas las cerraduras habidas y por haber allí arriba, donde se les había permitido actuar a sus anchas. Le sugirió a Nina que subieran para contemplar las vistas. No le contó que él sufría de vértigo: aquello habría desencadenado un nuevo aluvión de imprecaciones contra su persona.
Nina Negg pensó que la propuesta era de puta madre, y se sintió visiblemente impresionada cuando Leo, con un par de simples trucos, abrió la puerta del magnífico ático. Una escalerilla conducía a través de la oscuridad hacia una trampilla en el techo. Leo subió primero, sin decir palabra. Seguramente tuvo que tragarse el gran nudo que se le había hecho en la garganta mientras ayudaba a Nina a acercarse al borde del tejado, desde donde se divisaba toda la ciudad. Stockholm by Night. Nina lanzó unos cuantos improperios sobre la impresionante vista que ofrecía aquel agujero de mierda llamado Estocolmo. Su oleada de invectivas la llevó a cruzar los mares, hasta Amsterdam, Londres, ciudades mucho más divertidas que Estocolmo. En cuanto reuniera algo de pasta se marcharía de allí; si quería podía ponerlo por escrito el jodido gran poeta.
Nina Negg se estaba helando en aquel tejado, así que descendió por la escalerilla y desapareció en la oscuridad. Todo estaba en completo silencio y a oscuras cuando Leo bajó. Trató de escuchar algún ruido que le ayudara a localizar a Nina, pero fue en vano. Se deslizó a lo largo del muro resquebrajado, y esperó junto al cañón de la chimenea aguantando la respiración. Trató de recordar la estructura del ático y se situó en la encrucijada por la que tarde o temprano debería pasar quien se moviera por allí arriba. Se quedó quieto en esa intersección, respirando y escuchando solo los latidos de su corazón. Nina no aparecía por ningún lado. Por un momento tuvo la sospecha de que tal vez Nina se hubiera largado dejándolo solo allá arriba. Nina no era una persona de fiar, y eso era sin duda lo que más le gustaba de ella.
De repente se encendió una cerilla a solo unos metros de Leo. Era Nina. Se había cansado del juego: era condenadamente aburrido. Nunca reconocería haberse asustado. Encendió un cigarrillo y se lo pasó a Leo. Le preguntó si iban a quedarse allí de pie toda la noche, en aquel maldito ático. De pie, de pie… dijo Leo. Si querían, podían sentarse en un sofá, porque allí cerca había un viejo trastero con un sofá, una mesa y dos sillones. Nina no le creyó hasta ver la habitación con sus propios ojos. Se sentó en el sofá y Leo encendió una vela que estaba pegada a la mesa con su propia cera.
Aquel era el sofá «forrado de piel de gallina», como lo bautizó en su mundo poético. Se trataba de una imagen ciertamente sombría para describir un encuentro amoroso, pero es que no había nada de romántico en iniciarse como amante en un viejo sofá comido por las polillas en un frío y tétrico desván de la calle Timmerman. Especialmente cuando las palabras más cariñosas que escuchas son eres la hostia puta… para ser poeta.
Es posible percibir un tinte de profunda decepción, aunque parcialmente negada, en esas palabras sobre el sofá forrado de piel de gallina. Tanto Leo como Nina tenían el monopolio sobre su propia libertad personal, y tras su estreno en el ático ninguno de los dos quería reconocer al otro, por así decirlo. Ninguno de los dos creía en relaciones duraderas. Pese al hecho de que, al menos Leo, no tenía ningún tipo de experiencia en este campo, despreció con altiva arrogancia todo aquello que recordara mínimamente a un matrimonio. Y ambos coincidieron en asumir las consecuencias.
Con todo, parece existir cierta amargura y desesperación en esos versos sobre el sofá. «Estaba tan oscuro que no había pruebas», como si el amor mismo necesitara algo más tangible que la memoria. «Ella era apátrida», no era una ciudadana normal. Nina Negg era una contestataria a la que nadie podía reclamar nada, y a la que tal vez, en el fondo, Leo quería reclamar para sí. Amaba la repentina seriedad en sus ojos cansados; quería compartir aquello con ella.
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