Klas Östergren - Caballeros
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¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?
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En contraposición a ese culto vacuo a las vacas santurronas, y como consuelo en medio de la total confusión, el poeta ofrece su artillería pesada de éxtasis, la embriaguez globalizadora del rock en la que germinará lo nuevo, en la que ya ha nacido lo nuevo… la esperanza que lo abarca todo y solo puede manifestarse en ese éxtasis incendiario, la Unio mystica con el universo.
Así pues, la destrucción total del orden se constituye como la única esperanza del mundo, un cataclismo, una catarsis para los impuros. En una irónica estrofa dirigida contra sí mismo, Leo dice adiós para siempre a ese orden, a ese sistema que con tanto ardor se empeñó en establecer en Herbario : «Mis plantas eran los secos / ardientes arbustos del desierto / clamando, como todos los fuegos al sol…». Estos versos tienen un triple sentido. Son al mismo tiempo una broma irónica contra sí mismo, una alusión bíblica y una paráfrasis de Dylan. Las plantas secas de Herbario están en llamas; el sistema, el orden, pronto se convertirá en ascuas. Pero fue justamente bajo ese disfraz -la zarza ardiente- con el que el Todopoderoso se apareció ante Moisés y lo exhortó a conducir a su pueblo lejos de la opresión hasta una tierra donde manaba la leche y la miel. La imagen en sí, su ingeniosa agudeza, es dolorosa y estremecedora.
En general, Vacas santurronas rebosa de tal número de metáforas, alusiones, parodias críticas y citas, que requiere conocer las claves de una especial conciencia para poder penetrar en toda su significación. Es un libro para outsiders que habían formado parte de la manada.
Puede que Vacas santurronas fuera un gran éxito de crítica, pero no se vendió especialmente bien. La obra se convirtió en una presa codiciada por intelectuales mods y provies que robaban libros en las librerías. Leo Morgan tal vez no se convirtió en una auténtica figura de culto, pero en algunos círculos disfrutó de una gran reputación como conciencia torturada.
Había introducido la deslealtad en el sistema, y eso constituía todo un logro para algunos. La lealtad era un arma de clase, algo a lo que los poderosos, los socialdemócratas y la Federación Patronal SAF se referían durante sus negociaciones. Los trabajadores debían ser leales a sus empresas, leales a Suecia. La lealtad era ponzoña, una planta cizañera, una cosecha envenenada a traición. El éxtasis de la música rock predicaba la solidaridad, que era algo completamente distinto.
Eso incluía también la solidaridad con el pueblo de Indochina, cada vez más sometido al terror de Estados Unidos y cuya resistencia testimoniaba una fuerza admirable. Una concienciación sobre fenómenos globales como el imperialismo comenzaba a penetrar en la poesía sueca en general y en la de Leo Morgan en particular. La revista Bonniers Literary Magazine causó un pequeño escándalo y perdió a numerosos suscriptores tras la publicación del poema sobre Vietnam de Sonnevi, y Leo también adoptó una postura clara, aunque nunca pretendió ser considerado como un poeta de pancarta o contestatario.
Leo Morgan estaba sincera y genuinamente indignado… no dudaría en jurarlo. El niño que recorría aún los antiguos laberintos de su cerebro sabía bien cómo se desencadena el pánico, cómo el terror se retuerce para abandonar el cuerpo entre sudores fríos, vértigo y aullidos cuando la tierra tiembla bajo las bombas. Leo había pasado por ese Inferno, y tal vez por eso escribió un poema salvaje e iracundo llamado «Ángel de fieltro», un título que en sí mismo podría recordar a docenas de poemas modernistas -firmados «Breton ‘22» o por cualquiera de sus epígonos suecos cincuenta y cinco años más tarde-, pero que en realidad no busca el efectismo. De hecho la balada es lo que habitualmente suele llamarse «un ataque acerbo» contra esos ángeles de fieltro, es decir, las hermanas de la Cruz Roja que de forma constante y perseverante envían mantas a las regiones del Tercer Mundo asoladas por alguna catástrofe.
El piloto proyecta la sombra de su avión
lanza desde el cielo al ángel de nariz respingona de la muerte
pronto arderán todas las chozas.
El piloto proyecta la sombra de su avión
ofrece a la aldea al ángel de la misericordia envuelto en fieltro
enviado por la buena dama de la Cruz Roja.
La sombra de las aventuras del piloto Biggles planea sobre cada estrofa, quien sirve -exactamente como el asesino a sueldo del título del poema- tanto al Bien como al Mal. Él es solo un profesional que hace su trabajo. De hecho, es el más peligroso de todos nosotros, porque, según Leo Morgan, cualquiera que permita al deber ciego traficar con su conciencia se perderá en esa jungla donde ya no podrá ser visto -¿por Dios?- ni tampoco podrá ver.
Las «damas antiviviseccionistas» de la Cruz Roja resultan no ser más que esposas de generales, el superego femenino de lo militar, madonas penitentes cuyas obras de caridad solo producen el efecto de un eco, retribución en lugar de contribución al servicio de Dios. No representan más que un bálsamo para la conciencia occidental. Como puede imaginarse, no resulta fácil describir el camino recorrido por Leo Morgan desde su estadio del visionario soñador y fatalista que escribió Herbario hasta convertirse en el chamán airado de Vacas santurronas . Aquella época, los dorados sesenta, se contempla ahora envuelta por una mística y unas leyendas tan desconcertantes y distorsionadas que resulta inútil intentar llegar a su verdadera esencia. Se necesitaría, como ya he mencionado, una infinita bolsa de valores para poder confirmar todas las presunciones y conjeturas. El monumento del mayo del sesenta y ocho aparece ahora como un carnaval sobredimensionado que solo produce decepción entre los turistas de la historia, o como un cuadro sobrevalorado por las aseguradoras que permite a la víctima de su robo recibir una fortuna que no merece: lastimero y patético.
Pero Leo Morgan nunca aulló con los lobos ni deambuló errático por los años setenta sintiéndose decepcionado por una rebelión que no sirvió para nada. Leo nunca fue un poeta al uso ni un rebelde al uso: estaba demasiado obcecado para ello. Su camino era absolutamente personal. Apenas podía ser llamado camino: era más bien un sendero peligroso a través de un paisaje de rencor y abominación lleno de trampas y minas.
Como un Jano bifronte, el bardo nunca se sintió plenamente partícipe ni comprometido. Una especie de velo o aura de irrealidad cubría su existencia. Las palabras nunca lograron atravesar ese velo. Las palabras eran llaves, contraseñas mágicas que jamás conseguirían su propósito. Tras la expulsión del Jardín del Edén, la humanidad no solo se vio apartada de Dios, sino que las palabras -sobre todo la palabra «amor»- empezaron su larga y sangrienta marcha hacia la carencia total de significado. Las palabras eran frágiles llaves que se portaban a través de la historia cultural sin encontrar nunca la cerradura apropiada en la puerta correcta. Esa abundancia de connotaciones comprimidas en cada término, como las diferentes muescas de una llave, prometían algo que la humanidad, después de la expulsión, nunca pudo cumplir. Hay palabras para el amor, pero no hay amor. Existe la maldad, pero ninguna palabra puede expresar ese odio. «Las llaves prometen una puerta / en algún lugar de esta tierra. / El bautismo promete la paz / pero nadie encuentra las palabras…»
Así pues hay que descomponer el lenguaje, fundir los metales de las llaves, verterlos en nuevos moldes, en formas libres. Lo único que Leo sabía era ser libre, completamente libre de toda responsabilidad, de todos los lazos y compromisos. Nadie podía exigir nada de él. La responsabilidad que cargaba sobre sus hombros era la responsabilidad de la libertad, que pesa más que todos los yugos colocados sobre los hombros de los esclavos. El momento en que una persona comprende que es libre… es un instante aterrador, cuando el abismo se abre como un agujero negro de materia vacía comprimida. Ya no hay nada a lo que aferrarse, ni rituales ni ceremonias ni procesiones. Ningún concepto tiene otro significado que el que decidamos darle en el momento. No tiene sentido leer libros antiguos, porque los libros pueden arder, y arden muy bien.
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