Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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Fue más o menos por esa época, hacia finales de 1964, en medio de la efervescencia juvenil pop, cuando Henry comenzó a trabajar en su oeuvre majeur , «Europa, fragmentos en descomposición». Aún no sabía que la pieza llevaría ese título; no lo sabría hasta regresar a Suecia a finales de los años sesenta. Pero había tenido la visión de una composición larga y unitaria que describiera su periplo europeo. La idea le sedujo: le acompañaría como un auténtico y leal camarada de viaje.

Como se ha mencionado, el período de felicidad de Henry el oficinista fue breve. Con el tiempo la historia con Lana Highbottom fue convirtiéndose en algo extremadamente fastidioso, ya que a Lana le costaba mucho reprimir su pasión y tampoco era capaz de diferenciar una cosa de otra: no podía comprender que cada actividad tenía su lugar. La mera presencia de Henry Morgan era superior a sus fuerzas. Lana lo veía en el despacho todo el día, y mientras el joven sueco iba por allí silbando canciones de moda sin prestarle atención, ella lanzaba largas, anhelantes y apasionadas miradas a su viril amante, su Tom Jones. Ella devoraba literalmente a su minero.

En cuanto Henry se acercaba al despacho, empezaba a dolerle el estómago. Cuando se beneficiaba a Lana Highbottom en la pensión todo iba sobre ruedas, pero en la oficina las cosas empezaron a ponerse complicadas. A Henry le importaba mucho qué pensaría la gente, y siempre estaba muy angustiado por el que dirán. Si de pronto se corría la voz por Smiths & Hamilton Ltd. de que se estaba acostando con Lana Highbottom, se convertiría en el hazmerreír de todos.

El breve período de felicidad tuvo un final desastroso. Lana Highbottom había ido a visitar a Henry en su habitación de la pensión de la señora Dolan para suministrarle su cura. Como de costumbre, cuando se marchó bajaba las escaleras entre risitas sofocadas de gozo. Henry se quedó en la cama desnudo y aturdido, fumando. No era especialmente tarde. Lana solía irse pronto porque tenía hijos y una anciana madre de los que cuidar en Paddington.

La noche aún era joven. Henry se vistió rápidamente y bajó al pub, donde ya era un habitual. Si el piano estaba libre, solía sentarse al teclado y tocar algunas canciones de moda. A cambio, le invitaban a un par de cervezas. Esa noche en concreto se sentó ante el maltrecho piano y comenzó a tocar una versión jazzy de «A Hard Day’s Night». Era lo que la gente quería escuchar.

Todo el mundo disfrutó mucho con su revisión del «A Hard Day’s Night», a excepción de un individuo gigantón picado de viruelas. Parecía como si un autobús le hubiera pasado varias veces por encima de la cara. Tenía la frente hundida, las cejas destrozadas, y quién sabe qué le habría pasado a la nariz. Sus puños velludos casi rozaban el suelo y toda su fisonomía parecía directamente sacada de las ilustraciones de los libros de texto sobre los albores de la humanidad.

Es probable que el pianista del pub Henry Morgan no reparara en aquel prehistórico ejemplar de Cromagnon, y ya estaba calentando con los dedos cuando fue interrumpido de golpe. El individuo había dejado caer sobre el teclado su manaza de tapa de letrina, cubriendo cerca de cuatro octavas. Apestaba a whisky barato, y a Henry le bastó con mirar de reojo al monstruo de rostro enrojecido y lleno de cicatrices para comprender que buscaba bronca. A no ser que él asestara el primer golpe. Pero un caballero como debe ser nunca usa los puños sin tener una buena razón que lo justifique.

Sin embargo, esa razón no tardó en llegar. Sin mediar palabra ni prolegómenos superfluos, el gigantón levantó bruscamente uno de sus puños como mazas y lanzó un golpe con la determinación de quien da un hachazo en un tronco. Henry tuvo tiempo para reflexionar sobre su vida y para esquivar el proyectil, que pasó como un rayo rozándole la barbilla. Entonces, el puño izquierdo del sujeto cayó desde arriba en diagonal y le agarró del hombro. Henry ya tenía suficiente.

El camarero permaneció detrás de la barra y le gritó a Henry que escapara. Algunos clientes borrachos se hicieron lentamente a un lado, entre murmullos callados. Nadie hizo ademán de intervenir.

Henry se protegió de la artillería pesada de duros pero totalmente desatinados proyectiles que el gigantón lanzaba con el peor de los estilos callejeros. El pianista y boxeador se apartaba a un lado, se agachaba y retrocedía alternadamente, como si estuviera jugando con el hombretón, como si aquello fuera muy divertido.

Cuando Henry había retrocedido a lo largo de la barra, con todo el mundo apartándose a su paso, quedó acorralado contra una mesa. Algunos clientes asustados salieron a la calle, solo para mirar a través de la ventana. Henry no se lo pensó mucho. Apretó los dientes y pasó a la acción. Lanzó un potente golpe de izquierda que atinó en la frente y la mejilla del bruto. Este apenas pareció sorprendido, pero se descentró. Sacudió la cabeza y, al intentar lanzar atropelladamente un nuevo mazazo, Henry le propinó un poderoso golpe de zurda en la barbilla, seguido de una serie de explosivos ganchos de derecha por encima de la oreja del gigantón. Y ahí acabó todo.

El hombre cayó al suelo con un ruido estrepitoso, arrastrando consigo una mesa y lanzando un terrible gemido. Trató torpemente de incorporarse de nuevo, pero sin éxito. Algunos tipos del bar se acercaron para estrechar la mano de Henry y agradecerle la exhibición. Después se llevaron a rastras al gigantón para dejarlo en algún callejón apartado.

Henry se sentó en un taburete de la barra, envuelto por esa bruma irreal que rodea a los héroes después de la batalla. El camarero le sirvió un whisky abundante para sus nervios, y trajo hielo y una venda para sus nudillos, magullados y sangrantes.

– Un pianista debería tener más cuidado con sus manos -dijo el camarero-. Pero eres un buen boxeador, Henry.

– ¿Quién diablos era ese? -preguntó Henry.

– No estoy seguro -contestó el camarero-. No viene mucho por aquí. Lo único que sé es que antes solía llevar una moto. Acabó debajo de un camión. Se llama Highbottom o algo así.

– ¡Highbottom! -gritó Henry-. ¡No puede ser verdad! ¡Pero si está muerto…!

– No te preocupes, Henry -dijo el camarero-. Ya lo han apalizado otras veces…

«Lana’s Left in London» es el nombre de una canción que Henry compuso en homenaje a su madura amante. También he podido escucharla, una agradable cancioncilla sobre una mujer embustera que solo callaba cuando la besaban. No creo que fuera una canción despectiva hacia las mujeres, más bien al contrario. Lana le gustaba de verdad a Henry, pero ella lo había engañado y él estaba de camino hacia París.

Llevaba ya más de un año en el Swinging London, conocía bien la ciudad y había aprendido una lección. Lana pronto le perdonaría, porque él nunca le contó lo de la pelea con su difunto marido. Ella nunca dejaría de enviarle puntualmente una brillante postal navideña, deseándole unas felices fiestas y preguntándole cuándo pensaba regresar. Pero nunca volvió.

El día en que Henry se encontraba con su maleta en la estación Victoria, los vendedores de periódicos anunciaban a pleno pulmón que sir Winston Churchill había muerto. La angustiosa espera de toda la nación había acabado de repente con el último suspiro del gran hombre. Toda una época de la historia reciente recorrió la estación como una ráfaga de viento, arrastrando consigo a toda una generación de patriotas y serviciales inválidos de guerra impregnados en agua tónica, mientras los titulares de la prensa se arremolinaban en su corriente: «HA MUERTO».

Era primera hora de la mañana de un domingo de enero de 1965. Henry encendió un Player’s y arrojó el humo hacia las sucias vidrieras de la cubierta de la estación, donde la lluvia dibujaba lúgubres líneas sobre el hollín adherido a los cristales. Una anciana sentada en un banco se echó a llorar, algunos distinguidos caballeros trajeados se quitaron el sombrero en honor al más inglés de los ingleses, e incluso los trenes parecían suspirar de tristeza. Los ciudadanos de duelo comenzaron a hacer fila a lo largo del Támesis. El propio Henry se sentía profundamente afligido: siempre le había caído bien Churchill. No sabía por qué, ya que sus conocimientos sobre el papel histórico de Churchill eran bastante limitados. Se trataba probablemente de una cuestión de estilo, y de sentimentalismo.

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